viernes, 23 de junio de 2017

El Babandí de Upata

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         Las actuales generaciones upatenses poco o nada saben de una liana autóctona más poderosa que la yohimbina y cuyas raices guardan el secreto de la eterna juventud.

         Sí, hubo un tiempo en que Upata era famosa, no sólo por los Carreros del Yuruary y la mágica sensualidad de sus féminas, sino también por el babandí, fuente de juventud donde abrevaban su sed de amor centenares de hombres y mujeres a quienes la naturaleza tornó frígidos o ancianos.
         La fama del babandí, como curador de la impotencia en ambos sexos trascendió incluso las fronteras de Guayana y Venezuela, tanto por vía de los forasteros doradistas como por el crédito que daban los Laboratorios de la Venezuela Drug Company donde se producían los preparados del doctor Antonio Lecuna Bejarano.
         El milagroso secreto trasmutado en fórmula medicinal, está en la raíz de una planta de tallo delgado y muy largo que corre por los suelos húmedos o se arrolla a otros vegetales, conocido con el nombre de Babandí o Boibandee, como le decían los antillanos de Martinica que a fines del siglo diecinueve se internaron en la región del Yuruary, atraídos por el señuelo de la riqueza aurífera.
         El babandí abundaba silvestre a todo lo largo de la costa del Alto Caroní y del río Yuruari, pero había que ser experto para distinguirlo de otros bejucos de la vegetación selvática. Los upatenses de la generación actual poco o nada saben de la planta en sí y menos de las raíces que usaban de distintas maneras sus antepasados. Lo ignoran, a pesar de que en el embalse de Capapuycito, en la laguna del cerro La Carata y alrededores de la Piedra Santa María, abundaba este bejuco que sólo unos pocos upatenses saben distinguir y extraer, bien para uso particular o para vender sus raíces por encargo.
         Hasta poco después del boom del hierro, Upata disfrutó de la fama de ser el pueblo más alegre de toda la región del Yuruary, acaso por sus mujeres bonitas y por las jaranas que armaban allí los forasteros cuando se dirigían a las montañas purgueras y a las quebradas del oro del Cuyuní.
         Rómulo Gallegos, en su novela Canaima, pone en boca de uno de sus personajes –Manuel Ladera- un comentario que habla de la famosa agua de la Piedra de Santa María: “Pues ya usted verá si será agradable la fiesta. Aquellos montes azules son los de Nuria y ese farallón es la famosa Piedra de Santa María, de donde brota un agua que viene a representar aquí lo que la cabeza de la zapoara representa en Ciudad Bolívar: cebo para atrapar forasteros. Ya lo llevarán allá para bautizarlo con el agua que mana de ese peñón a fin de que se case y eche raíces aquí. O cargue con ella para donde prefiera, que es lo que a ellas les interesa”.
         Upata no solamente es pintoresca y atractiva por su clima, su valle apacible, sus noches de luna, mujeres y colinas, sino también por el sabor agradable y reconfortante de sus manantiales, especialmente del agua que brota de la Piedra de Santa María, del cerro La Carata y del embalse de Capapuycito. De este embalse, distante apenas un kilómetro, depende en parte el consumo de agua potable de la población.

Martiniqueños los primeros


         Si usted le pregunta a una persona mayor de Upata si conoce o ha probado el macerado de babandí, le responderá seguramente que no; pero si llega a familiarizarse con ella, acabará admitiendo que alguna vez usó el producto por mera curiosidad y que de la curiosidad pasó a sumarse a los que dependen de él para salvar su matrimonio.
         Esto es más o menos lo que en vida nos contó Carlos César Castro Gruber, un viejo upatense admirador de Piar y que vivió entregado por entero a su vocación de agrimensor. Como buen upatense conoció las propiedades terapéuticas del babandí y nos recomendó leer Geografía Médica del Yuruari (1921), un libro del doctor Eduardo Oxford, donde se habla de la planta y que después muy generosamente nos regaló su nieto el ex Gobernador C. E. Oxford Arias.
         Pero el libro del doctor Oxford, sólo se limita a decir del babandí que “La gente de los campos usa este arbusto como afrodisíaco de resultados efectivos y los palafreneros y caballerizos usan el alcoholaturo, que resulta de la maceración de la raíz  en  alcohol, en fricciones para hacer más activa la fuerza muscular de los caballos y consiguientemente para hacerlos de gran resistencia en la carrera”.
         Según Castro Gruber, los martiniqueños fueron los primeros en dar a conocer el valor de la raíz del babandí, que más luego industrializó el farmacéutico Antonio Lecuna Bejarano. El farmacéutico valenciano supo, a través del análisis, de las propiedades afrodisíacas del babandí, y obtuvo preparados que explotó por espacio de veinte años en frascos de 20 gramos. Esto por 1923.
         Nadie más que él sabía la fórmula y por eso, desde que se fue a morir a otra parte, no se llegó a usar más el babandí en gotas. Los frígidos o ancianos, deseosos de estimular el amor apagado, acudieron a los rústicos proveedores que vendían las raíces maceradas y curtidas en alcohol.

El león de Guacarapo


         Uno de esos famosos proveedores era el León de Guacarapo. Quien llegara a Upata en procura de la raíz, no iba directamente al grano sino que preguntaba por León de Guacarapo. Era mucho más práctico preguntar por él que por otros proveedores tan importantes como el Negro Lucio Valdés o Ramón Ilarraga.
         Ilarraga era un campesino de piel curtida, dedicado a la venta de esa raíz sexy desde la edad de diez años. De eso vivía tranquilo y feliz, pero ¡cosa rara! siempre negó haber usado el macerado como muleta para hacer o ser feliz en el amor. En cambio, el Negro Lucio Valdéz, era más franco. Atribuía incluso su longevidad –vivió más de 80 años- al milagroso babandí.
         Sixto Betancourt, tan logevo como Lucio, contaba de aventuras con más de cien mujeres y a sus 46 hijos los señalaba como hijos del babandí. Cuando murió a la edad de 90 años, vivía con una albina a la cual le triplicaba la edad.
         De casi todos los Estados de Venezuela, pero sobremanera de Caracas y El Tigre, llegaba gente a Upata en busca de la misteriosa yerba, prácticamente extinguida hoy por la intensa y centenaria explotación. Cuando no venían directamente se valían de conocidos del lugar para reclamarla a través de cartas o viajeros. Y era que el babandí o la raíz de babandí, curtida en ron o en agua común, gozaba de tanta fama de afrodisíaco como la Yohimbina o el Ginseng importado de la China.
         Prácticamente extinguido el babandí, la gente adicta a los afrodisíacos naturales, se ha venido refugiando en el Palo de Arco, corteza de un gigantesco y frondoso árbol selvático localizable entre el Norte del Brasil y el sur del Estado Amazonas.
         Quienes vienen usando la corteza, pregonan con franqueza sus efectos milagrosos. En cada casa del otrora Territorio Federal Amazonas hay siempre a mano un frasco de ron y palo de arco, el cual además es usado para estimular la fuerza muscular.

El atractivo del Babandí


         El Babandí, aunque no tanto como el Amargo Angostura, llegó a ser conocido en el exterior hasta el punto de que Laboratorios Africanos se interesaron por la planta y ofrecieron, previa comprobación de sus poderes afrodisíacos, comprar grandes lotes o establecer un convenio de intercambio con animales de la fauna africana. Pero esta oferta, por haber sido hecha al doctor Armando Michelangeli, Vicepresidente del INOS en 1968, que nada tenía que ver con el asunto, no prosperó.
         Tomando en cuenta el atractivo del babandí, el Presidente de la República, Raúl Leoni, tenía entre sus planes un proyecto turístico en Upata, para ser desarrollado en zona del Embalse de Capapuycito.
         A tal fin la Dirección de planeamiento del Ministerio de Obras Públicas inició, pero ya en el último año de Gobierno, los estudios técnicos para la construcción de un motel y un parque de recreación pasiva y activa.
         El embalse de Capapuycito, rodeado de colinas, a poca distancia de Upata, con una vegetación exuberante y dotado de un clima especial, muy agradable, resultaba ideal para ese proyecto, al cual el gobierno sucesor no le dio importancia. Habría sido, no tanto por el babandí que al final terminó depredado, sino por otros motivos, bien como escape espiritual para la congestionada Zona del Hierro y centenares de turistas que del resto de Venezuela y del mundo llegan diariamente a Guayana y se quedan varados en la Laguna Canaima que sigue siendo el principal atractivo turístico del arco sur orinoquense.

