martes, 23 de mayo de 2017

Museo de Ciudad Bolívar



Es una fortuna la de Ciudad Bolívar disponer no sólo del Museo de Arte Moderno “Jesús Soto”,del Museo Etnográfico del Orinoco, del Museo Geológico y Minero sino también del Museo de Ciudad Bolívar, un poco heterogéneo pero donde fundamentalmente se conserva de manera permanente un siglo de pintura  venezolana.

El 20 de noviembre de 1973, el Presidente de la República, Rafael Caldera inauguró en la Casa del Correo del Orinoco este Museo que en marzo de 1991 cerró sus puertas al público para reabrirlas al cabo de tres años y medio que duraron los trabajos de refacción.
La Sociedad Amigos de Guayana que le dio origen bajo la dinámica presidencia del poeta Rafael Pineda, se sumaba entonces al nuevo rol de Ciudad Bolívar, frente a Ciudad Guayana que se edificaba como centro  energético y minero industrial. Había que hacer de la capital angostureña una ciudad a la par que político-administrativa, residencial y cultural.
La tradición universitaria y cultural de Ciudad Bolívar con raíces hondas, debía reverdecer aprovechándose recursos potenciales como los museos con su antecedente remoto el Museo Talavera, fundado en 1941 por Monseñor Miguel Antonio Mejía y el doctor José Gabriel Machado, pero que lamentablemente no pudo permanecer en el tiempo debido a que cada habitante que por allí pasaba se sentía con derecho a una de sus numerosas piezas de las que apenas quedan unas antiguas campanas en la Casa de San Isidro y un Cristo de Plata del siglo XVIII ante el cual oró el Libertador de Guayana, Manuel Piar, poco antes de ser pasado por las armas en la Plaza Mayor de Angostura.
Había que comenzar de nuevo con los Museos. Soto fundó el Museo de Arte Moderno; José Batista Gómes el Museo de Geología y Minas de la UDO y Rafael Pineda que disponía de una importante colección de pintura la donó como base de lo que es actualmente el Museo de Ciudad Bolívar.
De manera que el Museo de Ciudad Bolívar en la Casa del Correo del Orinoco fue el tercero que se inauguró en la capital orinoquense en menos de dos años y donde se puede apreciar, visual e históricamente, lo que ha ocurrido en las artes plásticas de Venezuela en los últimos cien años.
Consta el Museo de seis salas, más el corredor y el jardín donde se distribuyen en orden cronológico las obras, de acuerdo con la historia del arte venezolano. Se inicia la exposición (Sala Uno) con obras de Arturo Michelena, Emilio Boggio, Armando Reverón, Tito Salas, Andrés Pérez Mujica, Marcos Castillo, César Prieto y otros representantes de la llamada Escuela de Caracas y del Círculo de Bellas Artes.
La Sala dos ha sido escogida para exhibir allí la prensa donde se editó el Correo del Orinoco hasta el número noventa y uno (1818-1820) cuando el taller fue trasladado al sótano de la casa donde se había reunido el Congreso de Angostura en 1819.
Muchos se preguntarán quizás por qué una prensa tipográfica en un Museo de artes visuales. Parece incongruente pero en el fondo tiene una explicación admisible y es que el Museo se instaló precisamente en el seno natural de esa prensa de valor histórico no sólo por su manufactura primitiva sino porque en ella se editó el primer periódico libre de Guayana y el de más larga vida en el período de lucha por la independencia de Venezuela.
Como marco de esa prensa pagada en parte con mulas de las Misiones del Caroní, existe en la Sala un historial gráfico de la ciudad de Angostura en aquellos tiempos azarosos de la lucha por la emancipación americana.
Las Salas tres, cuatro y cinco, están destinadas exclusivamente a gráficas, cerámicas y dibujos que junto con las secciones de pintura y escultura demuestran lo que ha ocurrido en la plástica venezolana desde fines del siglo diecinueve hasta hoy, y podríamos decir que hasta mañana tomando en cuenta que cada año se incorporan a la institución importantes donaciones, muchas de las cuales hay que tener en depósito aguardando que el Museo amplíe sus espacios, bien adquiriendo el inmueble vecino u otro distante, pero dentro del perímetro del casco urbano.
En la sala seis, donde se hace un intento por resumir el arte venezolano desde 1942, se pueden ver obras de Alejandro Otero, Alirio Rodríguez, Carlos González Bogen, Régulo Pérez (nativos de Bolívar como Soto), Armando Barrios, Oswaldo Vigas, Braulio Salazar, Perán Erminy, Mateo Manaure, Francisco Hung, Aglays Olivero, Rafael Pérez, José Campos Biscardi, Max Pedemonte, Raúl Sánchez, Teresa Casanova y otros.
En el Zaguán que da a la calle Carabobo (el Museo está ubicado entre la calle Carabobo y el Paseo Orinoco) se exhibe una muestra de pintores primitivos. En el umbral, dos petroglifos rescatados del lecho del Lago de la Represa de Gurí en la entrada; las obras de Miguel von Dangel “Uverio-Santa Cruz del Orinoco”y “Parman-los Guires,” que son pinturas acrílicas escarchadas sobre papel cartografiado. También como algo sorprendente es posible ver un supuesto retrato de Francisco de Miranda, marfil, hecho por un  pintor inglés: John Filens (1817-1867), porque , además de los pintores nacionales, puesto que la esencia del museo es “cien años de pintura venezolana”, ha habido que habilitar espacio para pintores extranjeros que han tenido la generosidad de donarle obras a la institución. De suerte que el Museo dispone de una buena colección de obras de artistas extranjeros, donde sobresalen los de italianos por su mayor contribución.
Efectivamente, los pintores italianos están representados en el Museo de Ciudad Bolívar con el mayor número de obras. Más de 70, de diferentes técnicas, desde el acrílico a la acuarela, pasando por la técnica mixta, el collage, el dibujo y la serigrafía.
Nueve de estas obras fueron realizadas expresamente como homenaje a Simón Bolívar y a Venezuela por Gloria Persiani, Mario Bizarri, Alba Savoy, Anna María Vencheri, Aldo Mengolini, Carlos Bevilacqua, Vicenzo Gigli, María Laura Piccinello y el japonés residente en Roma, Takara Noya.
Aparte de la colección de obras italianas, el patrimonio del Museo estimado en más de 900 obras, incluye las de los siguientes maestros igualmente extranjeros: Carlos Enríquez (Cuba 1901-1957), Baltasar Lobo (España 1910-1993), Rufino Tamayo (México), Edgar Negret (Colombia), Bruno Vernier, Pérez Celis, Horacio Blas Maza y Liliana Porter (Argentina), Jorge Eilson y Joaquín Roca Rey (Perú), Ada Balcácer (República Dominicana), Duncan (Inglaterra), Felipe de Vallejo (España), Lourdes Castro (Portugal) y dos pinturas del disidente ruso Eugenio Rujín, muerto en 1974, las únicas de un pintor ruso que se encuentran en Venezuela y las cuales fueron donadas respectivamente, por la Embajada de Venezuela en Rusia y Carlos Maldonado Bourgoin
Además de este patrimonio de artes visuales debemos destacar que el inmueble construido a comienzos del siglo diecinueve a las faldas del cerro El Vigía que contienen las aguas del Orinoco, es de por sí, una obra de valor arquitectónico que según la tradición de las escrituras, perteneció al canario José Luis Cornieles, quien luego de la campaña de Guayana, se hizo amigo del Libertador y llegó a ser Alcalde Provincial. Cornieles puso a la orden del gobierno supremo sus propiedades, entre ellas la colonial casa del morichal de San Isidro que sirvió de residencia al Libertador.
La Casa del Correo del Orinoco sirvió de asiento al Taller de Impresión del Gobierno Supremo, desde 1817 hasta 1820. Luego fue utilizada a través de décadas ya como vivienda, casa de comercio y en 1968 cuando fue rescatada para su restauración era un ventorrillo.
Con motivo del sesquicentenario del primer número del Correo del Orinoco, fue creada el 7 de mayo de 1968, por disposición del Presidente de la República Raúl Leoni, una Comisión Asesora del Ministerio de Obras Públicas para la reconstrucción de dicho inmueble, procediéndose de inmediato a efectuar los trabajos preliminares de levantamiento, exploración y expropiación de los derechos de propiedad que sobre el inmueble tenían los Hermanos Torres y el Señor Fasir Greige
De acuerdo con los resultados fueron ejecutados los trabajos de exploración que consistieron en determinar la obra original que pudiera haber existido, tales como piso de ladrillo, de mollejón, recubrimiento de frisos. Con los resultados obtenidos se procedió a la elaboración del anteproyecto, el cual fue aprobado y se determinó que el uso del inmueble, una vez restaurado, sería destinado a un museo de la prensa independentista, anexándose dos inmuebles ubicados en la parte posterior como jardines. El Ministerio de Obras Públicas ejecutó los trabajos de remodelación y expropiación.
La casa había sido intervenida y deformada en algunas áreas, por lo que hubo que  hacer demoliciones incluyendo los frisos en paramentos verticales exteriores e interiores, pero manteniendo en su estado actual las molduras y una hornacina existente en la fachada, en la cual se entronizó una imagen en cerámica de Santo Tomás, de la artista María Luisa Zuloaga.

