lunes, 26 de junio de 2017

Boticas y Farmacias de Ciudad Bolívar

         Antes de llegar los hispanos a la tierra de los guayanos con sus físicos (médicos), boticarios y herbolarios, la salud de la población tribal era atendida por los Chamanes, conocedores de las propiedades medicinales de las plantas.
        
         Luego, que la capital de Guayana encontró asiento definitivo y comenzó un crecimiento urbano sostenido, se establecieron los médicos, farmacéuticos y cirujanos propiamente dichos.
         Los primeros, entre 1766 y 1817 que feneció la época colonial fueron los médicos Andrés Caballero, Pedro Goudet y Martín Farreras (el primero nacido en Angostura); los cirujanos José Andrés de Guerra y José Troch y el farmacéutico, también cirujano, Juan Adolfo von Rosen, quien hacía trueque de medicamentos por becerros, mulas y tabacos.
         De 1817 a 1821 que los poderes de la República tuvieron su asiento en Angostura, se conocieron como médicos y cirujanos de la plaza a David Adolfo Burtón, Pedro Nolasco Carías, Juan Montes y Juan Teófilo Benjamín Siegert. Este último ejerció en Angostura y montó una botica, activa hasta muy avanzado el siglo diecinueve. Siegert tuvo boticas (simple boticas, sin nombres) en Angostura y Upata. En ellas comenzó a preparar en formula medicinal el Amargo Angostura que luego industrializó y se hizo famoso en el mundo.
         Juan Montes Salas, hijo de Juan Montes, cirujano mayor de la Plaza de Angostura en 1821 y coordinador de las campañas de vacunación contra la viruela. Montes Salas, quien tuvo dos hijos farmacéuticos (Andrés de Jesús Montes Cornieles y Juan Montes Dávila), fundó en 1830 la “Botica Boliviana”.
         Continuaron esta labor de farmacéuticos en Angostura, sus hijos los dos doctores Andrés de Jesús Montes Cornieles, Juan Montes Dávila; Juan Bautista Vallée y José Félix Armas, este último nativo de Cumana, cuya persistencia se le debe la realidad del Teatro Bolívar.

José Félix Armas


         El doctor José Félix Armas era para el 29 de abril de 1913 cuando murió a la edad de 87 años, el decano de los farmacéuticos de Venezuela. Nació en Cumaná el 20 de noviembre de 1826 y se graduó de Farmacéutico en la Facultad de Medicina de Caracas el 19 de abril de 1855. Al año siguiente se trasladó con su familia a San Fernando de Apure donde ejerció la medicina y estableció la primera farmacia regular que existió allí. Se trasladó a Ciudad Bolívar en 1869, fijando desde entonces su residencia en la capital bolivarense.
         En Ciudad Bolívar, al igual que lo hizo en Apure, montó su propia farmacia y ejerció la terapéutica alopática y homeopática. Ejerció en tiempo de los doctores Luis Francisco Plassard, Francisco Goicochea, Wenceslao Monserratte José Ángel Ruiz, Simón Barceló, Asunción Farreras y Félix Moreno. Para combatir la malaria inventó la “Panacea apureña”, premiada en la Exposición de París, y el “Amargo de Armas”, tónico aromático muy agradable.
         Presidente del Consejo Municipal de Heres, Administrador de Aduanas, Procurador del Estado, Consejero del gobierno del general Venancio Pulgar y obtuvo el grado General de División de las milicias, expedido por Joaquín Crespo. Ayudado por varios comerciantes de la plaza, inició y terminó la construcción del famoso Teatro Bolívar, inaugurado en 1883.

Boticarios y Amargos


         Boticas como la Boliviana, la Vargas, de Ochoa Pacheco (calle Dalla Costa y Venezuela), la Alemana, de Guillermo Eugenio Monch y el Aguila, de Guillermo Lange, fundadas en el siglo diecinueve, pervivieron hasta algo avanzado el siglo veinte. Casi todos los boticarios de entonces fabricaban Amargos utilizando la llamada quina de las Misiones del Caroní o Cuspa (Cusparia febrífuga) en combinación con otros vegetales de la farmacopea indígena.
         Después que los Siegert se llevaron la fábrica del Amargo Angostura para Trinidad, cada boticario ideó su propia fórmula. Así el doctor José Félix Armas preparaba el “Amargo de Armas”; los Hermanos Mathison, el “Amargo Aromático de Guayana”; el farmacéutico Carlos F Schneider, dueño de la farmacia El Aguila, el “Amargo Venezolano de Angostura” cuya botella expendía a dos bolívares; Guillermo Eugenio Monch, ofrecía el “Amargo de Ciudad Bolívar”, como “gran específico para fortalecer los órganos de la digestión”, premiado con Medalla de Oro en la Exposición industrial de Valencia y con Medalla de Oro igualmente en Roma (1901); Froilán Montes el “Amargo de Caroní); la firma caballero & Denjoy, el “Amargo Imperial de Guayana” (1914) distribuido en la Plaza del Mercado por Antonio Abad. Uno de los últimos que se fabricó en la ciudad fue el “Amargo Aromático de Ciudad Bolívar” conforme a una fórmula del extinto José Gaspar Machado Siegert. Este producto fue premiado en la Exposición de Sevilla en 1929 y en la de Lieja en 1930. Lo fabricaba en 1941 Julio César Tovar, tónico que nada tenía que envidiarle al Amargo Angostura cuya fama aun permanece sin destronar.

La Botica Boliviana


         La Botica Boliviana fundada por Juan Montes Salas en 1830, aun se hallaba activa en 1904 y figuraban como dueños en sociedad del alemán Carlos F Schneider y Urbano Taylor.
         Schneider, cuyas propiedades quedaron seriamente afectadas durante la batalla de Ciudad Bolívar (1902-1903), tan pronto pasó la tempestad de la guerra, vendió cuanto tenía, tomó sus bártulos y se embarcó en el vapor Whitney para fijar su residencia en Hamburgo, después de 25 años de farmacéutico en la capital bolivarense.
         Se ausentó el 8 de enero y 11 días después estalló en llamas la Botica Boliviana. No había Cuerpo de Bomberos, pero como si hubiera porque siempre en esos casos sobraban voluntarios aparte de los soldados de las Fuerzas Nacionales, que tenían la obligación de movilizarse en casos de siniestros.
         200 soldados fueron dotados de picos, hachas, baldes y cuanto fue necesario para extinguir aquel fuego que amenazaba la manzana donde se hallaban las casas mercantiles de Blom & Cia; B. Tomassi & Cia; Montes & Monch, Miguel A. Rodríguez y Boccardo y Cía., salvados por derrumbes de algunos techos y paredes que sirvieron de contrafuego.
         El incendio se desató a las cuatro de la tarde y terminó extinguiéndose a las diez de la noche. Desde 1877, año en que ocurrió el incendio de la Casa Blohm, la ciudad no había registrado un incendio de esa magnitud.
         No obstante el serío percance, la Botica Boliviana volvió abrir sus puertas el 4 de abril. Se reinstaló provisionalmente en “Las Cuatro Esquinas”, frente al edificio destruido por el incendio.