El Babandí en un poema

         De manera que el Babandí quedó atrás, pero de todas maneras, atrapado en la leyenda, en los mitos, en las tradiciones y en la poesía. De la poesía no podía escapar y un buen día de su adolescencia, la upatense Mimina Rodríguez Lezama escribió este nostálgico canto traducido al portugués:

                   Upata, pueblo autóctono de selva prisionero
                   Nostálgico perfume del viejo Amalivac
                   Orquídea que desmaya sus pétalos de Luna
                   Sobre las ninfas verdes que embriagaba babandí
                   Cobrizas razas idas, remotas te cantaron
                   Dolientes yerebíes, guaruras de dolor
                   Tus piedras silenciosas altares del dios saurio
                   Conservan caciquesas tu antiguo resplandor
                   El grito del moriche alegre te despierta
                   Yocoima misteriosa de ti su Dios nutrió
                   Su queja hecha plegaria esplende tus palmares
                   Rizadas copas tristes en grito eterno a Dios
                   Upata voz de fuego surcando los azules
                   El sol orfebre de oro collares te labró
                   Torrentes arcoiris, plumajes y mujeres
                   Y a tu belleza agreste con ella deslumbró
                   Por esa diosa indígena enferma de ciudades
                   Rompiendo candelabros quisiera a ti volver
                   Robar de nuevo el fruto de dulces mereyales
                   Y oír las yerebíes del viejo Amalivac.

miércoles, 21 de junio de 2017

El Merey

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         Este árbol legítimo de Guayana y Brasil, llevado desde aquí a Las Antillas y otros países del tercer mundo, es un verdadero regalo de la naturaleza de cuyo fruto y usos industriales comenzaron a dar cuenta los cronistas del setecientos.

         Entre los cronistas de la colonia que primero dieron cuenta de este fruto al cual se le conocen tantos nombres como usos, sobresale el fraile Antonio Caulin, quien afirma que “extraído el zumo, fermenta como el mosto de la uva y tiene después el sabor y el color del vino”. Asimismo revela el valor de la semilla, a la cual luego de asada elogia como superior a la botella española.
         En Guayana el Merey siempre nació y creció de manera silvestre y todavía, a comienzos del siglo XX, escasamente aprovechado. Su uso era fundamentalmente medicinal. La infusión de las hojas y la decocción de la corteza, se prescribían en enemas contra la diarrea crónica. Para lo mismo era indicado con buenos resultados el jugo del fruto.
         A partir de diciembre de 1907 cuando el diario El Anunciador de Ciudad Bolívar publica una información sobre lo que se estaba haciendo en la antillana Santo Domingo con el fruto del Merey, es cuando los guayaneses se detienen a pensar sobre lo que ellos también podrían aprovechar de ese árbol que abundaba silvestre en la región.
         Una muestra del Merey Pasado que el periódico pondera tan agradable como el higo, la había traído una señora que no identifica y la cual informó de la industria de aquella isla, perfectamente aclimatable en Guayana.
         “Prepararlo es fácil y aquí en Guayana se dan de flor; de primer orden crecen silvestres, dulces y apetitosos. Pues hablamos del merey, queremos informar a nuestros lectores de que no sólo la parte carnosa de ese fruto es bueno para comer  sino que tiene propiedades medicinales inapreciables en el florido mayo. También el moñito sirve para muchas cosas. La almendra que encierra, tostada es sabrosa y sirve para hacer horchata y la nuez de a presión aceite cáustico que es un excelente remedio contra callos, cadillos y verrugas, aplicándolo con un pincel y teniendo cuidado de no pasarse, porque podría ocasionar gangrena. Véase, pues, cómo nada hay despreciable en el mundo; ni siquiera un moñito de merey”, termina diciendo la crónica.
         De manera que el Merey Pasado nos vino de la antillana isla de Santo Domingo y desde entonces comenzó su elaboración artesanal en Cd. Bolívar. Una fábrica del producto, con todas las de la ley, apareció en 1938, montada por R. Ruiz R.
         Y así como la fórmula del Merey Pasado nos vino de Santo Domingo, podríamos decir que el Mazapán nos vino de Trinidad o de las culinarias manos de una trinitaria llamada Nicolasa Railer de Sutherland. Por ese tiempo ella que en la vecina isla hacía confites con almendras importadas de Inglaterra, creyó que podía sustituirlas con las almendras del merey. Los resultados no se hicieron esperar y por varias generaciones los Sutherland han venido trabajando todas las variedades de dulces derivadas del Merey y su pequeña industria artesanal dio origen a otras que dominan un mercado que más para los guayaneses ha quedado para viajeros y turistas, pues la fama de los confites a base de merey se ha corrido mucho más allá del Orinoco y los precios están muy por encima de la capacidad del habitante común.
         Además del Merey Pasado que se prepara con papelón, clavo de olor y limón y  el Masapán, confeccionado con la almendra tostada-molida, leche y azúcar, la industria artesanal elabora el merey en almíbar, con azúcar, clavo y limón, más la simple Almendra tostada y con sal.
En el vecino Brasil, se prepara con el fruto un refresco popular llamado cuajada. En Bolivia la almendra se recomienda como estimulante del cerebro y la memoria. Varios países de las antillas lo utilizan en la preparación de vinagres y vinos comerciales. En Portugal y África oriental han logrado obtener brandy. En estas mismas regiones utilizan el merey como encurtido luego de tratarlo al vapor y ponerlo en salmuera.
Mineros brasileros que trabajan en las minas de Guayana suelen usar la corteza del merey para tratar el paludismo y como antídoto contra las mordeduras de serpiente. Asimismo el jugo del fruto para los desórdenes estomacales y afecciones de la garganta. El mismo vino, bebida espirituosa, dicen que es bueno contra la disentería, los dolores reumáticos y neurálgicos.
Cubanos que viven aquí sostienen que en su tierra los campesinos le atribuyen propiedades afrodisíacas a la almendra del merey, tostada y molida, con un poco de azúcar.

Estudios recientes

         La botánica Julia F. Mortón, de la Universidad de Miami, sostiene en un estudio hecho por ella, que el aceite de la cáscara de la nuez del merey es la fuente más económica de los fenoles y agrega que, en medicina tropical, el aceite de esa cáscara ha servido como rubefaciente y vesicante en tratamientos de lepra, elefantiasis, soriasis, culebrilla, verrugas, granulaciones y grietas en la planta de los pies.
         En el campo industrial, el aceite de la cáscara se emplea en la obtención de resinas y barnices no tóxicos, insecticidas, fungicidas, resinas y lacas modificadas, adherente para linóleo, resinas electroaislantes, gomas plastificantes, goma para embragues y frenos, recubrimientos para tanque de madera y cemento, resinas aislantes y antioxidantes para depósitos de gasolina y aceite.
         Estudios divulgados por Universidades de Brasil y Miami indican que el fruto pedúnculo, rico en vitaminas C, es aprovechado para preparar jugos, compotas, sopas y dulces. Asimismo, la almendra de la nuez es rica en proteínas, grasas, fósforo, y vitamina A.