         No obstante, la reconstrucción y remodelación de este inmueble histórico acusó fallas que hubo que reparar urgentemente veinte años después, vale decir, en marzo de 1991 cuando fue cerrado por la Oficina de Revitalización del Casco Histórico del Gobierno Regional que convino con la Asociación Amigos de Guayana, asumir y costear los trabajos de refacción. Hoy felizmente, los trabajos han llegado a su final y los bolivarenses como los venezolanos en general y  turistas de todas partes del mundo que visitan la Ciudad, podrán continuar disfrutando del valioso patrimonio artístico de este Museo de Ciudad Bolívar que desde su fundación dirige Marlene Wulf de Aguirre, pero con cuya existencia y permanencia ha tenido que ver decididamente el poeta Rafael Pineda, respaldado por la Asociación Amigos de Guayana.

domingo, 21 de mayo de 2017

Casa Ramón Isidro Montes


Sede de la Biblioteca Rómulo Gallegos creada el 22 de mayo de 1965 bajo el signo fluvial de la ciudad bicentenaria. Restaurada durante la gestión del Gobernador Pedro Battistini Castro,  sirvió  de Escuela - Hogar a generaciones del siglo diecinueve, bajo la sabiduría pedagógica del Licenciado Ramón Isidro Montes.

   Jamás una casa tuvo tanta suerte: la de albergar bajo su alero a generaciones de estudiantes, intelectuales y políticos que le dieron lustre a la que ha sido siempre capital de la Guayana.
         El inmueble no ha cesado de ser fiel a su destino y hoy, desde 1965, cumple funciones como Biblioteca Pública identificada con el nombre de Rómulo Gallegos, autor de “Canaima”, la primera novela venezolana ambientada en la selva de Guayana. 
         El Estado Bolívar siempre tuvo bibliotecas, pero nunca tan orgánicamente expandidas y organizadas como ahora.  El crecimiento de ciudad ha sido parejo con sus bibliotecas.  Existen veintiséis en todo el Estado, sin incluir el sistema móvil de bibliotecas rurales.  El libro que ofrece el Estado Venezolano y la iniciativa privada trata de no quedarse en los centros urbanos sino que pugna por llegar a  los más apartados rincones donde el aislamiento y la pobreza hacen difícil el recurso para el conocimiento.
         Por supuesto, no basta con que el libro llegue.  Hay que saber aprovechar el libro y ello más que función de la Biblioteca, es función del maestro o de la persona que enseña.  Si no sabemos leer un libro, éste  no significará más que rayas sobra la página.  Se necesita saber leer e interpretar aquello que está escrito para que esa literatura escrita sea o signifique algo para el lector.  Hoy se habla mucho de un tipo de analfabetismo que no es el consabido de no saber leer y escribir sino el llamado “analfabetismo funcional” que nos impide llegar al fondo del mensaje.  De manera que el complemento de la Biblioteca es el maestro o la persona que enseña, a objeto de que el usuario aproveche al máximo este servicio gratuito que nunca podrán sustituir las librerías comerciales.
         Creo que fue Marshall McLuhan quien dijo que la televisión terminaría por acabar con el hábito de la lectura; sin embargo hoy la gente lee más que ayer y ello tendría su explicación en lo que en una conferencia señalaba Salvador Garmendia y es que entre el lector y el libro hay una comunicación muy íntima y muy personal.  Esa comunicación tan personal que se establece entre el libro y el lector, ningún otro medio de comunicación  puede igualarlo.
         La Biblioteca Rómulo Gallegos cuando fue inaugurada, tenía apenas 3 mil libros y un promedio de 100 lectores por día, hoy tiene 18 mil volúmenes y un promedio de 700 lectores por día hábil.  La población ha crecido y también una demanda pareja con el crecimiento de las bibliotecas.  Y la “Rómulo Gallegos” que muchos bolivarenses prefirieron en su oportunidad se hubiese llamado “Ramón Isidro Montes”, es la Biblioteca Pública pionera y modelo por excelencia.
         Está Biblioteca es obra del Gobierno Regional del doctor Pedro Battistini Castro y  del Director de Educación y Culturra, profesor Lucas Rafael Alvarez.
         La inauguró el Ministro de Educación Dr. J. M. Siso Martínez y el doctor José Sánchez Negrón invitado a pronunciar un discurso en el que destacó el valor y utilidad permanentes de la misma como el hecho de llamarse “Rómulo Gallegos “, insigne hombre de la narrativa venezolana que dedicó a la selva guayanesa su mejor novela.
         La Biblioteca se inauguró en la ocasión de cerrarse el año bicentenario de Ciudad Bolívar, con un fondo bibliográfico de 3 mil volúmenes, incluidos textos escolares para la enseñanza media y superior:  filosofía, religión, ciencias sociales, idiomas  ciencias puras, ciencias aplicadas, bellas artes, literatura, historia y geografía.  Estanteras con capacidad para 15 mil volúmenes, salón de lectura modernamente equipado y técnicamente acondicionado con mesas para 4, 6 y 8 lectores, sala audiovisual y posteriormente se le agregó una sala de lectura infantil.  Hoy tiene cinco salas de lectura y un Departamento Audiovisual.
         Papel meritorio en la fundación y organización de esta Biblioteca Pública del Estado jugó el profesor Víctor M. Ramírez, bibliotecólogo que renunció a la Universidad de Oriente para dedicarse por entero a ella.  La coordinó, proyectó y dirigió hasta 1968 que el cambio de gobierno la ofreció a otro director:  el profesor Pedro Avendaño, quien lamentablemente no pudo sostener la revista “Perfil”, órgano de divulgación de la Biblioteca, fundado por el propio Víctor M. Ramírez y la que sostuvo a través de anuncios de entidades privadas.  Además de Ramírez y Avendaño han pasado por la dirección de la “Rómulo Gallegos” durante estos tres decenios: Dolores Arcila, Armando Gil Linares, Lourdes Salazar Bossio, Mercedes Pulgar de Villarroel, Eunice Pino de Viaje y Flor Salazar. Yolanda Lavadí, quien venía dirigiendo desde 1975 la Red de Bibliotecas Públicas adscritas al Instituto Autónomo Biblioteca Nacional  y de Servicios, resolvió en 1990 encargarse también de la “Rómulo Gallegos”.
         Mención especial, como directora de la Biblioteca durante 15 años, merece  Lourdes Salazar Bossio, quien fundó la Sociedad de Amigos de la Biblioteca  y le imprimió dinamismo tal que llevó a un intelectual a decir que era el “Centro de las Artes de Ciudad Bolívar”, pues difícilmente transcurría semana que  no registrase actividad artístico cultural, bien en teatro como en concierto, conferencias, recitales, seminarios.   Lourdes presentó entonces a Miguel Otero Silva, José Ramón Medina, Jesús Soto.  Isaac Chocrón estrenó allí con Gustavo Rodríguez  La Máxima Felicidad. 
         La Casa donde funciona la Biblioteca “Rómulo Gallegos”, se halla en el Centro Histórico y la hizo construir el doctor  Ramón Isidro Montes en los años de 1850, en la calle Libertad, cuando ésta comenzaba a ser empedrada con un canal en el centro.  Tiene dos niveles dados por la topografía accidentada del terreno, cuatro grandes ventanas frontales estilo andaluz, molduras lineales en la cornisa del frontispicio.  Fue restaurada y entregada por el Ministerio de Desarrollo Urbano en 1989.
         Ramón Isidro Montes, quien entonces era Rector del Colegio Federal de Guayana, la hizo construir con dos propósitos: que le sirviera de hogar y al mismo tiempo de internado, en la convicción de que todo estudiante debía estar rodeado del calor del hogar a objeto de establecer un vínculo afectivo entre los educandos  y la familia que los recibía.
         Dice la extinta escritora Lucila Palacios, descendiente del doctor R. I. Montes, en una de sus crónicas sobre este importante inmueble, que el nivel superior de la casa estaba habitado por el Rector y su  familia y en el piso de abajo, con acceso al jardín, funcionaba el internado.
         Los Internos compartían la mesa del Rector, quien vigilaba y dirigía los modales. Esta obligación era compartida por Clarisa Calderón, su esposa. Los educandos tomaban parte de la actividad hogareña y no había distinciones entre ellos y los hijos del matrimonio que les brindaba hospedaje. Esto se complementaba con veladas artístico – literarias.  
         Cuenta la escritora Lucila Palacios que desde esta casa el doctor Monte dio impulso a su programa de educación gratuita para obreros y artesanos que él dirigía personalmente; preparaba excursiones al campo en unión del estudiantado hacia lugares apropiados para el estudio de  la Botánica y la Zoología, adiestramiento la equitación y natación así como en otros ejercicios y juegos al aire libre. Ramón Isidro Montes Cornieles era nieto de Juan Montes, Caraqueño y prócer de la Independencia, residenciado en Angostura en 1817. Era  hijo de María de la Nieves Cornieles, casada con Juan Montes Salas, fundador de la “Botica Boliviana”, la primera que tuvo Ciudad Bolívar. Ramón Isidro Montes nació en Angostura el 5 de septiembre de 1826 y falleció el 10 de junio de 1889.
         Su formación elemental y media la recibió en el lar nativo. Se trasladó a Caracas para realizar estudios superiores. Se graduó en 1847 de Teniente de Ingenieros en la Academia de Matemáticas fundada por Juan Manuel Cajigal. En 1848 se gradúo de abogado en la UCV y regresó a Ciudad Bolívar donde fue nombrado Vicerrector del Colegio Nacional de Guayana (1849) y Rector al año siguiente (1850 – 1854), lapso durante el cual fundó los cursos de derecho y medicina, la cátedra de literatura y la escuela primaria nocturna para obreros y artesanos. En 1854 se trasladó a Caracas donde fundó el Colegio Santo Tomás. Luego fue parlamentario y Presidente de la Corte Suprema de Justicia. En 1876 retornó a Ciudad  Bolívar para encargarse nuevamente del Rectorado del Colegio Nacional, el cual ejerció hasta 1885 cuando el colegio fue elevado a la categoría de Universidad.
         Cultivó la historia novelada con “Boves, Leyenda Venezolana”. (Se adelantó a Pancho Herrera Luque) y escribió “Ensayos poéticos y literarios”, que es una poesía representativa del romanticismo iniciado en Venezuela con José Antonio Maitin y Abigail Lozano. Contrajo matrimonio con Clarisa Calderón y tuvo ocho hijos, entre ellos, Félix Montes Calderón y María Montes Calderón. El primero. Candidato presidencial frente a la candidatura de Juan Vicente Gómez y la segunda, madre de la novelista Mercedes Carvajal de Arocha (Lucila Palacios). Tres generaciones de la Familia Montes nacieron y habitaron esta casa que sirve de sede a la Biblioteca de “Rómulo Gallegos”. La primera generación a partir de Ramón Isidro Montes, su fundador, y el doctor en ciencias políticas y sociales, Félix Montes Calderón, candidato a la Presidencia de la República en 1913, lo cual le costó largo exilio.
         La segunda generación, iniciada por Félix Montes Calderón hijo, asesinado en Costa Rica en 1918 donde se hallaba, exiliado al igual que su padre; Juan Montes Calderón, político, hermano del anterior; Mercedes Carvajal Montes de Arocha (Lucila Palacios), escritora, diplomática, y Carmen Rita Carvajal Montes, poética.       
                                                                                           En la tercera generación de los Montes que habitó la casa se encuentra Carmen Luisa Arocha Carvajal de Piñango, dedicada a la investigación en la ciencia de la medicina y el ingeniero León  Arocha Carvajal, vice - ministro de Obras Públicas durante el período presidencial de Raúl Leoni. La casa adquirida para residencia del Gobernador, según Decreto 183 dictado por José Barceló Vidal el 24 de noviembre de 1949 (Bs. 70.000,00), había sido ocupado por los Presidentes de Estado, Antonio Alamo y su esposa la escritora Ignia Bartolomé de Alamo; escritor Mario Briceño Iragorri y poeta Héctor Guillermo Villalobos. Asimismo funcionó allí el Consejo Municipal de Heres y finalmente la Biblioteca "Rómulo Gallegos”.