Productos farmacéuticos en boga


         La Botica Boliviana tan pronto reabrió sus puertas comenzó a publicar en la prensa local una lista de los productos de mayor demanda entonces, que, por lo general, eran también los de las otras boticas o farmacias de la plaza. Productos nacionales y de renombradas casas francesas e inglesas.
         La Emulsión de Scott con grabado figuraba diariamente en la primera plana de la prensa y a la cual en esos días le salió un competidor: la “Emulsión Rincón”, fabricada en Caracas y certificada como buena por Rafael Rangel, jefe del laboratorio del Hospital Vargas y fundador de los estudios de parasitología en el país. Con esa publicidad casi todo el mundo se sintió atraído por la novedad del nuevo aceite de hígado de bacalao, tan rico en vitamina A.
         Zarzaparrilla y píldoras de Bristol, Chalagogue indio, Pectoral de Anacahuita, Tónico oriental y la “inimitable” Agua de Florida Murray; Jarabe de vida, de los señores Barclay y Cia; Píldoras para el hígado y jabón curativo de reuter; el Tricófero de Barry, Alivia Dolor, Jarabe de rábano iodado, Hisposfofito de cal, Glicerofosfato de cal de Chapoteaut, Pasta y jarabe de sabia de pino marítimo de Lagasse, Pastillas de jugo de lechuga y laurel, Cápsulas de quinina, Sándalo Midy, Vinos de pepsina y peptona de Chapoteaut, Perlas de quinina de Clerton, Quinina Labarraque, Píldoras y jarabes de Blancard, Kola Astier, Glicerosfosfato de cal y Trigestina granulada.
         Píldoras muy solicitadas eran las del Dr. Hammart, recetadas contra la blenorragia y a base de Kavakavav y azul de metileno, sustancias cuyas acción terapéutica en el tratamiento de la enfermedad constituían para 1904 la última palabra de la medicina moderna, mientras la Botica El Aguila vendía por mayor y al detal productos de la Botica Inglesa de A. Cook Hnos. de Maracaibo, entre ellos, La Píldora Olarte, puramente de vegetales; el Depurativo Olarte y el Vermífugo clínico.

El Gremio Farmacéutico


         Los farmacéuticos comenzaron a agremiarse en 1882 bajo la Sociedad Farmacéutica de Venezuela, presidida por Teodoro Sturup. Entonces los títulos farmacéuticos se otorgaban a los médicos que cubrieran ciertos requisitos. Pero esa Sociedad tuvo un largo receso hasta que se extinguió y se fundó en 1894 la Sociedad Farmacéutica de Caracas y Venezuela, presidida por Enrique García, año en que comenzaron en forma los estudios universitarios de farmacia. Esta sociedad corrió la misma suerte de la anterior tal que en 1909 se creó el Centro Farmacéutico Venezolano que más tarde tuvo su Seccional en Ciudad Bolívar bajo la presidencia del doctor Antonio Lecuna Bejarano, farmacéutico valenciano que ejerció en Ciudad Bolívar por espacio de veinte años y el cual se hizo famosos por lograr sintetizar el Babandi en gotas para curar la impotencia sexual.
         El gremio de farmacéuticos se convierte en Colegio a partir de 1978 que es decretada la Ley de Colegiación Obligatoria. Entonces se legaliza la Federación Farmacéutica Venezolana y es aprobado el Código de Etica y Moral Farmacéutica. Ya existía el servicio nocturno de farmacia por turno en Ciudad Bolívar, desde 1927 que lo solicitaron formalmente Behrens y Cia, Ochoa Pacheco y Cia. Luis Vicentini y Carranzas y Cia, quienes entonces controlaban las farmacias de la ciudad.

Las sobrevivientes


         A las Boticas y Farmacias anteriormente señaladas se sumaron hasta la mitad del presente siglo, la Botica Nacional, Santa Ana, Del Valle, Orinoco, Bolívar, Continental, la Bello y El Porvenir. Esta última propiedad de Antonio Rodríguez, que vendía de todo, hasta casabe y queso, agua del carmen, sulfas píldoras del doctor Ross, Neolsarvarzan, goma arábiga, purgante de higuera, soluciones de yodo, emolientes y ciertos placebos que más que valor terapéutico tenían un efecto psicológico.
         De todos estos establecimientos, sobreviven la Farmacia Santa Ana, establecida bajo la gerencia de Luis Ascanio (primero de octubre de 1907), sobre los restos de la que fue “Botica Nacional”, actualmente en calle El Porvenir en manos de Felipe Herrera; la Farmacia Bolívar; Farmacia Del Valle, de Jesús Salazar y la Orinoco, primero botica y luego droguería que vendía al por mayor productos para preparados medicinales, así como específicos importados.
         La Farmacia Orinoco, fundada por Tadeo Schoen, fue vendida a Laureano León, quien la puso en manos de su hijo Laureanito, propietario que debió abandonar en 1940 los estudios de medicina, de la medicina preantibiótica, en la que el mortero donde se trituraban las esencias era la pieza más importante de la botica.
         Tadeo Schoen, fundador de la Farmacia Orinoco,  era un europeo de voz aguda que vendía de todo y quien tenía estratégicamente ubicado en su establecimiento un “Ojo de Boticario”, vale decir, un espejo redondo por donde chequeaba a los clientes.


 

domingo, 25 de junio de 2017

La Sarrapia

La Sarrapia

         Este árbol autóctono de la región del Bajo Caura, fue declarado en 1952 “Arbol Emblemático del Estado Bolívar”, no sólo por su porte señorial de fronda y flora sino por el valor económico de su fruto, fuente de la Cumarina, utilizada en la industria de la Perfumería y para aromatizar ciertos tipos de tabaco.

         Centenares de miles de árboles de impresionante corpulencia cubren las tierras húmedas de Guayapo, Suapure, Hilaria, Monte Oscuro, Pastora, Chiveta, El Caballo y El Manteco en el Bajo Caura, sin dejar de mencionar las selvas ribereñas de la zona media, desde el raudal La Mura hasta la desembocadura del Nichare y las grandes montañas orinoqueñas.
         Lo espléndido y generoso de esa flora sarrapiera es su fruto (coumarouna punctata), drupa de forma alargada y pulposa de cuya almendra se obtiene la cumarina. Los frutos caen espontáneamente, sin que el árbol lo toque para nada la mano del hombre, suerte que jamás tuvo el Caucho al que había que exprimirle la savia a fuerza de mortales incisiones.
         Al madurar el fruto, entre febrero y abril, cae de árbol y ya en marzo está lista y servida la mesa del sarrapiero recolector.
         Los campesinos del Caura dicen que el Sarrapio llega a crecer hasta 30 metros de altura y que cuando florece, todo su habitad es de color lila y penetrantemente aromático. La producción de una mata oscila entre 10 y 20 kilogramos de frutas, depende de su edad y tamaño. Hay unas que dan excepcionalmente hasta un quintal (45 kilogramos), pero para obtener un kilogramo de almendras que es lo que en definitiva tiene valor comercial, se requiere recoger de 350 a 400 frutos.
         Los indios Maquiritare y también los Panare obtienen la almendra utilizando hábilmente una puntilla fabricada por ellos. En cambio, los campesinos del Caura y del Orinoco, luego de eliminar la pulpa fibrosa, obtienen la almendra, eliminando su dura cobertura a golpe de piedra. Se trata de un trabajo en cierto modo cuidadoso, pues subsiguientemente existe una cutícula que si se malogra puede depreciar la calidad de la almendra. Por ello en el argot de los sarrapieros se habla de almendra de primera y de segunda. Esta labor suele hacerlo el campesino cuando declina el Sol y luego que ha estado durante el día recolectando el fruto diseminado bajo la anchurosa fronda o follaje de los sarrapios.

Los aliados del sarrapiero


         Dos aliados importantes se anotan a favor del sarrapiero durante la temporada de recolección. Tales son los monos y pájaros que sacuden y desprenden los frutos de los apretados racimos que cuelgan de los árboles. Pero cuando empiezan las lluvias, el sarrapiero se atemoriza y huye aún cuando no haya podido terminar su faena. Es el temor a las niguas, insectos parecidos a las pulgas, cuya hembra penetra la piel de los animales y seres humanos para poner sus huevos que al anidarlos producen escozor y úlceras graves. Este enemigo del sarrapiero eclosiona por millares cuando la lluvia hace contacto y precipita la descomposición de los frutos del sarrapio.
         Los sarrapieros que generalmente trabajan asociados en grupos o por familias, sacan la almendra del endocarpio, una a una mediante el golpe de piedra y luego de hecho esto la acarrean en sacos hasta estaciones ubicadas en la orilla de caños y ríos. Los centros de acopio solían o suelen ser Maripa, La Urbana y Caicara. Después, para evitar la corrupción o contaminación de la almendra, se somete a un proceso de cristalización sumergiéndola en alcohol de baja gradación y exponiéndola seguidamente durante varias horas al sol hasta que se formen cristales en la superficie. Es entonces cuando queda lista para la exportación.