Productores y consumidores


         El principal productor y exportador de la almendra del merey es la India, seguida de Mozambique, Tanzania, Kenya y Brasil. Lo exportan a los Estados Unidos de América, Australia, Canadá, Reino Unido, la Unión Soviética, Polonia y Alemania que son los principales consumidores. Los EEUU consumen más del 50 por ciento de la producción mundial. También este país como el Reino Unido y Japón, figura como el mayor consumidor del aceite extraído de la cáscara de la nuez, para usos industriales.
         Venezuela igualmente importa la almendra, toda vez que la producción nacional no es suficiente para satisfacer la demanda de las industrias de confiterías.
         En los años setenta los organismos de la Reforma Agraria se interesaron por poner en práctica en Soledad, Ciudad Bolívar y Las Majadas del Estado Bolívar, un Plan Mereyero, en el cual se invirtieron 14 millones de bolívares, pero sin los resultados deseados.
         El Plan Mereyero del que tanto se habló y para el cual mucho se prometió para quedar al final en nada, se mantuvo durante siete años y se financiaron a través de organizaciones campesinas y créditos ordinarios, unas cinco mil hectáreas.
         De esas cinco mil hectáreas, menos de dos mil estarían en plena producción. Las otras fueron atacadas por la maleza, las quemas sucesivas y las plagas, entre ellas, el Trips o piojillo que produce un raspado en la hoja y el gusano araña que causa daños en el follaje y la corteza terminando con la muerte de la planta.
         Ha sido, en todo caso, por iniciativa del sector privado, como en el caso de los fundos La Zorra y El Torete, que se han llevado adelante siembras organizadas de este árbol que tiene la ventaja de nacer, crecer y fructificar en suelo árido, sin necesidad de abono ni de tener que labrar la tierra.
         El Merey se desarrolla en las sabanas pobres y arenosas, resistiendo la sequía, las plagas, las enfermedades y el fuego de las sabanas de Monagas, Ciudad Bolívar, Anzoátegui y Guarico, pero sobremanera, en Ciudad Bolívar, donde según estudios del Comercio de Bienestar Rural, se encuentran las dos especies comunes en Venezuela: el rojo rico en jugo y el amarillo.
         Pero si bien el merey es una planta noble y resistente, no por ello, se halla exenta de algunas plagas. El Merey tiene 26 plagas que inciden en su desarrollo y producción. Y seguramente por desconocerlo, los organismos de la Reforma Agraria fracasaron e hicieron fracasar a los optimistas que se embarcaron en la empresa. No habría sido así, si hubieran aprendido la gran experiencia del vecino Brasil en la agroindustria del merey.

La Agroindustria del Brasil


         El Brasil, al costado mismo del Estado Bolívar, ha desarrollado toda una tecnología sobre la agroindustria del merey hasta el punto de que hoy cuenta con 130 plantas agroindustriales y una superficie de más de un millón de hectáreas sembradas de cajuro, como ellos denominan a este frutal.
         Entre otros productos, los brasileros logran obtener alcohol, pinturas, fenoles, aceites, vinos, jugos, pero fundamentalmente, almendras para la exportación y consumo nacional. La exportación de la almendra significa para ellos entradas de divisas superiores a los 6 millones de dólares y la agroindustria en total absorbe 80 mil obreros.
         Dispone Brasil de una empresa de pesquisa agropecuaria (EPACE), dependiente de la Universidad Federal de Ceara, que se dedica entre otros renglones al estudio del Merey.
         Mucha gente se pregunta por qué estando la experiencia tan cerca, no la aprovechamos así como los garimpeiros aprovechan nuestro oro. Aprovechamos desde 1907 o 1910 el Merey, bien es cierto, pero de manera doméstica y sin asistencia técnica ni crediticia. La industria casera de los Sutherland, Guaipo, Farreras y muchos otros que han surgido últimamente, ha sido por cuenta propia, sin la ayuda del estado pero siempre con la necesidad de que esa industria casera del merey se perfecciones y multiplique en forma más técnica e integral y sobre cultivos planificados, sostenidos y con asistencia técnica y crediticia permanente y, por supuesto, supervisados, para que no vaya a pasar lo que ocurrió en Guayana con la extinta CVF que perdió cien millones de bolívares otorgados a pequeños y medianos industriales que nunca aparecieron.


martes, 20 de junio de 2017

El Transporte de rueda en Guayana

        Ciudad Bolívar que antes era como decir Guayana, no tuvo necesidad del transporte de rueda sino después de la guerra de Independencia. Las distancias largas se cubrían sobre bestias y embarcaciones. Con la introducción de la rueda surgió el carromato, luego vino el Coche y seguidamente (1904) el primer automotor.