sábado, 20 de mayo de 2017

El Capitolio de Ciudad Bolívar

   

La imponente edificación, suerte de fortaleza sobre una cumbre, que los bolivarenses conocieron hasta avanzado el siglo veinte como “El Capitolio” fue proyectado en el siglo diecinueve  por iniciativa del Gobierno de Juan Bautista Dalla Costa como el Hospital San Juan de la Cruz

                                                                                           Durante la época de la colonia, en Angostura no se conoció la figura del Hospital como tal.  Por supuesto, existió la asistencia médica pública facilitada por el Ayuntamiento o la Gobernación, pero, fundamentalmente, la medicina privada.  El primer médico de Angostura fue el doctor Martín Farreras y a partir de la época de Centurión ejercieron en la ciudad los médicos Juan Barri, Andrés Caballero, Pedro Goudet y los cirujanos José Andrés de la Guerra, José de Foch y Juan Adolfo von Rosen, quien pasó a la historia de la medicina como el primer farmacéutico de Angostura.
                                                                                           Lo que hoy conocemos como institución hospitalaria se inició en Angostura en 1818 con el establecimiento del Hospital Militar que entonces tenía como espacio físico un sector del Convento de San Francisco en lo que es hoy la plaza Centurión.
                                                                                           Según testimonio de un legionario inglés, en la cumbre de cerro había un pequeño fuerte, debajo del cual se veía un pintoresco convento que se había convertido en hospital. El hospital Militar estaba el mando del doctor Adolfo. Burton y a él se incorporó como cirujano Juan Teófilo Benjamín Siegert, quien llegó a Angostura en 1820, luego de haber sido enrolado en una isla caribeña por revolucionarios venezolanos. En 1830, Siegert fue director médico del Hospital, posición que ocupó durante diez años.
                                                                                           Otro médico que ejerció en el Hospital Militar de Angostura a partir de 1817 fue Juan Montes, asimilado como teniente coronel. Para 1821, siendo José Ucros, gobernador y comandante general de la provincia, Montes era cirujano mayor de la Plaza. Era padre de Juan Montes Salas, quien en 1830 fundó en Angostura la Botica Bolivariana.
                                                                                           Luis Plassard, médico francés radicado en Angostura en 1847 igualmente prestó labor sobresaliente en el Hospital y como docente del Colegio de Varones en el cual dictó un curso de Cirugía. Se ocupo de la población indígena y durante una exploración por tierra del Yuruary en 1848 dio cuenta de las minas de oro.
                                                                                           El doctor Santos Gáspari, nativo de Córcega, radicado en Angostura a finales de 1830 fue junto con Monseñor Mariano Talavera y Garcés, uno de los promotores de un hospital civil tanto para mujeres como para hombres que él contribuyó a materializar con la donación de un inmueble de su propiedad.  Gáspari, quien no obstante ser extranjero llegó a ser Presidente del Estado, murió en Basta (Córcega) en febrero de 1867 y testamentó una de sus casas en Ciudad Bolívar a favor de los Hospitales y 500 pesos para la construcción de la Capilla del Cementerio.  En agradecimiento, la Municipalidad bautizó un Paseo o avenida con su nombre.