El olor y valor de la sarrapia


         Aquel suelo tapizado de flores de color lila y olor penetrante que prácticamente se absorbía con el humo del tabaco del explorador europeo, dio la pista. Una muestra enviada a laboratorios de Inglaterra, permitió en 1846 la primera exportación estadística que se conoce. De la almendra de la sarrapia se había logrado aislar una sustancia llamada Cumarina, por la cual se interesó no sólo la industria tabacalera que buscaba un elemento natural para aromatizar el cigarro, el cigarrillo y el rapé, sino también la industria química que vio en la Cumarina un excelente fijador de perfumes y la farmacéutica que podía utilizarla como componente de algunos productos medicinales reforzando la tradición criolla de los curanderos que preparan con la sarrapia un trabajo indicado contra las gastralgias. El conocimiento de la corteza suele usarse asimismo como sudorífero.
         Aún cuando la exportación de la sarrapia aparece registrada estadísticamente por primera vez en el año económico 1845-1846 con la cantidad de 10.370 libras por valor de 1.354, 72 pesos, su importancia comercial se extiende desde la década de 1890 hasta 1965 cuando comienza a decaer. Su mayor auge lo alcanza en 1942 con una producción de 784 toneladas métricas, por un valor de 4 millones 648 mil 962 bolívares. El decaimiento del comercio de exportación de la sarrapia desde 1965 venía precedido de una producción irregular a causa de bajas y alzas interanuales que determinaban una variación en los niveles de exportación del producto hacia países compradores como Estados Unidos, Alemania, Gran Bretaña, Italia, Japón y Francia.
         Ciudad Bolívar fue desde el siglo diecinueve, el centro de mayor comercio del producto a través de importantes casas mercantiles, siendo las más destacadas hasta poco después de la Segunda Guerra Mundial, Dalton & Cía y Blohm y Cía. que financiaban las cosechas a través de intermediarios. En 1955 entra en escena el extinto comerciante Floduardo Inocente Díaz (Quírico Díaz), quien también comerciaba con el balatá y la quina alternando este comercio de exportación con la industria de cerámica para la construcción.
         Además de la firma Quírico Díaz a través de su hijo el abogado José Díaz (compañero de estudio), hay otros grupos en Maracay y Valencia que van directamente a Maripa por una cosecha que debido a la inflación carece de atractivo para los campesinos del Caura.
         En Febrero de 1995 estuvimos en Maripa y apreciamos que había intermediarios que pagaban la sarrapia de primera a Bs. 230 el kilogramo y Bs. 100 la de segunda, un poco más que el año anterior, pero aún así los sarrapieros encontraban que era muy barata en comparación con el alza del combustible, de los alimentos y el riesgo y esfuerzo físico que entraña su internación en la selva inhóspita para recoger y procesar la cosecha.
         Los intermediarios de Ciudad Bolívar y Aragua suelen llegar hasta el centro de recolección de la sarrapia que es una Estación ubicada en una zona estratégica del Suapure a la cual se llega desde los puertos del Caura en Maripa y Aripao.

La Sarrapia bajo control del Estado


         El Estado venezolano siempre ha tenido control sobre ese producto forestal de la selva caureña a través de las concesiones y finalmente en 1958 a través del Instituto Agrario Nacional, comisionado según Decreto 742 para administrar la cosecha de sarrapia baldía y comprar y vender la denominada doméstica cultivada.
         Entonces el IAN perseguía el propósito de realizar un plan de colonización agrícola en zonas del Caura y Orinoco que comportaría la reubicación y organización de los núcleos campesinos recolectores y pobladores indígenas dispersos, en lugares de fácil acceso a los sarrapiales. Pero nada del plan llegó a cristalizar debido a que de manera repentina se cerraron los principales mercados foráneos del producto, entre ellos el mercado norteamericano, por la aparición de la cumarina sintética. La American Tobacco Company, fabricante del cigarrillo Lucky Strike, fue por muchos años uno de los más fuertes compradores.
         Otro factor que contribuyó a que bajara ostensiblemente la curva de producción y exportación se localiza en la gestión de la Comisión de la Sarrapia y el IAN, entes que según las firmas exportadoras del producto, desconocían por completo los complejos mecanismos de la explotación así como el comercio de los mercados de fuera. De manera que los costos de explotación, en razón de la frondosa burocracia y el deseo de pagarle mejor al campesino, elevó el precio de la sarrapia a un punto difícil de competir en el mercado internacional con otros proveedores como Guyana, Trinidad y Brasil que también exportan la almendra a costos bajos debido a que la mano de obra en esos países es mucho más barata.
         La sarrapia venezolana cristalizada estuvo años almacenada en los Puertos de Nueva York y Puerto Cabello sin encontrar compradores, lo que obligó al gobierno a paralizar la recolección y suspender los planes de colonización.
         La paralización de la actividad recolectora duró dieciocho años, al cabo de los cuales se reanudó gracias a una sorpresiva demanda de los mercados europeos y norteamericanos que, aunque en poca cantidad, todavía continúa, sólo que son escasos los recolectores que ahora se arriesgan con la actual oferta de unos precios que escasamente compensan el riesgo, el esfuerzo físico y los altos precios del combustible y los alimentos.
         No obstante estos inconvenientes, la Asociación Educativa para la conservación de la Naturaleza (Econatura) ha propuesto conjuntamente con SEFORVEN, un Proyecto para rescatar el aprovechamiento comercial de la sarrapia en la Reserva Forestal del Caura, la cual según expertos en la materia, es la mejor del mundo, Las especies venezolanas son la Coumarouna Punctata, llamada Sarrapia Real o Yape, Coumarouna Rosea, denominada  Sarrapia Mona y la Coumarouna adorata de rara incidencia en el país.
         Pocos venezolanos conocen la Sarrapia como árbol emblemático del Estado Bolívar. Así fue declarado por Decreto del Gobierno Regional luego de decidirlo un Jurado designado en mayo de 1952, integrado por Tirso Tosta, Ernesto Sifontes, A. J. Cordoliani, J. N. Perfetti y J. A. Montes Avila.

Caucho, Balatá y pendare


         Además de la Sarrapia, entre los productos forestales que gravitaban en las exportaciones antes del petróleo, estaban el Caucho, el Balatá y el Pendare, todos extraídos de la prodigiosa selva guayanesa.
         El Caucho (Hevea spp.), árbol que crece en los suelos pantanosos de arcilla y humedad alta, se localiza en la Cuenca del Caura y en el Alto Orinoco. Aquí en el Alto Orinoco, la CVG lleva adelante una siembra sistemática para recuperar este recurso explotado irracionalmente hasta los años de 1920 cuando comenzó a disminuir su demanda en el mercado internacional a causa de la competencia que le hacían los cultivos de plantaciones asiáticas y la industrialización del caucho sintético.
         El Pendare, especie arbórea de la Sapotáceas, produce una resina gomosa denominada chicle, importada totalmente por los Estados Unidos para la confección del famoso Chiclets, especie de golosina o goma endulzada para satisfacer el hábito de mascar que en los Estados Unidos es antiquísimo y ha sido difundido a otras partes del mundo. El chiclets tiene gran demanda entre jóvenes y peloteros. El Pendare, una de las especies sapotáceas de donde se extrae, suele localizarse en las tierras del Yuruary. Pertenece al género Mimusops, igual que el Pendare, de donde se obtiene el latex del Balatá, considerado el más valioso.
         El Balatá, producto semejante a la gutapercha, se obtiene del árbol del Purguo llamado también Purguey y Purvio. La industria de los materiales plásticos aislantes y de otros productos semejantes que utilizan al petróleo como materia prima, determinó su decadencia después de haber cubierto un período de explotación inmensa de cuatro decenios (1890-1930).
         Al igual que se hace con el Caucho y el Pendare, al Purguo se le practican incisiones a lo largo de su corteza para obtener el latex o savia que luego es transformado en Balatá. Para ello el latex debe cuajarse al fuego y seguidamente moldearse en planchas de 50 libras de peso, exigidas así por el comercio de exportación.
         En Tumeremo, donde se recogía el latex proveniente del Cuyuní, Botanamo e Imataca, operó la empresa inglesa “Dick Balatá Ltd” que estableció un virtual monopolio en la región. A partir de 1930 la “fiebre del balatá” fue cediendo hasta extinguirse, debido a varios factores, entre ellos los estragos de la deforestación, la competencia de otros países productores como Malasia, Indonesia, Brasil, y la caída de los precios a consecuencia de la crisis económica de los años de 1930.      
        


viernes, 23 de junio de 2017

Los Petroglifos de Guayana

         Guayana es la región de Venezuela más rica en petroglifos y cada vez son posibles nuevos hallazgos como los que se hicieron en una zona del Caroní, a 25 minutos por lancha desde San Pedro de Las Bocas y luego de trasponer varios y peligrosos raudales.