        La Guayana colonial no supo del transporte de rueda. Humboldt lo observa sorprendido. El transporte se hacía en barco y a lomo de burro, mula, buey o caballo. La guerra de Independencia que permitió mayor penetración comercial de países distintos a España, como Inglaterra y los Estados Unidos, dio a conocer la rueda, invento mesopotámico que estaba siendo aprovechado fabulosamente en la industria del transporte.
        Los primeros medios de locomoción y transporte conocidos por los bolivarenses fueron el wagon o carromato, no más que una troja montada sobre cuatro ruedas tiradas por seis u ocho puntas de bueyes. Lo conducía un experto llamado carrero o arreador, provisto de una caña delgada que tenía en la punta un clavo con el cual lastimaba a los animales cada vez que se retardaban en la marcha.
        El carromato se destinaba a carga pesada y de mayor cuantía, y para la liviana se utilizaba el Ruleto, carro de dos ruedas tirado por dos o tres yuntas de bueyes. Luego en 1900 surgió el carro de mulas, mucho más rápido.
        El transporte tirado por animales revolucionó el comercio agrícola, pecuario y minero de Guayana. Famosos en la historia regional son los Carreros del Yuruari, que transportaban mineros y oro entre Puerto de Tablas (San Félix), Upata y el Callao. Las jornadas eran largas y penosas, sobremanera en tiempos lluviosos.
        Como la ciudad se reducía a la superficie de la colina con calles empedradas y canaladas, sus habitantes preferían caminarla antes que utilizar otros medios como el Coche, por ejemplo, ya conocido en Caracas. Uno de los primeros coches llegados a la ciudad perteneció a don Antonio Liccioni, con el cual daba paseos por las afueras.
        Las vías apropiadas para paseos en coches Fhaeton y Victoria eran las calles Orinoco y Alameda hasta el Dique. En 1911 se inauguró el paseo 5 de Julio que permitía en cierto modo darle la vuelta a la ciudad y proseguir por caminos que conducían hasta los Baños de La Mariquita y San Rafael.
        Entre las empresas de Coche más importante estaban La Moderna de Luis Felipe Contreras (moderna porque las ruedas de sus coches eran de goma), la de Joe Patrick y Francisco Piraldi.
        El 26 de octubre de 1904, con motivo de la inauguración del Hipódromo, se trajo a la ciudad el primer transporte colectivo de pasajeros, un ómnibus, el cual se estrenó para llevar pasajeros, desde la cantina El Oasis de la calle Orinoco hasta el Dique y el Hipódromo. Su administrador, Francisco Piraldi, lo alquilaba también para excursiones de 6 a 4 de la tarde. El 8 de septiembre de 1905, el servicio del ómnibus fue extendido hasta el Morichal el Prado.
        El 21 de agosto de 1908, la Municipalidad dispuso mediante decreto el registro de los carros bueyes de dos ruedas llamados ruletos, los cuales eran utilizados por sus dueños para conducir a la ciudad, queso, carne, palmas, carrizo, casabe, papelón, maíz, frijol y vituallas, entre otros productos de los fundos.
        El primer accidente en Coche lo sufrió Victor Manuel Silva Carranza al desbocarse el caballo del coche que conducía. Más luego se previno públicamente contra los accidentes que pudiera originar en calles de la ciudad, la temeridad de quienes enganchaban caballos cerriles para tirar coches a objeto de domarlos.
        El primer automóvil lo introdujo en la ciudad en medio del alborozo y gran curiosidad popular, el comerciante corso Ángel Santos Palazzi, el 6 de marzo de 1913, y poco después tuvo que cederlo a Andrés Juan Pietrantoni, Presidente de la Electricidad de Ciudad Bolívar, cuando debió ir a pelear y morir en Francia en la Guerra del 14. Se trataba de un Dion Bouton, marca francesa, al que le siguieron los Ford americanos y canadienses que rápidamente se multiplicaron. Un año antes había llegado a Caracas desde La Guaira y por la carretera vieja en construcción, el primer automóvil, propiedad del General Raimundo Fonseca, quien había sido Presidente del Estado Bolívar en 1886.
        El 21 de abril del mismo año se introdujo el segundo vehículo. Lo trajeron los empresarios Navarro y Carrillo León, conducido por Luis González Jordán, a objeto de inaugurar con él un servicio de pasajeros que cuatro meses después reforzó un ómnibus-camión y un automóvil de paseo. En la ocasión (primero de agosto de 1913) reseñó el diario “El Luchador”: “Ya son cuatro los automóviles que transitan por nuestras calles. Signo de progreso cierto son estos vehículos que poco a poco y en número suficiente irán acelerando el movimiento de la ciudad”.
        Al establecerse este servicio, la Municipalidad se apresuró a sancionar una tarifa para paseo y carga. Paseo 5 de Julio, Bs. 0,50. Paseo a La Mariquita, Bs. 2. Por 46 kilogramos de carga dentro del perímetro de la ciudad, Bs. 0,37 y fuera del perímetro, Bs. 0,50. Por primera hora de paseo de lujo, Bs. 20 y Bs. 16 las horas subsiguientes.
        1913 vino a ser el año en que se desató la fiebre del automotor en la ciudad y los comerciantes y empresarios importantes inmediatamente se pusieron en sintonía con la gran novedad y fueron combinando, cuando no sustituyendo, los coches de tiro con el automóvil, entre ellos, el germano Georg Wantzelius, sindicado del primer arrollamiento automovilístico. Este se produjo en el Paseo 5 de Julio, resultando la niña de 12 años, María Ignacia Franco, con aporreos generalizados y fractura en la pierna izquierda.
Al reseñar este primer accidente automovilístico, el Luchador señaló que “La infeliz víctima de la velocidad que desarrollan los automóviles, particulares en las afueras de la ciudad, fue conducida al Hospital Ruiz, donde fue debidamente atendida por los doctores García Parra y Blanco Ledezma. Es de oportunidad, ya que desgraciadamente se cuenta una víctima de la carrera desenfrenada de los automóviles, recordar a los conductores, sea dueño o chauffer, la obligación de hacer sonar la bocina, que para el efecto llevan, no sólo en las bocacalles, sino en todos aquellos sitios que puedan ser de peligro para los transeúntes”.
        Los paseos a La Mariquita que era uno de los parajes naturales más sugestivos de la ciudad, se inauguraron el domingo 10 de agosto de 1913 con dos camiones, el existente y otro que se estrenó ese día, debidamente acondicionado para tal fin por el carpintero Francisco Villegas.
        Para 1914, coches y autos se desplazaban por calles y Paseos de la ciudad, lo que obligaba al Gobierno del Estado y Municipalidad a remodelar y mejorar la vialidad. Adaptar a los transeúntes y animales de tiro la realidad de los automotores fue todo un  proceso lento y gradual, ocasionalmente con sus inconvenientes.
        El 6 de febrero de ese año exhibía en el teatro de la ciudad por última vez la película “Los Miserables”, basada en la novela de Víctor Hugo. A verla llegó un comerciante en su elegante coche tirado por una imponente jaca. A poco –dice una nota de El Luchador- llegó al mismo sitio un automóvil. La jaca, ante la velocidad del monstruo moderno creyóse perdida y empezó a temblar de una manera desconcertante. Terror que siguió creciendo cuando el férreo animal dio expansión a sus formidables pulmones exhalando cálidas y malolientes bocanadas de gasolina. La infeliz y maltrecha jaca no pudo contenerse y exprendió una desaforada carrera a que no fueron obstáculos los transeúntes que intentaban detenerla. Corrió hacia el Dique, por él saltó con Coche y todo, y según informes ha seguido corriendo con tal rapidez,  que aseguran haberla visto pasar por San Félix, pero sin el Coche.
        Para mediados de julio de 1915 había en la ciudad diez automóviles y el día 12 de ese mes aumentaron a 15 al llegar en el vapor Thorsa, procedente de Nueva York, un Valie de 7 asientos y 40 HP para Virgilio Casalta; un Dodge barnizado de blanco, de 6 asientos y 25 HP para Willy Handerson y tres Ford corrientes, consignados al Agente Savelli. De ellos, uno para D. Golía y otro para Bermúdez Hermanos y Francisco Palermo, de Soledad. Días antes, por el vapor Delta había llegado otro Dion Bouton, de 6 asientos y 40 HP, propiedad de los señores Carlos Palazzi, A. Mannoni y S. Khazen.
        La llegada de este automóvil Ford a Soledad causó gran revuelo y el vespertino El Luchador publicó la siguiente información:

        “Automóvil en Soledad sin precedente. Es la gran facilidad que proporciona hoy en Soledad, el famoso Ford que acaban de recibir por el último vapor americano los señores Bermúdez Hermanos y Francisco Palermo, con lo cual quedan evitadas las molestias y dificultades que sufrían los bañistas deseosos de saborear las caricias de los inmejorables chorros del río La Peña y los no menos famosos chorros de La Romana en donde más de un enfermo de allende y de aquende el Orinoco, han encontrado en sus aguas termales la salud deseada que no lograra devolverles la ciencia y paciencia del mismo Yaguarín.
        Yaguarín era un brujo famoso en todo el Orinoco que vivía en La Canoa. Según sus pacientes, lo curaba todo con una prodigiosa mezcla de alcornoque y raíces de Arestin.
        El primer choque de vehículos automotores se registró el 4 de octubre de 1915 cuando los autos, placa 134, conducido por Eduardo Porto y el de placa 237, conducido por Frante Waldram, colidieron en horas de la noche en La Lajita. No hubo lesionados.
        El 24 de abril de 1916 la empresa de transporte Navarro & Carrillo, inauguró el servicio de vehículos de pasajeros Ciudad Bolívar –Guri-Upata El Palmar-Guasipati-el Callao.
        Salieron cincos automóviles a las 9:15 de la mañana. Pasaron la noche en el hato el Caruto, 29 leguas distantes de la ciudad, luego de llegar a las seis de la tarde. Atravesaron los ríos Marhuanta, Candelaria, Río Claro y Tocoma y varios Morichales, Los caminos fueron entonces reportados como absolutamente malos. Grandes trayectos arenosos en los cuales los automóviles se atascaban por lo que había que tirarse a tierra, descargarlos y llevarlos a rastras hasta terreno firme. Pasaron el río Caroní la mañana del día 25 a bordo de una Gabarra. A las 8 de la noche llegaron al hato Puedpa del general Juan Fernández Amparan y el 27, luego de tres días penosos ya estaban en el Callao. Un año después esta distancia fue reducida a 13 horas por un Studebaker de Fluoduardo Díaz.
        Al mes siguiente, día 20, Luis Coll Pardo, agente viajero de la firma William H. Phelps, cumplió por primera vez el raid Caracas-Ciudad Bolívar, en un automóvil Ford. Para entonces otras marcas de vehículos como Studebaker, Empire, Briscoe y Overland ya estaban en el mercado de Ciudad Bolívar a través de la empresa de Domingo Golía. Luego se incorporó el King para siete pasajeros y 75 HP distribuido por la empresa Ginestra y Aristiguieta más el Buick, agenciado por Edmundo Suegart, representante igualmente del Dodge y el Brothers. El primero en adquirir un carro de la marca Buick fue el Gral Máximo Benigno. W. H. Phelps tenía en la ciudad una sucursal del Ford the Universal Car. El Ford modelo “T”: está reconocido como el precursor, el que preparó el camino de la industria automovilística e inició el movimiento a favor de las carreteras en todas partes.
        Atrás quedaron los carromatos, los coches. Estos se fueron extinguiendo a partir de los años treinta o mientras subsistió en el Callejón Dalton (calle Piar de Ciudad Bolívar) la famosa Herrería de Humberto Bates, especializada en reparación y fabricación de vehículos de tracción de sangre. Humberto Bates fabricaba carros para mulas, ruletos y wagones. Asimismo, unas ruedas especiales para rodar por arenales y espuelas para la explotación del balatá, estilo inglés o como las muy prácticas de Demerara.


 

lunes, 19 de junio de 2017

Primer avión sobre Angostura

 

         Fue un biplano Curtis que trajo de Filadelfia Frank Boland. Pesaba 300 kilos y su fuselaje estaba hecho de tela, abrochada sobre varas de bambú. El mismo que voló por primera vez sobre Caracas, Valencia, Puerto Cabello, Barquisimeto, Maracaibo, terminando trágicamente su periplo en Trinidad con la muerte de su único y audaz tripulante.