El gran hospital


                                                                                           En 1870, Ciudad Bolívar ya disponía de un Hospital para Hombres (Hospital Caridad) y otro para Mujeres (Las Mercedes), pero funcionando en casas frágiles e inadecuadas, por lo que el Gobernador Juan Bautista Dalla-Costa decidió a través de una Junta de Fomento construirle a la ciudad un Gran Hospital y al efecto contrató en Caracas al ingeniero Alberto Lutowski, el más reputado de entonces. La obra, muy ambiciosa, comenzó a levantarse en la cumbre del cerro más elevado del casco urbano, pero un año después quedó paralizada debido a la Guerra de los Azules y la expulsión de Dalla-Costa.
                                                                                           En 1883, luego de 13 años y bajo el Gobierno del General Jorge Mediavilla se resolvió reanudar los trabajos comprometiendo a la iniciativa privada que invirtió 80 mil pesos, pero al ser imposible recabar otros veinte mil para su terminación, el Gobernador Santos Carrera (1892), con aportes del erario nacional, decidió transformar la obra en Cuartel para las fuerzas militares venidas del centro a combatir los movimientos belicistas que desde el interior del Estado avanzaban a favor de la Revolución Legalista de Joaquóin Crespo. Dadas estas circunstancias, al Concejo Municipal no le quedó alternativa inmediata que disponer el 19 de junio de 1899, la reparación y ensanche de los hospitales civiles existentes.  También dispuso que una vez tuvieron terminados los trabajos bajo la dirección del ingeniero P. H. Carranza, al primer cuerpo donde funcionaba el de Caridad se le pusiera el nombre de “Hospital Ruiz” en homenaje al Dr. José Ángel Ruiz, “quien por sus importantes y desinteresados servicios se hizo acreedor a la consideración y aprecio de los habitantes de Guayana”.  José Ángel Ruiz había muerto el 21 de diciembre de 1897 tras 25 años de servicio en el Hospital Caridad. También había sido vicerrector, catedrático de anatomía, patología y obstetricia del Colegio de Primera Categoría.

De Hospital a Capitolio

                                                                                           De suerte que lo que se proyectó para pacientes se convirtió por obra y desgracia de nuestras guerras intestinas, en un cuartel para concentración de las fuerzas nacionales de Anduela Palacios y Santos Carrera, que, por cierto, poco tiempo allí permanecieron debido a la derrota sufrido en el Río Orocopiche por la División Roscio que comandaban el Mocho José Manuel Hernández y Domingo Sifontes.
                                                                                           Quien realmente comenzó a disfrutar establemente de la edificación fue el Batallón Cordero, al mando del General Ovidio Salas. Desde entonces fue bautizada con el nombre de Capitolio (Fortaleza o ciudadela que defiende a una ciudad). El jefe de Instrucción del Batallón era el capitán Ramón Cecilio Farreras, quien el 23 de mayo de 1902 se sublevó con gran parte de la guarnición (137 soldados con sus oficiales) y depuso al comandante Salas Sarrías. Farreras se declaró jefe civil y militar de Estado Bolívar y se puso a disposición del general Manuel Matos, jefe supremo de la Revolución Libertadora.
                                                                                           Los días 20, 21 y 22 de agosto los vapores de guerra Restaurador y Bolívar, dirigidos por el coronel Ramón Delgado Chalbaud, bajo el mando expedicionario del general José Antonio Velutini, bombardearon la ciudad con 1.300 proyectiles explosivos. El Capitolio sufrió serios daños al igual que la Catedral, el Colegio Federal, los Hospitales Ruiz y Mercedes, el Acueducto, el Monumento de Dalla Costa, el Palacio Episcopal y la Cárcel, entre otros inmueble.
                                                                                           Este Bombardeo, preludio de la Batalla de Ciudad Bolívar que se daría en julio de 1903, obligó al gobierno a someter bajo jurisdicción del Hospital Militar dirigido por el Dr. Acosta Delgado, todos los establecimientos hospitalarios, divididos en los siguientes siete servicios: Servicio Ruiz, a cargo del Dr. Emazábel; Servicio Plassard, a cargo del Dr. Carranza; Servicio Moreno, a cargo del Dr. Ochoa; Servicio Aguerrevere, a cargo del Dr. Bello; Servicio Farreras, a cargo del Dr. C. García; Servicio Barrio Gómez, a cargo del Dr. Agosto Méndez y Servicio Lebrún, a cargo del Dr. Acosta Delgado.

Batallón “21 de diciembre”


                                                                                           Luego de la batalla de Ciudad Bolívar en julio de 1903, el gobierno de Castro recuperó al Estado Bolívar, sustituyó al Batallón Cordero por el Batallón “21 de Diciembre” en el Cuartel del Capitolio al mando del Gral. José Antonio Farías B. y nombró al general Luis Valera, jefe civil y militar del Estado Bolívar. Valera después fue electo presidente constitucional del Estado y falleció finalizando su período en octubre de 1907. Para ese año el doctor Félix R. Páez, era el director de Higiene y Salubridad Pública y posteriormente pasó a la Dirección del Hospital Ruiz y adquirió varias casas para seguir aumentando la capacidad del hospital.
                                                                                           El director de la Banda Marcial del Capitolio era José Francisco Calloca, quien daba retretas todos los domingos en la Plaza Miranda, frente al Capitolio, en la mañana y por la tarde, mientras la Banda del Estado lo hacía en la Plaza Bolívar.

Batallón Zamora No. 14


                                                                                           El general Farías fue reemplazado del mando del Batallón “21 Diciembre” por el general Juan Fernández Amparam, quien luego pasaría a la Gobernación del Yuruary. Bajo la Comandancia de Fernández Amparam, el Capitolio quedó totalmente reparado (22/5/1909) de los daños sufridos en la etapa final de la Guerra Libertadora.
                                                                                           Al Batallón “21 Diciembre” pasó a sustituirlo el Batallón Zamora N° 14 comandado por el general Tobías Uribe y siendo comandante de Armas el general Juan Alberto Ramírez, quien el 20 de octubre de 1913 inauguró los trabajos de reconstrucción de la Fortaleza El Zamuro. Ese año el Batallón Zamora N° 14 fue sustituido en el Capitolio por el Batallón Rivas. Prácticamente debutando con el ascenso a la Presidencia del  Estado del doctor David Gimón, quien venía de ocupar la misma posición  en el Estado Guárico. Vicepresidente fue designado el general Marcelino Torres García, pacificador de la región de Yuruary tras la sublevación de Angelito Lanza en Las Chicharas.
                                                                                           El Capitolio sirvió de sede a la guarnición de Ciudad Bolívar hasta 1952 que el gobierno nacional a través del Ministerio de Obras Públicas cuyo director en Bolívar era el ingeniero Antonio Burguillos, terminó de construir el actual Cuartel Tómas de Heres (Fuerte Cayaurima) en las afueras de la ciudad, con capacidad inicial para un mil plazas.
                                                                                           A partir de entonces el Capitolio aún con sus recias garitas en cada ángulo de la azotea, fue destinado a la Prefectura y Comandancia General de Policía que venía funcionando al lado de la Cárcel Vieja.
                                                                                           De manera que el Capitolio, aunque en principio se concibió como Hospital, su destino histórico fue siempre el de fortaleza para protección y defensa de la ciudad. Edificado con la técnica y estilo característico del siglo diecinueve, se conservó hasta 1980 con muy escasas intervenciones y tradicionalmente los bolivarenses lo veneran como una joya de calor arquitectónico e histórico que ha debido conservarse y revitalizarse dentro de los cánones universalmente establecidos para la conservación de los monumentos públicos.
                                                                                           La intervención de que ha sido objeto últimamente El Capitolio en función de un Centro de las Artes, adosado a él un Teatro del proyectista Oscar Tenreiro, malogra gran parte la fisonomía característica de ese inmueble. Al parecer el arquitecto se asesoró mal o su intervención se basa en una investigación socio-histórica bastante pobre. Aunque hay quienes sostienen como la doctora en antropología María Eugenia Villalón, ex presidenta de la Asociación de Vecino del Casco Histórico, que allí lo que está ocurriendo no es problema de ignorancia histórica sino la imposición de un nuevo lenguaje o ensayos modernistas que propugnan el mestizaje arquitectónico.
                                                                                           Situación bastante penosa, toda vez que la revitalización de Casco Histórico, lo cual ha costado sudor y lágrimas a los bolivarenses, se inició bajo los criterios conservacionistas adoptados en los centros históricos de otras ciudades hispanoamericanas. Haberlo violentado es realmente una desgracia.



viernes, 19 de mayo de 2017

Museo de Arte Moderno


  
Fue decretado el 27 de octubre de 1969 por el Gobernador Eduardo Oxford-Arias, realizado durante la gestión del Gobernador Manuel Garrido Mendoza e inaugurado por el Presidente de la República Rafael Caldera, el 25 de agosto de 1973, pero el Museo nació mucho  antes, tal vez cuando el maestro Jesús Soto planteó la idea al ganar en 1959 el Premio Nacional de Pintura.