         Orientados por el experto minero Carlos Amaya y el brasilero Eugenio Tomas, el doctor Eduardo Jhan y este periodista, llegamos hasta lugares distantes uno de otro para reseñar dos petroglifos que días después desaparecieron a causa del represamiento de las aguas del Caroní por la Presa de Guri.
         Se trata de un rostro con radiales y de las figuras del Danto, interesantes desde el punto de vista arqueológico y por el hecho de haber sido hechos por personas muy antiguas en regiones despobladas y de muy difícil acceso.
         Naturalmente que no son petroglifos de la misma importancia técnica y estilística del petroglifo denominado “Los  Tres Indios”, hallado hace tiempo a una hora de camino de Caicara hacia La Urbana, pero que, como ya se ha señalado, tiene valor arqueológico.
         El doctor Jahn Montauban, quien es médico internista titular de la Escuela de Medicina y miembro de la Academia de Medicina, lleva muchos años dedicados a la arqueología y tiene listo para ser editado un libro sobre la historia del hombre en Guayana, buena parte apoyado en las investigaciones arqueológicas  hechas por  él en numerosos puntos de la región.
         En su mayoría los petroglifos venezolanos datan de la época precolombina, pero es difícil determinar su edad toda vez que hasta ahora no se conocen medios para ello. Tampoco definen una cultura como la Maya, por ejemplo,  pues generalmente los petroglifos venezolanos son muy individuales y difícilmente se parezca uno a otro.
         Simplemente se trata de dibujos o diseños sobre piedras hechos por los aborígenes, utilizando otra piedra más dura como el jaspe. ¿Hechos con cuál  fin?   ¿Por qué y para qué? ¿Acaso como manifestación artística o respondiendo a la necesidad de ciertos ritos para la adoración o veneración de sus deidades? ¿Para orientarse y señalar caminos hacia otros lugares o parajes de la selva? ¿Indicaciones de lugares hechizados?. Nadie hasta ahora ha podido resolver el enigma de los petroglifos o pictografías rupestres llamadas también “Piedras Pintadas” con variantes en el oriente del país donde los llaman “Muñecos”; “Monifatos” en el Bajo Orinoco; y “Letreros” en la región centro-norte. Los indios Baniva del alto Orinoco los llaman “Ippaianata”; “Timehri” los de la rama Caribe y “Tepu Mereme” otras comunidades del Orinoco.

Petroglifos de Guri


         Aunque la Región Guayana está minada de figuras rupestres, quizás las más conocidas hasta ahora sean los Petroglifos de Guri, dada la destacada divulgación que tuvieron por efecto de la Operación Rescate de 1968 llevada a cabo por CVG-Edelca ante la proximidad del represamiento de las aguas del Caroní en función de la Presa hidroeléctrica.
         Guri, nombre toponímico, identificaba a un pueblo indígena que los colonizadores transformaron en misión. Tal era la de San Buenaventura de Guri que  se empezó a fundar en 1761 y cuyos restos quedaron sumergidos bajo el embalse de la represa al igual que hatos ganaderos y numerosos petroglifos imposible de rescatar en el Caño de Necuima, lugar de la operación.
         De ese Caño sólo fue posible sustraer, gracias a la campaña realizada por el Colegio de Sociólogos y Antropólogos de Venezuela, 29 piedras o rocas, con dibujos curvilíneos y rectilíneos unos, otros triangulares y circulares y los demás figuras de aves, mamíferos y dibujos antropomorfos. De todos, llamó poderosamente la atención de los entendidos y arqueólogos de la Universidad Central de Venezuela que participaron como asesores, la figura de unos siameses o gemelos unidos y repetidos, aparentemente simbolizando el mito de la creación. En suma, las 29 rocas con peso oscilante entre 500 y 4.000 kilogramos, tenían grabadas 75 figuras y para arrancarlas de su sitio fue necesario el empleo de una gabarra provista de grúa con un recio equipo de seis hombres y otros expertos. Al final de la operación los petroglifos fueron colocados en un patio de las instalaciones de la CVG en Guri a disposición de los estudiosos e instituciones interesadas en tenerlos como fue el caso del Museo de las Bellas Artes de Caracas y la Casa del Correo del Orinoco, donde se halla a la entrada una de esas invalorables piezas.
         En la ocasión, estudiosos de distintas ramas de la antropología hicieron una valoración de los Petroglifos de Guri que tuvo repercusión no  sólo en   los medios científicos sino artísticos, pues una interpretación fotográfica de ellos se hizo manifiesta en una exposición del Centro Venezolano Americano de Las Mercedes. La exposición, realizada el 2 de julio de 1968, destacaba el estilo naturalista, realista y figurativo de esos dibujos primitivos frente al inmenso número de petroglifos geométricos hallados en otras partes de Venezuela.
         Hablando sobre ellos, Walter  Dupuy los atribuía  a motivos religiosos propios de los antiguos pueblos animistas y pensaba que algunas de  las figuras, posiblemente, representaban las deidades que habitarían el paisaje circundante, según la creencia de los pueblos remotísimos en el tiempo, cuyos artífices la expresaron así, en dura roca.

La cueva del elefante


         El  doctor Mario Sanoja y la licenciada Iraida Vargas, del Instituto de Investigaciones de la UCV, dentro del llamado “Proyecto Orinoco” patrocinado por la CVG, dieron a conocer importantes hallazgos de pinturas rupestres asociadas con cerámica barrancoide en la Cueva del Elefante de la hacienda Cantarrana, vía Ciudad Guayana-Guri. En esa oportunidad las calificó posiblemente como las más viejas manifestaciones artísticas de Venezuela, conjuntamente con los petroglifos de Guri, también asociados con cerámica barrancoide.
         En Venezuela, según Sanoja, se han hallado diversas cuevas y abrigos rocosos con pintura rupestre, particularmente en el Estado Bolívar (La Cueva Pintada y El Carmen); sin embargo, la del Elefante es la única que presenta la asociación de dichas pinturas con material cerámico y artefactos líticos.
         La mayoría de las pinturas, ejecutadas posiblemente con pigmentos minerales, se halla en el fondo de la cueva y representan figuras humanas y formas de animales como lagartos, pájaros y venados. También se encuentran círculos, combinaciones de líneas y otras figuras impresas o dibujadas. ¿Finalidad? Seguramente mágico-religiosa a juzgar por la forma como los rayos del Sol inciden en horas de la tarde en el fondo de la cueva donde están las figuras. La edad de estas piezas fue calculada entre 1.500 y 5 mil años y fueron exhibidas a mediados de junio de 1970 en el Museo de Bellas Artes.