         Pero antes que el neoyorquino Frank Boland habría  podido ser con  mayor suerte Pedro Coll Font el  pionero de la aviación en Venezuela, pues en 1883 con motivo del centenario del natalicio del Libertador solicitó autorización oficial para prueba y demostración desde El Calvario de una “máquina voladora” de su invención, pero por falla imprevista nunca pudo realizarse.
         Fue el 26 de septiembre de 1912 cuando en Venezuela, específicamente en Caracas, se experimentó la emoción de ver por vez primera despegar y desplazarse como ave una máquina voladora. Pero la aviación para ese entonces ya era una realidad que en Europa avanzaba a pasos acelerados.  Los aviadores europeos volaban unas 80 mil millas por semana y ocurría una desgracia por cada cien mil de recorrido.
         Frank Boland llegó a Venezuela acompañado del también aviador Charles Hoeglich, Carl Strom y Fausto Rodríguez, integrantes de la empresa “Boland Aeroplane and Motor Company” para hacer una demostración de los aparatos que fabricaba y estaban en vías de perfeccionamiento, las demostraciones se hacían en las ciudades que las solicitaban y los gastos se cubrían a través de contribuciones públicas y privadas. La que se hizo en Ciudad Bolívar, por ejemplo, costó diez mil bolívares, pero los bolivarenses disfrutaron varias en calidad de prueba que antecedieron a la oficialmente convenida.
         El primer vuelo que se hizo en Caracas el 26 de septiembre fue de prueba y muy breve dentro del mismo radio del Hipódromo del Paraíso, pero el oficialmente convenido ocurrió el primero de octubre por la tarde y el pueblo de Caracas concurrió masivamente a ver volar el biplano sin cola de Frank Boland que despegó hacia La Vega donde se perdió de vista y luego apareció más elevado siguiendo la corriente del Guaire. Enrumbó por el Este de la ciudad y giró hasta pasar por sobre el gentío aglomerado en El Calvario. Fue un vuelo de 50 kilómetros cubiertos en 27 minutos a una altura máxima de 5 mil pies.
         Una semana después, el 7 de octubre, los caraqueños y especialmente el Presidente Juan Vicente Gómez y su gabinete, disfrutaron una competencia entre los aviadores Frank Boland y Charles Hoeglich por la copa “El Universal”, entre Caracas y Antímano, que Boland cubrió en 19 minutos y 20 segundos. Hoeglich no le pudo disputar el premio, pues su biplano capoteó durante el despegue.
         Después de Caracas Frank Boland voló en Barquisimeto el 3 de noviembre por la tarde. El domingo 23 a la misma hora, tanto Boland como Hoeflich volaron en Valencia, pero siempre el último con mala suerte pues por averías en la máquina debió aterrizar tan pronto despegó. El 24 la demostración fue en Puerto Cabello y de allí pasaron por barco hasta Maracaibo, donde Frank Boland voló el 16 de diciembre durante 23 minutos, logrando altura máxima de 1.500 pies.

¿Cuándo volamos?

         ¿Cuándo volamos? se preguntaban los bolivarenses atraídos por las noticias que llegaban a través del telégrafo. El vespertino “El Luchador” de los Suegart comentaba con cierto humor irónico: “Han volado en Caracas, en Valencia y hasta en Puerto Cabello y volarán en Barquisimeto, han volado, no los habitantes de aquellas poblaciones, sino dos audaces yanquis. Eso de volar no se ve todos los días. Muchos vuelan como Ricaurte en San Mateo, que fue un vuelo sublime e inmortal, pero el vuelo de los misters, es un vuelo en aeroplano, y verlo no cuesta mucho, con cuatro caballeros de buenos sentimientos que se unan en Empresa aérea, los sudorosos hijos de Ciudad Bolívar, podremos ver a Boland y Hoeglich volando. A ver quiénes se atreven a esa gran volada”.
         La nota apareció el cuatro de noviembre, pero no fue sino el 23 que un grupo de distinguidos bolivarenses encabezado por el Presidente del Estado, Luis Godoy, quien aportó 2 mil bolívares, se puso de acuerdo para recaudar 10 mil bolívares que costaba la demostración y gestionarla antes de que se venciera el plazo de permanencia de Frank Boland en Venezuela.
         El grupo nombró un “Comité de Aviación” presidido por Fritz Kuhn e integrado además por Gumersindo Torres, Andrés J. Pietrantoni, Arturo Ochoa, Tobías Uribe, Domingo Valera, José Acquatella, Jorge Suegart, Julio Tomassi Pedro Echeverría, Abraham Tirado, José Ochoa y el gobernador del Estado Dr. Luis Godoy como Presidente honorario. A la reunión también asistió el representante de Boland, Fausto Rodríguez, quien prometió la presentación para mediados de diciembre, inmediatamente después de Maracaibo. Pero, debido a un incidente en la ciudad zuliana, no fue posible sino ya comenzado el año 1913.
         Frank Boland y sus acompañantes llegaron a Ciudad Bolívar en el vapor Delta el 2 de enero y quedaron gratamente impresionados de la arquitectura y características topográficas de la ciudad. Prometieron entonces hacer la demostración tan pronto se ambientaran y pudieran acondicionar sus aparatos en la “Laja de la Llanera”, lugar escogido, según dijeron, “por las buenas condiciones topográficas, convenientes para las evoluciones del aparato aéreo”.

Primer vuelo sobre Angostura

         De manera que el día domingo 5 de enero de 1913, los bolivarenses tuvieron una cita en “Laja de la Llanera”. Querían ver volar un avión sobre Angostura, pero quedaron frustrados, pues a las 9 y 17 minutos cuando Frank Boland arrancó su biplano Curtis, sin cola y con peso de 300 kilogramos, apenas si pudo mantenerse en el aire durante 18 segundos tras recorrer una distancia de 200 metros. Se quejó de una falla en el motor y pospuso la prueba para las 5:45 de la tarde, pero con la misma suerte.
         Durante tres días Frank Boland y Charles Hoeglich estuvieron haciendo ajustes y afinando las máquinas para ver cuál de los dos biplanos se prestaba mejor para la demostración. Al fin el día 9 hicieron otro intento con mejor suerte. El biplano se elevó 100 metros y permaneció en el aire diez minutos dentro del mismo radio de sabana que era la “Laja de la Llanera”. Quedaba fijado así el día jueves 9 de enero de 1913 cuando los bolivarenses vieron por primera vez un avión en el aire. El viernes 10 Frank Boland hizo una demostración en honor al Presidente del Estado Dr. Luis Godoy, quien asistió a la Laja de la Llanera acompañado de los generales Tobías Uribe y Juan Alberto Ramírez, Comandante de Armas del Estado. Asimismo el Batallón Zamora Nº 14 y numerosos angostureños. Este segundo vuelo feliz duró 7 minutos a una altura de 150 metros.
         El vuelo oficial contratado por el Comité de Aviación se realizó el domingo 12. Frank Boland se elevó en su biplano a las 8:24 de la mañana y aterrizó diez minutos después (8:34) tras volar el centro de la ciudad.
         Este vuelo galvanizó aún más el entusiasmo de los bolivarenses, no obstante su conmoción por el asesinato cometido el día anterior contra el Capitán Francisco de Paula Varela Quintana, instructor de las Fuerzas Nacionales, destacado en el Batallón Zamora de Ciudad Bolívar. A las ocho de la noche del sábado, el oficial se hallaba conversando con la dama de una casa, entre las esquinas del Descanso y el Hospital, cuando un individuo desconocido le disparó un tiro que le atravesó la masa encefálica.