Víctor Vasarely, pionero del cinetismo que luego abandonó, con un conjunto de obras canjeadas logró un Museo para su patria Hungría. Soto, creyendo que podía hacer lo mismo, se aventuró en una empresa similar y así Ciudad Bolívar tuvo también de pronto su Museo.
Soto contaba con una buena e interesante pinacoteca integrada por obras propias y de otros artistas constructivistas, incluyendo vanguardistas de esa corriente, de manera que en 1959, cuando obtuvo el Premio Nacional de Pintura, planteó la idea a Miguel Arroyo, director del Museo de Bellas Artes y a Clara Diamend de Sojo, directora de una galería caraqueña de arte moderno.
Ambos vinieron a Ciudad Bolívar comisionados por Soto en la ocasión de fundarse la Casa de la Cultura por iniciativa de Mínima Rodríguez Lezama, David Alizo, Mercedes Quiroga, Germán González Seguías, Elías Inati y quien esto escribe. La reunión se realizó en la Biblioteca Rómulo Gallegos y los visitantes hablaron sobre el Museo Moderno como agente catalizador, aglutinador, efervescente y modificador de los gustos de una sociedad. Esbozaron finalmente el proyecto de Soto y animaron a la Casa de la Cultura para que se erigiera en abanderada de esta idea.
La colección de obras artística estaba lista y dispuesta en París. Sólo había que gestionar el espacio físico, para lo cual parecía venir bien entonces la Casa de las Doce Ventanas, antigua arquitectura que establecería un contraste interesante con el arte moderno. La sucesión Machado Liccioni pedía 200 mil bolívares por la casa en ruinas. Intentamos interesar al gobernador Rafael Sonoja Valladares y presentó el inconveniente de la falta de disponibilidad presupuestaria en el año final de su gestión (1968).
Con el cambio de gobierno las cosas mejoraron notablemente, pues el gobernador Carlos Eduardo Oxford Arias y el Secretario de Gobierno Paúl von Büren eran amigos del Maestro Jesús Soto y no sólo estaban al tanto del proyecto, sino que lo aupaban. De suerte que en vez de adquirir la Casa de las Doce Ventanas, el Gobernador decidió construir un Museo de arquitectura moderna y por Decreto 9 del 27 de octubre de 1969 así lo dispuso llevando ya el nombre del artista y asignando para el inicio de la obra en la Ley de Presupuesto a ejecutarse al año siguiente, la cantidad de 300 mil bolívares.


El Museo una realidad

         Localizar, adquirir el terreno, diseñar, proyectar y construir la obra tardó tres años y ocho meses. La arquitectura del Museo de por sí ya es una obra de arte en la cual se esmeró Carlos Raúl Villanueva (1906-1976), arquitecto de los Museos Bellas Artes de Caracas y de Ciencias Naturales como de la Ciudad Universitaria que es el ensayo más completo que se ha hecho de integración artística en Venezuela.  En su honor la Casa de la Cultura se adicionó su nombre.
         La obra, aunque fue decretada por Oxford Arias, su construcción fue posible durante la gestión gubernamental del arquitecto Manuel Garrido Mendoza y tocó en suerte al Presidente de la República. Dr. Rafael Caldera, inaugurarla el 25 de agosto de 1973.
         Costó un millón 300 mil bolívares y fue abierto con importantes obras de arte ofrecidas por Soto en calidad de comodato y cuyo valor entonces se estimaba en 10 millones de bolívares. El Maestro Antonio Estévez se integró al Museo con su obra Microvibrafonía Múltiple. Pero ya la música de Estévez no está. Brilla por su ausencia. Los únicos sonidos que invaden ahora las salas del Museo provienen de los Penetrables Sonoros que han vuelto después de largos años de ausencia junto con los Penetrables Silentes.    
         El discurso del acto inaugural del Museo en 1973, al que asistieron notables personalidades del mundo artístico e intelectual, nacional e internacional, estuvo a cargo de Alfredo Boulton, quien presentó al Museo como “un desafío a lo sedentario y arcaico... un grito en la plaza pública para gente joven de espíritu que quiere lanzarse a su propia y suprema aventura creadora”.
         Caldera, quien en esa ocasión recibió el Collar de Angostura igual que Soto la Orden de Andrés Bello, encontró en la obra de Soto como en la de los otros expositores “una capacidad ilimitada de creación en pleno desarrollo”, mientras Cruz Diez comparó la existencia del Museo con un detonante en un país donde la noción del mundo se define por las consignas de partido.
         El Museo, administrado por una Fundación del gobierno regional que preside Soto, se inició bajo la dirección de Armando Gil Linares, quien meses antes se había ganado el primer premio del Salón Alejandro Otero de la Casa de la Cultura. La primera directiva de la Fundación estuvo integrada, además de Jesús Soto en calidad de Presidente, por Alfredo Boulton como Vicepresidente; Carlos Raúl Villanueva, Guillermo Meneses, Miguel Arroyo, Hans Neumann, Miquel Otero Silva, Simón Alberto Consalvi, Luis Pastori, Silvia Boulton de Ellis, María Teresa Castillo, Margot de Villanueva, Sofía Imberg, Narciso Debourg, Lourdes Blanco de Arroyo y Ángel Ramos Giugni.
         El Museo cuenta en la actualidad con más de 500 obras de artistas nacionales e internacionales del siglo XX. En esa colección se encuentran representados artistas de la Vanguardia histórica rusa, del Neoplasticismo, la Abstracción Geométrica, del Arte concreto, monocrómico, cinético, óptico, programado, sistemático y experimental.
         Se encuentran en el Museo obras de artistas de renombre internacional como Kasimir Malevich, Robert Jacobsen, Alberto Magbelli, Kenneth Snelson, Georges Rickey, Natalia Gontcharova, Pavel Mansouroff, André Heurtaux, Jesús Soto, Man Ray, Josef Albers, Jean Tinguely, Fortunato Depero, Jean Gorin, Lucio Fontana, Lajos Kassak,  Víctor Vasarely, Michel Seuphor, Henryk Stazewski, Mauro Reggiani, Auguste Herbin, Sonia Delaunay, Marcel Louis Baugnet, Serge Poliakoff, Wassil Kandinsky, Johannes Itten, Jean Arp, Theo Van Doesburg, Hans Richter, Ilya Chashnik, Liubov Popova y Henryk Berlewi.
        