Petroglifos del Cuchivero


         La  antropóloga Maria Eugenia Villalón y el artista Henry Corradini, quienes estuvieron varios años internados en la zona del río Cuchivero, hicieron importantes hallazgos de petroglifos que llevaron al segundo a un ensayo para llamar la atención sobre la posible presencia de los fenicios en América, tres mil años antes de Cristóbal Colón.
         Tales petroglifos, inéditos para la década del sesenta cuando tuvimos la oportunidad de reportarlo para El Nacional pues no figuraban en ninguna de las reproducciones del extenso material consultado, guardan notable semejanza con símbolos antiquísimos encontrados en Creta, isla del Mediterráneo oriental.
         El investigador elaboró un cuadro comparativo de los caracteres grabados en rocas hallados por él en la zona del Cuchivero y los signos de la escritura de la civilización Minoana, 1600 años antes de Cristo. La semejanza es indiscutible.
         En el curso de sus viajes y exploraciones, Corradine dice haber buscado y fotografiado todos los petroglifos que le fue posible encontrar, con el fin de inventariar y preservar, por lo menos, gráficamente este patrimonio arqueológico, pues son ya numerosos los que han sido malogrados como los del Salto de Candelaria, por ejemplo. En este Salto, a escasos kilómetros de Ciudad Bolívar, existen numerosos petroglifos de comprobado valor etnográfico, expuestos ordinariamente a la destrucción toda vez que es un lugar de baño y recreo muy concurrido y entre los juegos de los bañistas ha surgido el del tiro al blanco para lo cual les ha venido muy bien los dibujos de círculos.

Leyendas, cuentos y creencias.

         Otra manera de dañarlos son las excavaciones en busca de tesoros. En las rocas grabadas de Las Lajitas en la misma zona del Cuchivero y en la Piedra del Sol y la Luna de Santa Rosalía se ven socavones hechos por personas convencidas de que tales dibujos corresponden a cifrados sobre tesoros ocultos. El carupanero Bartolomé Tavera Acosta, cronista de Guayana, cuenta que a finales del siglo pasado el cura párroco de Soledad hizo destruir un petroglifo que tenía la forma de un falo por considerar, entre prejuicios y perjuicios, que la tal piedra era más visitada que la misma Iglesia.
         Gallegos cuando estuvo por Guayana acopiando material literario para su novela, le contaron la creencia de algunas tribus, según la cual los petroglifos eran piedras hechizadas cuyos signos les infundía temores y para sustraerse de sus encantos cuando algunos de sus miembros navegaban junto a ellos se echaba ají en los ojos.

         Según una leyenda indígena, los Petroglifos constituyen el testimonio o constancia del paso de Amalivaca, dios de los Tamanacos, por estas tierras después del diluvio. 

El Babandí de Upata

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         Las actuales generaciones upatenses poco o nada saben de una liana autóctona más poderosa que la yohimbina y cuyas raices guardan el secreto de la eterna juventud.

         Sí, hubo un tiempo en que Upata era famosa, no sólo por los Carreros del Yuruary y la mágica sensualidad de sus féminas, sino también por el babandí, fuente de juventud donde abrevaban su sed de amor centenares de hombres y mujeres a quienes la naturaleza tornó frígidos o ancianos.
         La fama del babandí, como curador de la impotencia en ambos sexos trascendió incluso las fronteras de Guayana y Venezuela, tanto por vía de los forasteros doradistas como por el crédito que daban los Laboratorios de la Venezuela Drug Company donde se producían los preparados del doctor Antonio Lecuna Bejarano.
         El milagroso secreto trasmutado en fórmula medicinal, está en la raíz de una planta de tallo delgado y muy largo que corre por los suelos húmedos o se arrolla a otros vegetales, conocido con el nombre de Babandí o Boibandee, como le decían los antillanos de Martinica que a fines del siglo diecinueve se internaron en la región del Yuruary, atraídos por el señuelo de la riqueza aurífera.
         El babandí abundaba silvestre a todo lo largo de la costa del Alto Caroní y del río Yuruari, pero había que ser experto para distinguirlo de otros bejucos de la vegetación selvática. Los upatenses de la generación actual poco o nada saben de la planta en sí y menos de las raíces que usaban de distintas maneras sus antepasados. Lo ignoran, a pesar de que en el embalse de Capapuycito, en la laguna del cerro La Carata y alrededores de la Piedra Santa María, abundaba este bejuco que sólo unos pocos upatenses saben distinguir y extraer, bien para uso particular o para vender sus raíces por encargo.
         Hasta poco después del boom del hierro, Upata disfrutó de la fama de ser el pueblo más alegre de toda la región del Yuruary, acaso por sus mujeres bonitas y por las jaranas que armaban allí los forasteros cuando se dirigían a las montañas purgueras y a las quebradas del oro del Cuyuní.
         Rómulo Gallegos, en su novela Canaima, pone en boca de uno de sus personajes –Manuel Ladera- un comentario que habla de la famosa agua de la Piedra de Santa María: “Pues ya usted verá si será agradable la fiesta. Aquellos montes azules son los de Nuria y ese farallón es la famosa Piedra de Santa María, de donde brota un agua que viene a representar aquí lo que la cabeza de la zapoara representa en Ciudad Bolívar: cebo para atrapar forasteros. Ya lo llevarán allá para bautizarlo con el agua que mana de ese peñón a fin de que se case y eche raíces aquí. O cargue con ella para donde prefiera, que es lo que a ellas les interesa”.
         Upata no solamente es pintoresca y atractiva por su clima, su valle apacible, sus noches de luna, mujeres y colinas, sino también por el sabor agradable y reconfortante de sus manantiales, especialmente del agua que brota de la Piedra de Santa María, del cerro La Carata y del embalse de Capapuycito. De este embalse, distante apenas un kilómetro, depende en parte el consumo de agua potable de la población.

Martiniqueños los primeros


         Si usted le pregunta a una persona mayor de Upata si conoce o ha probado el macerado de babandí, le responderá seguramente que no; pero si llega a familiarizarse con ella, acabará admitiendo que alguna vez usó el producto por mera curiosidad y que de la curiosidad pasó a sumarse a los que dependen de él para salvar su matrimonio.
         Esto es más o menos lo que en vida nos contó Carlos César Castro Gruber, un viejo upatense admirador de Piar y que vivió entregado por entero a su vocación de agrimensor. Como buen upatense conoció las propiedades terapéuticas del babandí y nos recomendó leer Geografía Médica del Yuruari (1921), un libro del doctor Eduardo Oxford, donde se habla de la planta y que después muy generosamente nos regaló su nieto el ex Gobernador C. E. Oxford Arias.
         Pero el libro del doctor Oxford, sólo se limita a decir del babandí que “La gente de los campos usa este arbusto como afrodisíaco de resultados efectivos y los palafreneros y caballerizos usan el alcoholaturo, que resulta de la maceración de la raíz  en  alcohol, en fricciones para hacer más activa la fuerza muscular de los caballos y consiguientemente para hacerlos de gran resistencia en la carrera”.
         Según Castro Gruber, los martiniqueños fueron los primeros en dar a conocer el valor de la raíz del babandí, que más luego industrializó el farmacéutico Antonio Lecuna Bejarano. El farmacéutico valenciano supo, a través del análisis, de las propiedades afrodisíacas del babandí, y obtuvo preparados que explotó por espacio de veinte años en frascos de 20 gramos. Esto por 1923.
         Nadie más que él sabía la fórmula y por eso, desde que se fue a morir a otra parte, no se llegó a usar más el babandí en gotas. Los frígidos o ancianos, deseosos de estimular el amor apagado, acudieron a los rústicos proveedores que vendían las raíces maceradas y curtidas en alcohol.