Despedida y muerte de Boland

         Frank Boland y sus acompañantes se despidieron de la ciudad después de haber permanecido en ella 14 días. El 15 de enero en el vapor “Delta” embarcó junto con sus acompañantes y dos biplanos desarmados, rumbo a Trinidad donde ya trabajaba un Comité para hacer una demostración igual a la que disfrutaron los bolivarenses. Jorge Suegart le regaló un botón de oro cochano de El Callao.
         Frank Boland llegó el viernes 17 a Puerto España. Pocos días después de su llegada, se convino en que debía dar un vuelo de exhibición en la sabana de “Quenns`Park” el sábado por la tarde, y con tal fin se abrió una contribución pública a beneficio del aviador, tal cual como se hizo en las cinco ciudades venezolanas, incluida Ciudad Bolívar, no obstante que el espectáculo sería gratis para el público en general.
         Preparándose para el día oficial de la exhibición y como incentivo además al goce del acontecimiento, Frank Boland decidió hacer un vuelo de prueba el miércoles 5 de febrero por la tarde, pero con tan mala suerte que después de un despegue feliz y cuando volaba sobre una mansión de Saint Clair, su aparato descendió repentinamente y en fracción de segundos cayó al suelo hecho pedazos. Frank Boland quedó lanzado como a unos cuarenta pies del aparato. Auxiliado por vecinos cercanos fue llevado al Hospital Colonial donde la autopsia determinó fracturas de las costillas del lado izquierdo, una de las cuales atravesó el corazón causándole la muerte.
         Frank Boland fue sepultado en el Cementerio Lapeyrouse, donde permaneció hasta que sus restos fueron trasladados a Nueva York el lunes siguiente por el “Vasari”, de la línea Lamport & Holt.
         El bolivarense Juan Manuel Rodríguez, residenciado para la fecha en Trinidad, fue testigo ocular del accidente mortal del primer avión que surcó los aires venezolanos. En carta enviada a su hermano Elías Rodríguez cuenta lo que hizo cuando vio que el biplano se precipitó a tierra: “Hacia allá eché a correr entonces y llegué con dos o tres más que siguieron de la hondonada de la estación de St. Clair; pero hermano, no creo ver jamás rostro de muerto más sereno; no había en él la menor contracción, nada que indicase dolor ni espanto, y por toda señal de lesión, un hilo de sangre, muy fino, que le corría sobre el lado inferior; los ojos abiertos naturalmente, pero sin luz; la respiración paralizada: la muerte fue instantánea. La autopsia demostró que casi no le quedó costilla sana y que la fractura de éstas lesionó el corazón y los pulmones en varias partes. Esa operación se efectuó en el Hospital a donde lo condujo un automóvil que venía del centro de la sabana y que hice parar con ese objeto. En la tarde del día siguiente, lo sacamos de allí para el cementerio con una concurrencia desbordante de pueblo, que en su manifestación de simpatía por el noble muerto me hizo amar más la democracia. Dios acoja en su seno el alma del héroe vencido!”.


domingo, 18 de junio de 2017

El oro de Amalivaca

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         Los guayanos y los tamanacos, al igual que los cristianos, tenían su Dios creador del cielo y de la tierra y toda una concepción cosmogónica de la existencia humana, sólo que Amalivaca no era tan omnipotente. El siempre requirió de la ayuda de su hermano hasta que llegaron los conquistadores afanados por el oro y lo desvirtuaron todo.

         Amalivaca siempre consultaba a su hermano Vocci y se la llevaban bien, y tenía dos hijas, a una de las cuales dice la leyenda que le inutilizó las piernas para que se quedara echando raíces en la tierra de los guayanos.
         Y la tierra que Amalivaca obsequió a los aborígenes nada tenía que envidiarle al paraíso perdido de Adán y Eva. Como aquel cantado por Milton, era este de Guayana un  paraíso con grandes ríos, cascadas, lagos, remansos, oro, bedelio, ónice, aire purísimo, árboles de todos los frutos, tamaños y colores.
         Por ello, a Colón que tanto sabía del paraíso cristiano, lo embargaron estas cavilaciones al navegar frente al estuario donde el Orinoco se reparte en vástagos hacia la aventura del mar:
         Grandes indicios son estos del Paraíso terrenal porque el sitio es conforme a la opinión de estos santos e sanos teólogos, y así mismo las señales son muy conformes que yo jamás leí ni oí que tanta cantidad de agua dulce fuese así e vecina con la salada; y de ello ayuda la suavísima temperancia, y si de allí del Paraíso no sale, parece aún mayor maravilla, porque no creo que se sepa en el mundo de río tan grande y tan fondo.
         El predestinado Almirante se aproximaba inconscientemente a la verdad mitológica de los aborígenes que creían aquello de veras como el Paraíso. Un paraíso donde aún no  anidaba el infierno de la Manigua que atrae y devora a los afiebrados buscadores de oro. Aquel Paraíso tenía su dios que era Amalivaca, el Dios de la esperanza que llega, procrea y luego parte en una curiara hacia el otro lado del mar dejando en el alma de los moradores el presentimiento de retorno.
         Dice la leyenda que después de largo tiempo regresó  Amalivaca cortejado por su hermano Vocci y dos hijas para continuar perfeccionando su obra en aquella tierra paradisíaca. Entonces fue cuando concibió el Orinoco para facilitar la comunicación entre un lugar y otro de la prodigiosa geografía; pero los aborígenes, no obstante lo contento y maravillado que estaban, propusieron a su Dios que la obra fuese más completa en el sentido de que en vez de una corriente de agua descendente se conviniera otra con la misma fuerza a la inversa para que los remadores no se agotaran. Amalivaca consultó a su hermano Vocci y tras larga reflexión convino con los aborígenes que mayor beneficio traería para ellos poner a prueba sus habilidades aprovechando los vientos. Así lo hicieron e inventaron la navegación a vela.

El Dorado


         Después de Amalivaca hubo otro Dios, el que le trajeron los conquistadores para dar lugar a un sincretismo de las más variada  y rica formas. De esa forzada comunión de culturas emergió el Dorado, sueño de la enigmática Manoa que todavía buscan valientes e ilusos aventureros entre la maraña intrincada de la selva.
         Manoa era un lugar legendario de fabulosas riquezas y un lago sagrado donde se iniciaban los caciques a través de un rito que implicaba sumergirse en él con la piel cubierta de oro hecho polvo.
         Tratando de dar infructuosamente con este lugar se gastaron fortunas y perdieron la vida millares de nativos y europeos. Sobreviven por sus hazañas los nombres de los hispanos Gonzalo Jiménez de Quezada, fundador de Bogotá; Santiago de Belalcazar, conquistador del Ecuador y Antonio de Berrío, fundador de Guayana; los alemanes Ambrosio Alfínger, Felipe Hutten y Nicolás Federman, representantes de los banqueros Welser en Venezuela y el inglés Walter Raleigh, caballero de la Reina Isabel.
         Uno de los más recientes y modernos aventureros fue el norteamericano Jimmy Angel, que creía ver vestigios del legendario país de los Omaguas en la meseta del Auyantepuy, sobre la que temerariamente descendió su avioneta Flamingo, pero no encontró más que turbulencia batiendo el pajonal de un lugar fangoso, piedras con monumentos labrados por el tiempo y una convergencia de aguas cristalinas que daban lugar a la catarata más asombrosa del mundo.
         La ciudad que todavía se busca es imaginada como un sitio prodigiosamente rico que brilla a distancia porque el oro cubre el suelo como arena aunque otra versión habla de un reino fabuloso donde se habría refugiado el perseguido hijo menor del inca Hauicanapac con todos sus tesoros.
         Jimmy Ángel seguramente había leído el Mundo Perdido de Conan Doyle o la obra de sir Walter Raleigh The Discover of the large rich and beautiful empyre of Guiana y detenídose en el pasaje de la Montaña de Cristal a la cual Raleigh no pudo llegar, pero que vista de lejos le parecía la torre de una iglesia de gran altura.
         Desde arriba, cae un gran río que no toca el costado de la montaña en su caída, porque sale al aire y llega al suelo con el ruido y clamor que producirían 1000 campanas gigantes golpeándose unas contra las otras. Yo creo que no existe en el mundo una cascada tan grande ni tan maravillosa. Berrío me dijo que en su cumbre hay diamantes y piedras preciosas que se ven brillar a la distancia. Pero lo que ella contiene, yo no lo sé, ni él, ya que ninguno de sus hombres ha logrado ascender por  el costado por la hostilidad de los habitantes del lugar y las dificultades que hay en el camino.
         Juan Bolívar, piloto de helicóptero, descendiente de una etnia de Camurica, muerto en accidente vial, creía y hablaba de esa ciudad perdida y no desaprovechaba vuelo que hiciera por los confines de Guayana para desde las nubes escudriñar la inmensidad de la selva.
         También él, siguiendo la visión de Raleigh, estaba convencido de la existencia de unos extraños personajes, especie de gnomos custodiando los tesoros que moraban en las simas de las selvas como Jaua y Sarisariñama. Tales los Ewaipanomas, hombres sin cabeza, con la cara en el pecho y el cabello en los hombros. Hablaba de misteriosos ríos de extrañas ondas que dan vida o muerte según la hora en que se beban sus aguas: vivificantes a la media noche y mortales antes o después.