Segunda etapa del Museo

         En la avenida Germania, a 800 metros del Aeropuerto de la ciudad, la CVG construyó la segunda etapa del Museo, la cual fue inaugurada en noviembre de 1987 por el Ministro Leopoldo Sucre Figarella, a un costo de 32 millones de bolívares.
         Las obras de ampliación tardaron unos diez años, diseñadas conforme a la arquitectura de la primera etapa y al nuevo orden urbano que se ha venido generando en la zona con la aparición de este importante centro cultural de proyección internacional.
Está conformada esta segunda etapa por las áreas administrativas, cultural, docente y de servicios generales. La superficie de construcción abarca los 3.489 metros cuadrados, que sumados al área de la primera etapa arroja un total de 5210 metros cuadrados, sin contar los 7 mil metros cuadrados de áreas verdes y estacionamiento. Soto dijo en una ocasión que “este no es un Museo”. Quería decir que el Museo de Artes Moderno no es un museo estático, sino un centro de investigación y de acopio histórico de lo más jalonado del arte moderno. Un centro que nos enseña algo nuevo aunque muchas obras daten de un tiempo fuera de nuestro alcance existencial. Pero ellas como las recientes, también son nuevas y modernas porque sorprendentemente son desconocidas o en su verdadero tiempo no se les dio su valor y se redescubren hoy y vemos que están concatenadas con lo que se hace en el presente y lo que vendrá mañana
Hace tiempo dije en un trabajo sobre el abstraccionismo que pasar por el Museo Soto no es pasar en vano, pues algo nos queda. Un museo, lógicamente como el que nos ocupa, interviene sin que se den cuenta, en la formación del gusto de la gente, en la forma de comportarse, en fin, en su educación. A medida que lo frecuentan lo va sensibilizando hasta para las cosas que son de la vida diaria como sería diseñar o escoger un vestido, comprar unos muebles, decorar la casa o el propio territorio de la intimidad.
Una de las cosas buenas del museo de Artes Moderno, es que nos enfrenta con un arte de situaciones que perturba y reta hasta despertar conflictos y discusiones en busca de verdades. Las obras, en principio, no tratan de explicar nada, sino más bien de plantear situaciones de percepción o situaciones que puedan desatar en la gente una nueva mitología, una nueva visión de la naturaleza que revela cosas a veces existentes que no han sido vistas o decididas por nadie.
En el curso de sus dos primeros decenios pasaron por este museo de arte moderno, cuatro directores: Armando Gil Linares, quien estuvo por espacio de diez años; el italiano Getulio Alviani quien organizó el museo de manera coherente y le dio proyección internacional; la licenciada en filosofía de la estética, Gloria Carnevali, realizadora de una labor profunda, dinámica, de calidad y el arquitecto Freddy Carreño, quien ingresó tras un conflicto entre Soto, Boulton, Alviani y Gloria Carnevali.
Para celebrar su vigésimo aniversario, la dirección artística del Museo programó tres Exposiciones que fueron inauguradas por el Presidente de la República, Ramón  J. Velásquez, denominadas: Los Artistas del Museo, de la Construcción Racional a la Existencia Inestable y Villanueva y el Museo Jesús Soto.




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jueves, 18 de mayo de 2017

La Carioca (Mercado de la Sapoara)


         La Carioca es el sitio más popular de Ciudad Bolívar. Turistas, viajeros y gente de todos los estratos convergen allí desde que amanece hasta que comienza a declinar el sol, para degustar los típicos platos de la fauna orinoquense.

         Muchos preguntan ¿por qué ese nombre de Carioca? Y casi ningún guayanés tiene la respuesta a mano. Pero suponemos que la vecindad con la antigua capital del Brasil, cuyos habitantes son conocidos como Cariocas tiene algo que ver, pero más la semejanza que en tiempo de estiaje tienen las playas en la media luna fluvial del lugar, con las playas de la bahía de Río de Janeiro. Otra versión sostiene que tiene que ver con la vuelta (vuelta Carioca) que en torno a un árbol daban allí los primeros automotores llegados a la ciudad.
         La Carioca, cuando estuvo antiguamente poblada por pescadores, era específicamente el sector comprendido entre la Laguna del Dique y la Laguna del Medio, teniendo al Orinoco al Norte separado por la calle La Trinidad. Una vez que desapareció la Laguna del Dique por los grandes rellenos que se fueron haciendo como barreras contra las ingentes crecidas del río, se ha venido considerando como La Carioca todo el sector oriental de la ciudad comprendido desde la Capitanía de Puerto hasta poco antes de girar hacia la urbanización Los Coquitos, algo así como kilómetro y medio en línea recta.
         Quienes vivían en La Carioca lo hacían por la necesidad de estar cerca del río como medio de subsistencia. Les ocurría lo mismo que a los habitantes del Pueblito, Las Palmitas, La Cerámica y Perro Seco. Lo hacían por necesidad, nunca porque fuera segura, pues cuando río pasaba de la cota quince había que emigrar hacía las partes altas, no sólo porque el Orinoco y las lagunas inundaran sus casas,  sino porque durante la estación lluviosa la pesca es escasa. Había quienes tenían casa de invierno y casa de verano.
        
La pesca en el Orinoco
        
         No es posible hablar de La Carioca sin tocar el tema de la pesquería artesanal del Orinoco, pues La Carioca, más que de la caleta de las barcazas o motonaves que atracaban en el puerto de La Trinidad haciendo comercio de cabotaje, se conformó socio-económicamente al calor de la pesca artesanal.
         Los pescadores madrugaban y se iban a bordo de curiaras a lanzar sus redes de ahorque y luego regresaban temprano para poner a la venta el producto en la orilla del mismo río. Cuando el Mercado Municipal se hallaba en El Mirador -allí estuvo ese mercado por casi una centuria- los pescadores atracaban allá directamente. Durante la gestión del gobernador Eudoro Sánchez Lanz (1953- 1958) se resolvió demoler el edificio del Mercado Principal para construir el Mirador Angostura y los mercados periféricos. Esto que afectó o produjo un desajuste en las relaciones de compra y venta del pescado que surtía a los puestos del mercado, obligó a los interesados a tener que ir directamente a La Carioca en donde se quedaban los pescadores artesanos con su producto.
         Con el tiempo se cumplió una transferencia espontánea de lo que fue el mercado Principal del Mirador a lo que es hoy el mercado de La Carioca, reforzado a fines de los años del setenta cuando el Presidente municipal Antonio José Grimaldi resolvió construir unos puestos de venta de pescado. Pero de ese lugar inundable, donde siempre se hacía difícil instalar servicios de agua y drenaje, todo el mundo se quejaba del estado de insalubridad. De allí nació entonces la idea del Mercado de la Carioca o Mercado “La Sapoara”. Creo que uno de los primero que lanzó la idea fue el biólogo Daniel Novoa, quien trabajó en el programa de pesca de la CVG.
         Daniel Novoa junto con el biólogo Freddy Ramos, realizó importantes estudios en la masa ictiofáunica del Orinoco. La cuantificó en unas 400 especies y determinó el potencial pesquero del Orinoco en unas 45 mil toneladas al año. Para entonces; (1980), sólo se explotaba una cuarta parte de ese potencial pesquero. Hoy  debe ser un poco más porque la demanda ha venido creciendo de manera acentuada.
         La pesquería en el Orinoco se da sobre una superficie inundable de 45 mil kilómetros cuadrados, vale decir, desde Puerto Ayacucho hasta el Delta.
         Caicara y Cabruta conforman entre esos dos puntos, el polo de producción más importante con las especies cachama y curbinata que ocupan los primeros lugares de la producción global del sector.
         Entre Las Majadas y Ciudad Bolívar cobra importancia la curbinata, el rayao, el coporo y la Sapoara y finalmente el Delta donde el morocoto y los bagres como el lau-lau, dorado y blanco- pobre ocupan el puesto principal.
        