El león de Guacarapo


         Uno de esos famosos proveedores era el León de Guacarapo. Quien llegara a Upata en procura de la raíz, no iba directamente al grano sino que preguntaba por León de Guacarapo. Era mucho más práctico preguntar por él que por otros proveedores tan importantes como el Negro Lucio Valdés o Ramón Ilarraga.
         Ilarraga era un campesino de piel curtida, dedicado a la venta de esa raíz sexy desde la edad de diez años. De eso vivía tranquilo y feliz, pero ¡cosa rara! siempre negó haber usado el macerado como muleta para hacer o ser feliz en el amor. En cambio, el Negro Lucio Valdéz, era más franco. Atribuía incluso su longevidad –vivió más de 80 años- al milagroso babandí.
         Sixto Betancourt, tan logevo como Lucio, contaba de aventuras con más de cien mujeres y a sus 46 hijos los señalaba como hijos del babandí. Cuando murió a la edad de 90 años, vivía con una albina a la cual le triplicaba la edad.
         De casi todos los Estados de Venezuela, pero sobremanera de Caracas y El Tigre, llegaba gente a Upata en busca de la misteriosa yerba, prácticamente extinguida hoy por la intensa y centenaria explotación. Cuando no venían directamente se valían de conocidos del lugar para reclamarla a través de cartas o viajeros. Y era que el babandí o la raíz de babandí, curtida en ron o en agua común, gozaba de tanta fama de afrodisíaco como la Yohimbina o el Ginseng importado de la China.
         Prácticamente extinguido el babandí, la gente adicta a los afrodisíacos naturales, se ha venido refugiando en el Palo de Arco, corteza de un gigantesco y frondoso árbol selvático localizable entre el Norte del Brasil y el sur del Estado Amazonas.
         Quienes vienen usando la corteza, pregonan con franqueza sus efectos milagrosos. En cada casa del otrora Territorio Federal Amazonas hay siempre a mano un frasco de ron y palo de arco, el cual además es usado para estimular la fuerza muscular.

El atractivo del Babandí


         El Babandí, aunque no tanto como el Amargo Angostura, llegó a ser conocido en el exterior hasta el punto de que Laboratorios Africanos se interesaron por la planta y ofrecieron, previa comprobación de sus poderes afrodisíacos, comprar grandes lotes o establecer un convenio de intercambio con animales de la fauna africana. Pero esta oferta, por haber sido hecha al doctor Armando Michelangeli, Vicepresidente del INOS en 1968, que nada tenía que ver con el asunto, no prosperó.
         Tomando en cuenta el atractivo del babandí, el Presidente de la República, Raúl Leoni, tenía entre sus planes un proyecto turístico en Upata, para ser desarrollado en zona del Embalse de Capapuycito.
         A tal fin la Dirección de planeamiento del Ministerio de Obras Públicas inició, pero ya en el último año de Gobierno, los estudios técnicos para la construcción de un motel y un parque de recreación pasiva y activa.
         El embalse de Capapuycito, rodeado de colinas, a poca distancia de Upata, con una vegetación exuberante y dotado de un clima especial, muy agradable, resultaba ideal para ese proyecto, al cual el gobierno sucesor no le dio importancia. Habría sido, no tanto por el babandí que al final terminó depredado, sino por otros motivos, bien como escape espiritual para la congestionada Zona del Hierro y centenares de turistas que del resto de Venezuela y del mundo llegan diariamente a Guayana y se quedan varados en la Laguna Canaima que sigue siendo el principal atractivo turístico del arco sur orinoquense.

El Babandí en un poema

         De manera que el Babandí quedó atrás, pero de todas maneras, atrapado en la leyenda, en los mitos, en las tradiciones y en la poesía. De la poesía no podía escapar y un buen día de su adolescencia, la upatense Mimina Rodríguez Lezama escribió este nostálgico canto traducido al portugués:

                   Upata, pueblo autóctono de selva prisionero
                   Nostálgico perfume del viejo Amalivac
                   Orquídea que desmaya sus pétalos de Luna
                   Sobre las ninfas verdes que embriagaba babandí
                   Cobrizas razas idas, remotas te cantaron
                   Dolientes yerebíes, guaruras de dolor
                   Tus piedras silenciosas altares del dios saurio
                   Conservan caciquesas tu antiguo resplandor
                   El grito del moriche alegre te despierta
                   Yocoima misteriosa de ti su Dios nutrió
                   Su queja hecha plegaria esplende tus palmares
                   Rizadas copas tristes en grito eterno a Dios
                   Upata voz de fuego surcando los azules
                   El sol orfebre de oro collares te labró
                   Torrentes arcoiris, plumajes y mujeres
                   Y a tu belleza agreste con ella deslumbró
                   Por esa diosa indígena enferma de ciudades
                   Rompiendo candelabros quisiera a ti volver
                   Robar de nuevo el fruto de dulces mereyales
                   Y oír las yerebíes del viejo Amalivac.

miércoles, 21 de junio de 2017

El Merey

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         Este árbol legítimo de Guayana y Brasil, llevado desde aquí a Las Antillas y otros países del tercer mundo, es un verdadero regalo de la naturaleza de cuyo fruto y usos industriales comenzaron a dar cuenta los cronistas del setecientos.

         Entre los cronistas de la colonia que primero dieron cuenta de este fruto al cual se le conocen tantos nombres como usos, sobresale el fraile Antonio Caulin, quien afirma que “extraído el zumo, fermenta como el mosto de la uva y tiene después el sabor y el color del vino”. Asimismo revela el valor de la semilla, a la cual luego de asada elogia como superior a la botella española.
         En Guayana el Merey siempre nació y creció de manera silvestre y todavía, a comienzos del siglo XX, escasamente aprovechado. Su uso era fundamentalmente medicinal. La infusión de las hojas y la decocción de la corteza, se prescribían en enemas contra la diarrea crónica. Para lo mismo era indicado con buenos resultados el jugo del fruto.
         A partir de diciembre de 1907 cuando el diario El Anunciador de Ciudad Bolívar publica una información sobre lo que se estaba haciendo en la antillana Santo Domingo con el fruto del Merey, es cuando los guayaneses se detienen a pensar sobre lo que ellos también podrían aprovechar de ese árbol que abundaba silvestre en la región.
         Una muestra del Merey Pasado que el periódico pondera tan agradable como el higo, la había traído una señora que no identifica y la cual informó de la industria de aquella isla, perfectamente aclimatable en Guayana.
         “Prepararlo es fácil y aquí en Guayana se dan de flor; de primer orden crecen silvestres, dulces y apetitosos. Pues hablamos del merey, queremos informar a nuestros lectores de que no sólo la parte carnosa de ese fruto es bueno para comer  sino que tiene propiedades medicinales inapreciables en el florido mayo. También el moñito sirve para muchas cosas. La almendra que encierra, tostada es sabrosa y sirve para hacer horchata y la nuez de a presión aceite cáustico que es un excelente remedio contra callos, cadillos y verrugas, aplicándolo con un pincel y teniendo cuidado de no pasarse, porque podría ocasionar gangrena. Véase, pues, cómo nada hay despreciable en el mundo; ni siquiera un moñito de merey”, termina diciendo la crónica.
         De manera que el Merey Pasado nos vino de la antillana isla de Santo Domingo y desde entonces comenzó su elaboración artesanal en Cd. Bolívar. Una fábrica del producto, con todas las de la ley, apareció en 1938, montada por R. Ruiz R.
         Y así como la fórmula del Merey Pasado nos vino de Santo Domingo, podríamos decir que el Mazapán nos vino de Trinidad o de las culinarias manos de una trinitaria llamada Nicolasa Railer de Sutherland. Por ese tiempo ella que en la vecina isla hacía confites con almendras importadas de Inglaterra, creyó que podía sustituirlas con las almendras del merey. Los resultados no se hicieron esperar y por varias generaciones los Sutherland han venido trabajando todas las variedades de dulces derivadas del Merey y su pequeña industria artesanal dio origen a otras que dominan un mercado que más para los guayaneses ha quedado para viajeros y turistas, pues la fama de los confites a base de merey se ha corrido mucho más allá del Orinoco y los precios están muy por encima de la capacidad del habitante común.
         Además del Merey Pasado que se prepara con papelón, clavo de olor y limón y  el Masapán, confeccionado con la almendra tostada-molida, leche y azúcar, la industria artesanal elabora el merey en almíbar, con azúcar, clavo y limón, más la simple Almendra tostada y con sal.
En el vecino Brasil, se prepara con el fruto un refresco popular llamado cuajada. En Bolivia la almendra se recomienda como estimulante del cerebro y la memoria. Varios países de las antillas lo utilizan en la preparación de vinagres y vinos comerciales. En Portugal y África oriental han logrado obtener brandy. En estas mismas regiones utilizan el merey como encurtido luego de tratarlo al vapor y ponerlo en salmuera.
Mineros brasileros que trabajan en las minas de Guayana suelen usar la corteza del merey para tratar el paludismo y como antídoto contra las mordeduras de serpiente. Asimismo el jugo del fruto para los desórdenes estomacales y afecciones de la garganta. El mismo vino, bebida espirituosa, dicen que es bueno contra la disentería, los dolores reumáticos y neurálgicos.
Cubanos que viven aquí sostienen que en su tierra los campesinos le atribuyen propiedades afrodisíacas a la almendra del merey, tostada y molida, con un poco de azúcar.