El único llegado a Manoa


         El único hispano que al parecer caminó por las calles de Manoa fue Juan Martínez, maestro de municiones de Diego Ordaz.
         Martínez, a punto de ser fusilado por el expedicionario, logró escapar y llegar moribundo a un paraje del Orinoco donde rescatado por indios guayanos fue llevado como raro ejemplar humano a la ciudad imperial, pero con los ojos vendados.
         Después de siete meses, el Cacique le preguntó que si deseaba permanecer o regresar y Martínez optando por lo último fue sacado de Manoa con varias camazas repletas del precioso metal. Indios enemigos del gran señor de Manoa se las confiscaron, menos dos que pudo salvar y cargarlas consigo al salir del Orinoco.
         Martínez llegó a Trinidad, de allí pasó a Margarita y finalmente halló quien lo llevara a San Juan de Puerto Rico donde permaneció hasta su muerte aguardando quién le hiciera el favor de retornarlo a España. Su estada accidental en la enigmática Manoa la narró a los frailes poco antes de su fallecimiento y, según Walter Raleigh, la relación se hallaba en la Cancillería de Puerto Rico, de la que Antonio de Berrío obtuvo copia que le fue mostrada al hacerlo preso en el curso de su primera expedición.

El tesoro de Los Frailes


         Tras la guerra de Independencia, la búsqueda de El Dorado fue perdiendo fuerza con la añagaza del Tesoro de los Frailes, algo supuestamente más localizable, concreto y factible.
         El tesoro de los Frailes de las antiguas Misiones del Caroní, habría sido ocultado bajo tierra ante la inminente entrada del ejército patriota comandado por el General Manuel Piar.
         El tesoro en lingotes de oro y onzas españolas se ha dicho que estaba enterrado en las inmediaciones del convento y de la iglesia de la Purísima Concepción, de la que ya no queda sino ruinas. Pero como allí no aparece, los buscadores de fortuna siguen volteando la tierra de las extintas misiones de Los Angeles de Yacuario, San José de Capapui, San Francisco de Altagracia, la Divina Pastora, San Fidel de Carapo. Últimamente se decía que estaba entre las antiguas misiones de San Pedro de Las Bocas y San Buena Ventura, pero que lo sepultó para siempre el lago de la Presa de Guri.
         Sitio asimismo muy explorado es el río Yuruán en el curso del cual se ve tallada sobre la roca la imagen de un Capuchino señalando cierto derrotero impreciso, pero que los navegantes del río especulan tiene que ver con la orientación del lugar donde se halla el bendito tesoro.

Los Petroglifos


         Se cuenta que Amalivaca, después del diluvio, quiso dejar evidencia de su visita a las tierras del Orinoco y junto con su hermano Vocci y un pintoresco cortejo de toninas hizo un recorrido por la Encaramada, Capuchino, Cerro del Tirano, Caicara, Paso de Cedeño, el Caura, más otros lugares donde los pronunciamientos rocosos monumentales les resultaron ideales para grabar signos sobre la piedra y de esa forma dejar a la posteridad testimonio de su paso por estas tierras.
         Los indios de hoy que no saben descifrarlos, cuando han de pasar frente a estos litoglifos, se aplican ají en los ojos para no verlos. De esa manera creen librarse del maleficio que supone el tener que enfrentarse con sus misterios.
         En cambio, los criollos asocian estos grabados con referencias respecto a tesoros escondidos, lo que explica las excavaciones localizadas en las inmediaciones de numerosos petroglifos de Guayana, como en Las lajitas del Cuchivero y en la Piedra del Sol y de la Luna en Santa Rosalía donde los buscadores de tesoro abrieron boquetes de varios metros de profundidad.
         Amalivaca, el Dorado, el Tesoro de los Frailes, tienen mucho de fantasía, pero en el fondo siempre ha habido una verdad que hoy como la fantasía de ayer se nos escapa de las manos y nos hace perder el sentido de la realidad.
         Aquellos extraños señores de recia armadura que invadieron el inmenso suelo de Amalivaca y se obnubilaron con sus riquezas, no estaban tan perdidos ni menos fueron tan víctimas de su fantasía. El Dorado existía a flor de arena o en las entrañas mismas de la tierra y, al final, lo hallaron quienes todavía lo explotan en las vetas de Caratal, en los aluviones del Yuruari o en los barrancos de Las Claritas.


sábado, 17 de junio de 2017

El “Correo del Oro”

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   El atraco a mano armada, tan frecuente y de proporciones impactantes en las grandes urbes de nuestros días, tuvo también, siglo diecinueve, en la provincia adentro, jalones dramáticos como el registrado el 6 de abril de 1878 en Rancho de Tejas, sobre un camino de recuas entre Upata y Guasipati.

         El asalto al “Correo del Oro”, posiblemente sea el primero ocurrido en Guayana. Conmovió a gran parte del país que entonces celebraba la política algo amplia y liberal del general Francisco Linares Alcántara, como sucesor de Guzmán Blanco. El hecho tuvo resonancia fuera de nuestras fronteras y excitantes implicaciones y consecuencias que llevaron al general Celestino Peraza a escribir su novela “Los Piratas de la Sabana”.
         El Callao, distrito aurífero por excelencia, era explotado en sus ricos yacimientos por la Compañía Minera de El Callao fundada en 1870 por un grupo de empresarios guayaneses y la cual, bajo la conducción del corso Antonio Liccioni extendió su actividad hasta 1897 cuando se declaró en quiebra.
         La compañía embarcaba por los animados puertos de Ciudad Bolívar hacia el exterior, por lo menos ese año de 1878, un promedio de 8 mil onzas de oro mensual, siendo los meses de agosto y diciembre los de mayor auge (11 mil onzas). En abril y mayo, meses impactados por el atraco al “Correo del oro”, la exportación cayó asombrosamente a menos de la mitad.
         Para la época no se conocía el Bolívar. Nuestro signo monetario era, el Venezolano, mientras el Franco y la Libra Esterlina las divisas extranjeras con las cuales se comerciaba el oro. No se conocía otro tipo de transporte que el fluvial a través de barcos de vela o de vapor y el terrestre utilizando burros, caballos, mulos y carromatos tirados por yuntas de bueyes, de manera que la producción aurífera proveniente del filón de El Callao y otras minas satélites se transportaba a Ciudad Bolívar en barras y a lomo de mulas.
         Guayana, región para entonces con un índice delictivo muy bajo, ofrecía un margen de seguridad confiable para que los caudales de los hacendados y de las empresas explotadoras de oro, así como caucho, balatá, sarrapia y otros rubros forestales, se desplazaran de un lugar a otro sin los temores y las medidas que se toman en la actualidad cuando el delito crece sin freno ni medida.