Prolongación del paseo
        
         El doctor Domingo Alvarez Rodríguez, quien gobernó entre 1974 y 1975, realizó un conjunto de obras en la ciudad entre las cuales destacan la restauración de la Casa del Congreso de Angostura, el rescate de la Laguna El Porvenir para transformarla en un Parque y la prolongación del paseo Orinoco desde la Capitanía de Puerto hasta la urbanización Los Coquitos.
         La prolongación del Paseo Orinoco, obra de embellecimiento urbano y de protección de la ciudad, por la parte oriental, contra las periódicas embestidas del río sobre una extensión aproximada de cuatro kilómetros, implicó el desalojo de los habitantes del sector La Trinidad-La Carioca y la demolición de sus frágiles viviendas.
         No obstante el desalojo, los pescadores trataron de reubicarse no distante del río. Unos se fueron hacia la costa opuesta, otros buscaron refugio en barrios cercanos como Los Corrales, la Fortuna e Hipódromo Viejo.
         Los trabajos de explanación y consolidación del terreno básico de la obra perturbaron la actividad, pero una vez que ésta terminó, los pescadores volvieron, no a vivir, pero sí a consolidar allí un puesto de trabajo.
         Los trabajos de prolongación del Paseo Orinoco tuvieron tropiezos que retardaron la obra, entre ellos, un interdicto de amparo solicitado por la Sucesión Granados que se creía con derechos en esa franja de terreno que bordea al Orinoco. El Concejo Municipal, cuyo presidente en la ocasión era el Dr. Florencio García Morales alegaba la propiedad municipal.
         A causa de ese problema la obra se vio paralizada por largo tiempo. En 1975 cuando Domingo Alvarez Rodríguez traspasó la Gobernación a Roberto Arreaza Contasti, seguía paralizada y así permaneció durante más de diez años hasta que tocó al gobernador René Silva Idrogo (1986-1987) continuarla.
         La necesidad y utilidad de esta obra quedó evidenciada en 1976 cuando el Orinoco registró la crecida más descomunal del presente siglo. El nivel registrado en agosto de ese año se situó en 18.08 metros sobre el nivel del mar, 13 centímetros más que en 1943. De no haber sido por esa barrera de tierra y piedra que servía de base al actual pavimento de la prolongación, Ciudad Bolívar habría sufrido tanto o más que en la crecida del 43.
         Las obras de prolongación del paseo fueron indudablemente un bien para la ciudad desde el punto de vista de protección y embellecimiento, pero un mal para las Lagunas del Medio y los Francos, porque se cortó de plano su comunicación con el río, sufriendo por ello un cambio en el régimen y calidad de sus aguas. No se previeron las obras de ingeniería para evitar este problema que, según algunos biólogos, amenaza la existencia de estos dos grandes cuerpos de agua que forman parte del paisaje natural de la ciudad y que pudieran ser inteligentemente aprovechados tanto para la recreación y el turismo, como para el fomento de la piscicultura.

El astillero y el dique

         Antes de que la población activa de Ciudad Bolívar comenzara a desplazarse hacia el Caroní atraída por el boom de la industria del hierro, en La Carioca existía una destilería y una jabonería de León Granados y Virgilio Casalta, además de un astillero. El Astillero del francés Alberto Minet.
         A fines de los años cuarenta cuando fue contratado por la Compañía Anónima Transporte Fluvial, cuyo propietario era Antonio Levanti, se instaló allí y fabricó las primeras chalanas de hierro que cruzaron el Orinoco desde el Puerto de Inatti hasta Soledad transbordando vehículos y pasajeros que hasta entonces se hacía en barcazas de madera.
         El Dique del que tanto se habló durante muchos años porque de su fortaleza dependía la protección de la ciudad contra las periódicas crecidas del Orinoco, estuvo igualmente ligado a la vida de La Carioca. El Dique fue  parte del lindero de La Carioca.
         Su construcción la decretó el Presidente del Estado, José María Bermúdez Grau el 24 de enero de 1885. Entonces se llamaba Dique de la Laguna y para su  levantamiento se designó una Junta formada por Antonio Liccioni, Luis Aristeguieta y el ingeniero Carlos F. Sierget, quien planificó la obra. Uno de los maestros  que trabajaron en la construcción del Dique fue Alejandro Sutherland, quien tuvo 30 hijos, la mayor parte varones.
         Un dique construido, con ladrillo, piedra, y cal mulata, era muy poco lo que podría resistir. El Presidente del Estado Gumersindo Torres dispuso en mayo de 1943 reforzarlo con un muro de concreto de 24 metros de largo, por dos de profundidad y 60 de espesor, pero aún así el Orinoco se metió en agosto de ese año e inundó toda la ciudad.

EL Mercado de la Sapoara

         Desde los años setenta hasta hoy se conformó en el extremo occidental de La Carioca un mercado natural y espontáneo donde la gente mañanea para desayunarse o almorzar con pescado fresco del río y comprar verduras, artículos de buhonería y el mismo pescado del río hasta de mar para llevar.
         Ese movimiento cotidiano se ve incrementado por la actividad del Club Náutico Orinoco que se alza en las antiguas instalaciones de la Esso desde 1982 y por alguna que otra motonave de las que suelen atracar en el antiguo puerto de La Trinidad, justo en el área donde hasta no ha mucho permaneció en pie una ceiba centenaria bajo cuya fronda cuarenteaban a los negros esclavos que algunos barcos traían por encargo de adineradas familias angostureñas.
         Pues bien, ese mercado natural y espontáneo que funcionaba en condiciones insalubres debido a la falta de servicios y a lo improvisado de las construcciones, fue realzado con una obra arquitectónica contratada por la CVG y  entregada a la Alcaldía para su administración.
         El Proyecto contratado a la arquitecta Mildred Egui Boccardo se concibió luego de un estudio urbano y socio-económico del lugar y toma en cuenta la importancia de la zona para la ciudad dado su potencial pesquero y la necesidad que tiene el pescador artesanal, como el consumidor de facilidades para una oferta mayor del producto.
         El mercado dispone de 14 restaurantes, 12 puestos de ventas de artesanía, 14 puestos de ventas de verduras y frutas frescas, 12 puestos para la venta de pescado, 3 núcleos sanitarios, áreas verdes, estacionamiento para 80 automotores más un estacionamiento exclusivo para cavas, camiones y ventas al mayor. Cuenta asimismo con un muelle metálico y una bomba de gasolina, venta de hielo y artículos náuticos. En fin, se trata de un Mercado turístico y artesanal que en homenaje al pez tradicional y autóctono del Orinoco ha sido bautizado Mercado la Sapoara; con ese justo y atractivo nombre, el alcalde Leonel Jiménez Carupe lo inauguró el 7 de noviembre de 1993. Posteriormente la CVG construyó el Mercado de los Buhoneros, inaugurado en junio de 1995.


miércoles, 17 de mayo de 2017

Los Juegos Florales de Ciudad Bolívar


        
Ciudad Bolívar, siguiendo el ejemplo de Caracas y el Zulia, montó en 1920 los llamados Juegos Florales para los cuales sirvió de escenario el Teatro Bolívar y la voluntad de hombres incondicionales de la cultura como el médico y poeta J.M. Agosto Méndez. Hubo tres torneos: el primero, dedicado al Día de la Raza; el segundo, el centenario de Juan Bautista Dalla-Costa y el último al Día de la Paz.

         Los juegos florales fueron certámenes poéticos en los que se premiaban las mejores composiciones con una flor de oro, de plata o con una flor natural. Se iniciaron en Toulouse, Francia, en la tercera década del siglo XIV y luego pasaron a Cataluña, España.
         Cuenta la tradición que una dama de nombre Clemencia Isaura, instituyó la fiesta de los Juegos Florales con el objeto de rescatar la lengua de su patria sumida en la mayor decadencia. Se realizaban anualmente y los primeros tuvieron lugar en Toulouse o Tolosa, el 3 de mayo de 1324. El primer premio entonces fue otorgado al poeta Armando Vidas, por su canto a la Virgen.
         Los Juegos Florales de Venezuela son muy del siglo veinte. Empezaron en Caracas, promovidos por La Revista, que era un semanario de arte y literatura, dirigido por Luis Alejandro Aguilar y terminaron al mismo tiempo que la demolición del Teatro de Ciudad Bolívar.
         En 1915 cuando ocurrieron los de Caracas, el poeta zuliano Udón Pérez obtuvo la Flor Natural o premio para la mejor poesía. La Gardenia de Oro tocó a Juan Santaella y la Violeta Dorada fue para Alejandro Fuenmayor. En Historia destacó Eloy González y en Cuento, Rafael Bolívar Coronado.
         Los Juegos Florales caraqueños estimularon a los bolivarenses que tenían un escenario ideal para el evento. Tal el Teatro Bolívar inaugurado en 1883. Sólo necesitaban una fecha  trascendente y ninguna mejor que el Día de la Raza que para entonces se celebraba en los países de habla hispana sin las contradicciones y manifestaciones actuales.
         El mediodía del domingo 2 de agosto de 1920, se reunieron en la casa del Br. César Augusto Acosta un grupo de venezolanos y españoles para formar la novedosa Junta Organizadora de la Fiesta de la Raza, teniendo como acto central los Juegos Florales o torneos intelectuales de remota prosapia gala.
         La Junta quedó integrada por Gabriel Bertrán Dalla-Costa en calidad de presidente; Dr. Manuel Felipe Flores, Vicepresidente, y Secretario, Br. César Augusto Acosta.
         Como jurado de los Juegos Florales fueron designados, en el reglón Poesía (Rosa natural): J. M. Agosto Méndez, Hilario Machado y Santiago Sosa. Historia (Gardenia de oro): Dr. R. Villanueva Mata, Félix R. Páez y J. Mendoza Briceño. Cuento (Violeta de oro): Juan M. Sucre, Buenaventura Bertanan y Enrique Arenas.
         También se acordó abrir un concurso para ponerle música al Himno de la raza que ofreció escribir el poeta J. M. Agosto Méndez y para cuyo jurado fueron elegidos José Francisco Calloca, Carlos Afanador y Columbo Silva Bolívar.