Estudios recientes

         La botánica Julia F. Mortón, de la Universidad de Miami, sostiene en un estudio hecho por ella, que el aceite de la cáscara de la nuez del merey es la fuente más económica de los fenoles y agrega que, en medicina tropical, el aceite de esa cáscara ha servido como rubefaciente y vesicante en tratamientos de lepra, elefantiasis, soriasis, culebrilla, verrugas, granulaciones y grietas en la planta de los pies.
         En el campo industrial, el aceite de la cáscara se emplea en la obtención de resinas y barnices no tóxicos, insecticidas, fungicidas, resinas y lacas modificadas, adherente para linóleo, resinas electroaislantes, gomas plastificantes, goma para embragues y frenos, recubrimientos para tanque de madera y cemento, resinas aislantes y antioxidantes para depósitos de gasolina y aceite.
         Estudios divulgados por Universidades de Brasil y Miami indican que el fruto pedúnculo, rico en vitaminas C, es aprovechado para preparar jugos, compotas, sopas y dulces. Asimismo, la almendra de la nuez es rica en proteínas, grasas, fósforo, y vitamina A.

Productores y consumidores


         El principal productor y exportador de la almendra del merey es la India, seguida de Mozambique, Tanzania, Kenya y Brasil. Lo exportan a los Estados Unidos de América, Australia, Canadá, Reino Unido, la Unión Soviética, Polonia y Alemania que son los principales consumidores. Los EEUU consumen más del 50 por ciento de la producción mundial. También este país como el Reino Unido y Japón, figura como el mayor consumidor del aceite extraído de la cáscara de la nuez, para usos industriales.
         Venezuela igualmente importa la almendra, toda vez que la producción nacional no es suficiente para satisfacer la demanda de las industrias de confiterías.
         En los años setenta los organismos de la Reforma Agraria se interesaron por poner en práctica en Soledad, Ciudad Bolívar y Las Majadas del Estado Bolívar, un Plan Mereyero, en el cual se invirtieron 14 millones de bolívares, pero sin los resultados deseados.
         El Plan Mereyero del que tanto se habló y para el cual mucho se prometió para quedar al final en nada, se mantuvo durante siete años y se financiaron a través de organizaciones campesinas y créditos ordinarios, unas cinco mil hectáreas.
         De esas cinco mil hectáreas, menos de dos mil estarían en plena producción. Las otras fueron atacadas por la maleza, las quemas sucesivas y las plagas, entre ellas, el Trips o piojillo que produce un raspado en la hoja y el gusano araña que causa daños en el follaje y la corteza terminando con la muerte de la planta.
         Ha sido, en todo caso, por iniciativa del sector privado, como en el caso de los fundos La Zorra y El Torete, que se han llevado adelante siembras organizadas de este árbol que tiene la ventaja de nacer, crecer y fructificar en suelo árido, sin necesidad de abono ni de tener que labrar la tierra.
         El Merey se desarrolla en las sabanas pobres y arenosas, resistiendo la sequía, las plagas, las enfermedades y el fuego de las sabanas de Monagas, Ciudad Bolívar, Anzoátegui y Guarico, pero sobremanera, en Ciudad Bolívar, donde según estudios del Comercio de Bienestar Rural, se encuentran las dos especies comunes en Venezuela: el rojo rico en jugo y el amarillo.
         Pero si bien el merey es una planta noble y resistente, no por ello, se halla exenta de algunas plagas. El Merey tiene 26 plagas que inciden en su desarrollo y producción. Y seguramente por desconocerlo, los organismos de la Reforma Agraria fracasaron e hicieron fracasar a los optimistas que se embarcaron en la empresa. No habría sido así, si hubieran aprendido la gran experiencia del vecino Brasil en la agroindustria del merey.

La Agroindustria del Brasil


         El Brasil, al costado mismo del Estado Bolívar, ha desarrollado toda una tecnología sobre la agroindustria del merey hasta el punto de que hoy cuenta con 130 plantas agroindustriales y una superficie de más de un millón de hectáreas sembradas de cajuro, como ellos denominan a este frutal.
         Entre otros productos, los brasileros logran obtener alcohol, pinturas, fenoles, aceites, vinos, jugos, pero fundamentalmente, almendras para la exportación y consumo nacional. La exportación de la almendra significa para ellos entradas de divisas superiores a los 6 millones de dólares y la agroindustria en total absorbe 80 mil obreros.
         Dispone Brasil de una empresa de pesquisa agropecuaria (EPACE), dependiente de la Universidad Federal de Ceara, que se dedica entre otros renglones al estudio del Merey.
         Mucha gente se pregunta por qué estando la experiencia tan cerca, no la aprovechamos así como los garimpeiros aprovechan nuestro oro. Aprovechamos desde 1907 o 1910 el Merey, bien es cierto, pero de manera doméstica y sin asistencia técnica ni crediticia. La industria casera de los Sutherland, Guaipo, Farreras y muchos otros que han surgido últimamente, ha sido por cuenta propia, sin la ayuda del estado pero siempre con la necesidad de que esa industria casera del merey se perfecciones y multiplique en forma más técnica e integral y sobre cultivos planificados, sostenidos y con asistencia técnica y crediticia permanente y, por supuesto, supervisados, para que no vaya a pasar lo que ocurrió en Guayana con la extinta CVF que perdió cien millones de bolívares otorgados a pequeños y medianos industriales que nunca aparecieron.


martes, 20 de junio de 2017

El Transporte de rueda en Guayana

        Ciudad Bolívar que antes era como decir Guayana, no tuvo necesidad del transporte de rueda sino después de la guerra de Independencia. Las distancias largas se cubrían sobre bestias y embarcaciones. Con la introducción de la rueda surgió el carromato, luego vino el Coche y seguidamente (1904) el primer automotor.