Asalto con lanzas y caballos


         Frank Busch era un norteamericano como tantos otros extranjeros llegados a Guayana en busca de mejores perspectivas económicas. Contaba entonces 45 años, era espigado, sanote, de complexión fuerte y estaba encargado de llevar sobre el lomo de cuatro mulas y con la sola compañía de dos peones, las barras de oro que puntualmente salían el día 20 de cada mes de El Callao a Ciudad Bolívar. El retorno se cumplía el día 6 del mes siguiente con el dinero acuñado para el pago de los obreros que trabajaban en las minas. Eran tan malos los caminos y tan lento el medio de transporte que la diligencia tardaba dieciséis días.
         El extranjero del “Correo del Oro”, siempre había sido puntual en su jornada y exacto en la cuenta de sus operaciones hasta el 6 de abril de 1878 cuando de regreso con el dinero acuñado, en horas del alba y tras haber pernoctado en una posada  de Carichapo, fue emboscado, muerto por la espalda y despojado de las mulas con su preciosa carga.
         Hombres armados, disparados sobre caballos, sacaron sus lanzas contra Busch que pasitrote cabalgaba sobre su mula tarareando una vieja melodía del Oeste. El tropel de los caballos y el brillo amenazante de las lanzas pusieron en fuga a los dos peones del correo mientras Busch aflojaba las riendas de su cabalgadura y caía mortalmente herido sobre el camino de Rancho de Tejas. Allí, sangrante y con los ojos abismados, quedó por largas horas el forastero, mientras que sus asesinos se perdían entre la maraña de la montaña por los senderos de La Pastora.

Comisión pesquisadora


         Isidro Fernández, uno de los hombres ricos del Yuruary, era el Prefecto del Departamento Roscio y no quiso tomar medidas policiales en el caso sin antes ponerse de acuerdo con el Presidente de la Compañía Minera afectada, don Antonio Liccioni, quien decidió asumir la responsabilidad de rescatar el dinero robado, capturar los ladrones y entregarlos a los jueces naturales.
         Al efecto, designó una Comisión de personas residentes en El Callao que por sus títulos y condiciones las creyó capaces de esclarecer el asalto y capturar a los ladrones. Fueron ellas: el General Pedro Antonio Díaz, caraqueño; General Cecilio Briceño, barinés; General Celestino Peraza, guariqueño; General Juan  Pío Rebolledo; Leoncio Peña, Guillermo Odremán y Juan Crisóstomo Fernández.
         La Comisión auxiliada por baquianos y los mismos peones de mister Busch, siguieron los rastros de los asaltantes hasta el caserío de La Pastora, a la margen izquierda del Yuruary, y allí logró las pistas que la condujo hasta los cómplices y autores del crimen.
         La comisión, por confesión de Marcos López, atemorizado por la forma como había caído muerto su amigo y compañero Alejo Farreras, cómplice del hecho, indició y capturó como responsables a Miguel Rodríguez (35 años, natural de Cachipo, baquiano de caminos); Francisco Millán (40 años, de Cachipo, conductor de fletes entre San Félix y El Callao); Calixto Puertas (mulato, agricultor, natural de Aragua de Barcelona) y como autor intelectual responsabilizó al hacendado Gaspar Hernández, una de las personas acomodadas de Guasipati y quien hasta entonces se tenía como digno señor de la comunidad.
         El dinero consistente en cincuenta mil pesos contenidos en cuatro bolsones de suela con abrazaderas de cobre y una caja con cinco mil pesos en monedas de plata, fue recuperado junto con las cuatro mulas que amarradas llevaban nueve días de hambre y sed en Potrerito, muy cerca de La Pastora.
         Ninguno de los implicados en el asalto fue juzgado por tribunales ordinarios competentes y murieron aparentemente en situación de fuga. El hacendado Gaspar Hernández, dueño de una de las mejores casas de Guasipati, estuvo largo tiempo escondido en un cuarto de doble paredes en su hato. Posteriormente, con la ayuda del novio de una de sus hijas que terminó en el suicidio, se exilió en Trinidad, de donde fue deportado y puesto a la orden de los Tribunales de Ciudad Bolívar, pero al poco tiempo se aprovechó de una escaramuza antigubernamental y volvió a ser prófugo y siendo prófugo por los caminos de la selva, encontró la muerte.
         Los miembros de la Comisión que identificó, capturó y virtualmente ajustició a los culpables, fueron premiados con el empleo de Frank Busch por la Junta Directiva de la Compañía Minera de El Callao.

Los Piratas de La Sabana


         Celestino Peraza, intelectual, político, militar, marino y minero, formó como ya lo observamos,  parte de la comisión que participó en el esclarecimiento del asalto al Correo del Oro, y ello lo animó a escribir Los Piratas de La Sabana prólogo de Pedro Sotillo y publicado por sus herederos después de su muerte ocurrida en Villa de Cura el 30 de noviembre de 1930.
         Celestino Peraza, nacido en Chaguaramas en 1850, murió a la edad de ochenta años y en este libro de varias ediciones, donde figura con el nombre de R. A. Peza, ofrece estos pasajes sobre el asalto al Correo del Oro:
         “Antes del amanecer estaban ya sobre sus caballos, listos para maniobrar. Puerta y Millán, con sus lanzas en astadas; Miguel Rodríguez, con su sable ceñido a la cintura y don Gaspar armado de revólver; todos enmascarados con pañuelos de Madrás, agujereados en la parte que estaba en contacto con los ojos.
         Millán y Puerta iban de frente, apareados, y les seguía Miguel Rodríguez.
         Cuando apenas faltaban veinte metros para salir del bosque les hizo Busch dos disparos, pero instantes después le alcanzó Puerta con su lanza, la cual, por haberse enredado por el asta en las charnelas del caballo de Millán, desvió el certero golpe, penetrando sólo cuatro pulgadas en la cadera de Busch.
         Más Millán estaba allí y completó en un instante la obra comenzada, sacando a Busch de la silla con un lanzazo que le atravesó las entrañas.
         Cayó Busch precisamente al salir de la montaña, salida que es allí abrupta, casi violenta; y sus peones, que en efecto habían detenido su marcha en una altura próxima, al oír las detonaciones, cuando le vieron caer y divisaron aquellos enmascarados armados de lanzas, corrieron desolados a otro montecillo próximo, dando alaridos espantosos y dejando en poder de los asesinos mulas y dinero”.

Se repite el asalto

         El asalto al Correo del Oro se repitió 39 años después cuando Tomás Antonio Bello y Feliciano Muñoz transportaban varias barras para las Casas Blohm y Casalta. El asalto lo perpetró individualmente Osmundo Pastor Ortega, quien dio muerte a Bello y a Muñoz con un rifle Winchester, enterró el oro al pie de un árbol y después emprendió la fuga cruzando a nado el río Caura. Fue apresado por una comisión y sentenciado a veinte años de prisión que sufrió en Puerto Cabello. Pero aprovechó la coyuntura de la muerte del dictador Juan Vicente Gómez para no cumplir la totalidad de la condena. En 1975 falleció en Caracas dejando una libreta de apuntes en manos de un periodista en la que se pinta como un personaje que más que victimario fue víctima de la mala justicia.
         En 1917 fue urdido otro plan para asaltar al Correo del Oro, conducido entonces por José María Rizo hijo, pero la jefatura Civil de San Félix lo debeló y capturó a todos los comprometidos.
         El plan preveía incluso someter a las autoridades civiles de San Félix y Barrancas. Pero la policía alertada detuvo a Jesús María Molina, cabecilla de la banda; Luis Vallés, Miguel Cotúa, y Francisco Miquilena cuando se disponían a zarpar desde las bocas de San Rafael de Barrancas.
         Otro robo bien sonado antes de la mitad del  siglo veinte, específicamente el diez de mayo de 1943, fue el perpetrado por dos miembros de la propia escolta, a la remesa de 40.094,05 pesos que la Aduana de Ciudad Bolívar giraba al Tesoro General de la República, vía Barcelona, utilizando diez bestias de carga alquiladas al Presbítero Pedro Ayala, en Soledad.
         El Teniente de Caballería Pedro González, segundo comandante de la Guardia Nacional de Policía de la provincia y el sargento Pedro Mariches, de la guarnición, con una escolta de seis hombres, un Cabo de la Guardia, ocho individuos de tropa y 3 cazadores del Resguardo de la Aduana, formaban la escolta de los caudales.

         En el pueblo de Chamariapa, donde hicieron alto tres días, conspiraron el Teniente y el Sargento, robándose parte de los caudales que custodiaban. Denunciados el 19 ante el Juez de Paz de la parroquia, fueron perseguidos y tras un encuentro fue muerto el Comandante González, se aprehendió al sargento Mariches y se recuperó el dinero robado.