                                      Himno De La Raza
                                               Coro

                   La enseña gualda y rojo y el iris mirandino
                       que en memorables campos la Historia consagró,
                       confunden sus colores y juntas el camino
                       recorren, que la Gloria de lauros tapizó.
                  
                                               I
                            Ya después antiguos rencores
                            y cantando poema inmortal
                            Venezuela y España sus flores
                            Ofrendas altivas al mismo ideal

                                               II
                            Nobles pueblos altivos, ufanos
                                   de su lustre y heroico esplendor
                                   rememoran cual buenos hermanos
                                   la sangre, el idioma, la fe y el valor.
        
                                               III
                            Vencedores no hay vencidos
                                    y al amparo de afecto cordial,
                                    esos pueblos celebran unidos
                            tan grata victoria con himno triunfal.



         El Día de la Raza comenzó a celebrarse el día 10 de octubre con Te Deum en la Catedral y discurso del Pbro. Martín Grisasola. Las autoridades se trasladaron a la Plaza Bolívar para las ofrendas florales y las palabras de rigor que allí le tocó pronunciar a Víctor Monedero a nombre de la Colonia española.
         Los Juegos Florales se escenificaron en el Teatro Bolívar el Día 12 de Octubre y transcurrió conforme al siguiente programa que iba presentando en cada caso el “Mantenedor”, Doctor J. M. Agosto Méndez, en reemplazo de Hilario Machado, quien debió viajar de urgencia a Caracas por la muerte de su hermano Alfredo Machado; 1. Sinfonía ejecutada por la Banda Gómez ya con el patio, palcos y balcones del Teatro llenos y destacando en primera fila el Presidente del Estado, Gral. Marcelino Torres García y el Secretario de Gobierno, Dr. R. Villanueva Mata; 2. Apertura del acto por el Presidente de la Junta, Gabriel Bertrán Dalla-Costa; 3. Entrada de la Reina, Carlota Plaza Natera, acompañada de su corte integrada por María Carranza, Panchita Contasti, Herminia Casado, Isabel Aristeguieta, María Teresa Aristeguieta y Ana María Contasti; 4. Lectura del poema homenaje a la Reina y a la Corte; 5. Lectura del Acta del Jurado: 6. Incineración de los sobres correspondiente a los trabajos no premiados; 7. Proclamación de los autores premiados, lectura de los trabajos y premiación; 8. Sinfonía ejecutada por la Banda Gómez; 9. Discurso del Mantenedor; 10. Himno de la Raza ejecutada por la Banda (letra de J. M. Agosto Méndez y música de Caros R. Killen).
         En este torneo de intelectuales, el premio de la Flor Natural, fue para F. Cova Fernández por su Canto Inmortal de diez versos, el primeros de los cuales dice: “Bajo el palio glorioso de las ínclitas velas/ la gran Alma Latina, sobre tres carabelas, / a las vírgenes playas de América arribó / Aclamando el prodigio de la madre Castilla / desató el Orinoco su argentea maravilla, / y sobre el Nuevo Mundo nueva raza nació.”
         El premio  la Gardenia de Oro lo obtuvo B. Tavera Acosta por su trabajo de historia: “Las estrellas de la Bandera nacional” y el premio de Violeta de Oro fue adjudicado al cuento” Música Criolla.”
         Hubo accesit para los poemas “La Insignia de la Cruz”, de María Cova Fernández; “Ve de cara a la gloria de la apoteosis”, de R. Del Valle Lavaux y “Canto de la vida”, de T. Marcano Villanueva. Asimismo para los trabajos de historia “Jardín Heroico”, de Darío Monserrat y “La agonía de la colonia”, de Leonte Olivo. También recibieron accesit los cuentos “El propio esfuerzo”, de Eduardo Oxford López y “El nido roto” de Leonte Olivo.
         Estos primeros Juegos Florales de Ciudad Bolívar coincidieron con los segundos del Estado Zulia, presididos por el poeta Udón Pérez y propiciados por el Centro Literario de ese Estado, con motivo del centenario de la adhesión de Maracaibo a la República.

Segundos Juegos Florales

         Los segundos Juegos Florales fueron programados para el 23 de febrero de 1923, con motivo del centenario del natalicio del prócer civil guayanés Juan Bautista Dalla-Costa. Presidió la Junta Organizadora el Dr. J. M. Agosto Méndez, acompañado en las vicepresidencias por Juan Manuel Sucre y Oscar Sananez López. Como Tesorero trabajó Natalio Valery Agostini.
         Para este segundo torneo concurrieron 116 trabajos repartidos en 30 Poemas Lírico-descriptivos; 50 sonetos; 35 Cuentos y 11 trabajos de Historia.
         Los galardonados en la ocasión fueron Rafael Yépez Trujillo (Maracaibo), quien obtuvo la Flor Natural por su poema lírico “Divino Mundo”; Leonte Olivo (Valencia) por su poema descriptivo “Araguajuma” mereció la Rosa de Oro; Luis Barrios Cruz (Calabozo), Violeta de Oro por su soneto a Guayana; B: Tavera Acosta (Carúpano), Nardo de Oro, por su trabajo de Historia “Las Provincias Orientales de Venezuela en la Primera República”. Otros intelectuales distinguidos fueron: Jesús Marcano (Margarita), Udón Pérez (Maracaibo), José Vallenilla (Ciudad Bolívar), Pedro José Muñoz (Guanare) y Ana Teresa Parra Sanojo (Teresa de la Parra), quien recibió el Premio Especial del Presidente del Estado Vicencio Pérez Soto, por su cuento “La Mamá X”, que posteriormente incluirá en su conocida novela Ifigenia.

Terceros Juegos Florales

         Los terceros y último Juegos Florales de Ciudad bolívar se realizaron el 21 de julio de 1928 con motivo del aniversario de la Batalla de Ciudad Bolívar, en 1903, que selló la victoria del gobierno de Cipriano Castro sobre la llamada Guerra Libertadora. La fecha de esa batalla ganadora por el General Juan Vicente Gómez fue declarada Día de la Paz por el Presidente del Estado Bolívar, Gral. Silverio González y se conmemoró con estos Juegos Florales que presidió el médico J. M. Agosto Méndez.
         Acompañaron entonces en la Junta organizadora al Dr. Agosto Méndez, el señor O. Sananez López en calidad de Vicepresidente y como Secretario el poeta J. R. Del Valle Lavaux. La Reina del evento fue Stella Gómez Machado.
         Ganaron el concurso el poeta Roberto Picón Lares con el poema “Amor Primero”; C. Medina Chirinos, con el cuento “El Sabio que no supo curar el dolor”; César Gómez con el trabajo de historia “Época de la Independiente” y F. Guevara Núñez, con la comedia “Voluntad”.
         Tal vez si el Teatro Bolívar se hubiera mantenido en pie, los Juegos Florales habrían continuado, pero el “Templo de Talía” fue demolido en parte el año siguiente con miras a una reconstrucción que asegurara su permanencia indefinida en el tiempo, según informe levantado por el inspector de Obras Públicas coronel Leoncio Ramírez y los miembros de la Junta Administradora del Teatro, Adán Blanco Ledesma, José Francisco Miranda y Antonio Valera Villalobos. La demolición se cumplió. Lo que no se dio jamás fue su reconstrucción.