        La Guayana colonial no supo del transporte de rueda. Humboldt lo observa sorprendido. El transporte se hacía en barco y a lomo de burro, mula, buey o caballo. La guerra de Independencia que permitió mayor penetración comercial de países distintos a España, como Inglaterra y los Estados Unidos, dio a conocer la rueda, invento mesopotámico que estaba siendo aprovechado fabulosamente en la industria del transporte.
        Los primeros medios de locomoción y transporte conocidos por los bolivarenses fueron el wagon o carromato, no más que una troja montada sobre cuatro ruedas tiradas por seis u ocho puntas de bueyes. Lo conducía un experto llamado carrero o arreador, provisto de una caña delgada que tenía en la punta un clavo con el cual lastimaba a los animales cada vez que se retardaban en la marcha.
        El carromato se destinaba a carga pesada y de mayor cuantía, y para la liviana se utilizaba el Ruleto, carro de dos ruedas tirado por dos o tres yuntas de bueyes. Luego en 1900 surgió el carro de mulas, mucho más rápido.
        El transporte tirado por animales revolucionó el comercio agrícola, pecuario y minero de Guayana. Famosos en la historia regional son los Carreros del Yuruari, que transportaban mineros y oro entre Puerto de Tablas (San Félix), Upata y el Callao. Las jornadas eran largas y penosas, sobremanera en tiempos lluviosos.
        Como la ciudad se reducía a la superficie de la colina con calles empedradas y canaladas, sus habitantes preferían caminarla antes que utilizar otros medios como el Coche, por ejemplo, ya conocido en Caracas. Uno de los primeros coches llegados a la ciudad perteneció a don Antonio Liccioni, con el cual daba paseos por las afueras.
        Las vías apropiadas para paseos en coches Fhaeton y Victoria eran las calles Orinoco y Alameda hasta el Dique. En 1911 se inauguró el paseo 5 de Julio que permitía en cierto modo darle la vuelta a la ciudad y proseguir por caminos que conducían hasta los Baños de La Mariquita y San Rafael.
        Entre las empresas de Coche más importante estaban La Moderna de Luis Felipe Contreras (moderna porque las ruedas de sus coches eran de goma), la de Joe Patrick y Francisco Piraldi.
        El 26 de octubre de 1904, con motivo de la inauguración del Hipódromo, se trajo a la ciudad el primer transporte colectivo de pasajeros, un ómnibus, el cual se estrenó para llevar pasajeros, desde la cantina El Oasis de la calle Orinoco hasta el Dique y el Hipódromo. Su administrador, Francisco Piraldi, lo alquilaba también para excursiones de 6 a 4 de la tarde. El 8 de septiembre de 1905, el servicio del ómnibus fue extendido hasta el Morichal el Prado.
        El 21 de agosto de 1908, la Municipalidad dispuso mediante decreto el registro de los carros bueyes de dos ruedas llamados ruletos, los cuales eran utilizados por sus dueños para conducir a la ciudad, queso, carne, palmas, carrizo, casabe, papelón, maíz, frijol y vituallas, entre otros productos de los fundos.
        El primer accidente en Coche lo sufrió Victor Manuel Silva Carranza al desbocarse el caballo del coche que conducía. Más luego se previno públicamente contra los accidentes que pudiera originar en calles de la ciudad, la temeridad de quienes enganchaban caballos cerriles para tirar coches a objeto de domarlos.
        El primer automóvil lo introdujo en la ciudad en medio del alborozo y gran curiosidad popular, el comerciante corso Ángel Santos Palazzi, el 6 de marzo de 1913, y poco después tuvo que cederlo a Andrés Juan Pietrantoni, Presidente de la Electricidad de Ciudad Bolívar, cuando debió ir a pelear y morir en Francia en la Guerra del 14. Se trataba de un Dion Bouton, marca francesa, al que le siguieron los Ford americanos y canadienses que rápidamente se multiplicaron. Un año antes había llegado a Caracas desde La Guaira y por la carretera vieja en construcción, el primer automóvil, propiedad del General Raimundo Fonseca, quien había sido Presidente del Estado Bolívar en 1886.
        El 21 de abril del mismo año se introdujo el segundo vehículo. Lo trajeron los empresarios Navarro y Carrillo León, conducido por Luis González Jordán, a objeto de inaugurar con él un servicio de pasajeros que cuatro meses después reforzó un ómnibus-camión y un automóvil de paseo. En la ocasión (primero de agosto de 1913) reseñó el diario “El Luchador”: “Ya son cuatro los automóviles que transitan por nuestras calles. Signo de progreso cierto son estos vehículos que poco a poco y en número suficiente irán acelerando el movimiento de la ciudad”.
        Al establecerse este servicio, la Municipalidad se apresuró a sancionar una tarifa para paseo y carga. Paseo 5 de Julio, Bs. 0,50. Paseo a La Mariquita, Bs. 2. Por 46 kilogramos de carga dentro del perímetro de la ciudad, Bs. 0,37 y fuera del perímetro, Bs. 0,50. Por primera hora de paseo de lujo, Bs. 20 y Bs. 16 las horas subsiguientes.
        1913 vino a ser el año en que se desató la fiebre del automotor en la ciudad y los comerciantes y empresarios importantes inmediatamente se pusieron en sintonía con la gran novedad y fueron combinando, cuando no sustituyendo, los coches de tiro con el automóvil, entre ellos, el germano Georg Wantzelius, sindicado del primer arrollamiento automovilístico. Este se produjo en el Paseo 5 de Julio, resultando la niña de 12 años, María Ignacia Franco, con aporreos generalizados y fractura en la pierna izquierda.
Al reseñar este primer accidente automovilístico, el Luchador señaló que “La infeliz víctima de la velocidad que desarrollan los automóviles, particulares en las afueras de la ciudad, fue conducida al Hospital Ruiz, donde fue debidamente atendida por los doctores García Parra y Blanco Ledezma. Es de oportunidad, ya que desgraciadamente se cuenta una víctima de la carrera desenfrenada de los automóviles, recordar a los conductores, sea dueño o chauffer, la obligación de hacer sonar la bocina, que para el efecto llevan, no sólo en las bocacalles, sino en todos aquellos sitios que puedan ser de peligro para los transeúntes”.
        Los paseos a La Mariquita que era uno de los parajes naturales más sugestivos de la ciudad, se inauguraron el domingo 10 de agosto de 1913 con dos camiones, el existente y otro que se estrenó ese día, debidamente acondicionado para tal fin por el carpintero Francisco Villegas.
        Para 1914, coches y autos se desplazaban por calles y Paseos de la ciudad, lo que obligaba al Gobierno del Estado y Municipalidad a remodelar y mejorar la vialidad. Adaptar a los transeúntes y animales de tiro la realidad de los automotores fue todo un  proceso lento y gradual, ocasionalmente con sus inconvenientes.
        El 6 de febrero de ese año exhibía en el teatro de la ciudad por última vez la película “Los Miserables”, basada en la novela de Víctor Hugo. A verla llegó un comerciante en su elegante coche tirado por una imponente jaca. A poco –dice una nota de El Luchador- llegó al mismo sitio un automóvil. La jaca, ante la velocidad del monstruo moderno creyóse perdida y empezó a temblar de una manera desconcertante. Terror que siguió creciendo cuando el férreo animal dio expansión a sus formidables pulmones exhalando cálidas y malolientes bocanadas de gasolina. La infeliz y maltrecha jaca no pudo contenerse y exprendió una desaforada carrera a que no fueron obstáculos los transeúntes que intentaban detenerla. Corrió hacia el Dique, por él saltó con Coche y todo, y según informes ha seguido corriendo con tal rapidez,  que aseguran haberla visto pasar por San Félix, pero sin el Coche.
        Para mediados de julio de 1915 había en la ciudad diez automóviles y el día 12 de ese mes aumentaron a 15 al llegar en el vapor Thorsa, procedente de Nueva York, un Valie de 7 asientos y 40 HP para Virgilio Casalta; un Dodge barnizado de blanco, de 6 asientos y 25 HP para Willy Handerson y tres Ford corrientes, consignados al Agente Savelli. De ellos, uno para D. Golía y otro para Bermúdez Hermanos y Francisco Palermo, de Soledad. Días antes, por el vapor Delta había llegado otro Dion Bouton, de 6 asientos y 40 HP, propiedad de los señores Carlos Palazzi, A. Mannoni y S. Khazen.
        La llegada de este automóvil Ford a Soledad causó gran revuelo y el vespertino El Luchador publicó la siguiente información:

        “Automóvil en Soledad sin precedente. Es la gran facilidad que proporciona hoy en Soledad, el famoso Ford que acaban de recibir por el último vapor americano los señores Bermúdez Hermanos y Francisco Palermo, con lo cual quedan evitadas las molestias y dificultades que sufrían los bañistas deseosos de saborear las caricias de los inmejorables chorros del río La Peña y los no menos famosos chorros de La Romana en donde más de un enfermo de allende y de aquende el Orinoco, han encontrado en sus aguas termales la salud deseada que no lograra devolverles la ciencia y paciencia del mismo Yaguarín.
        Yaguarín era un brujo famoso en todo el Orinoco que vivía en La Canoa. Según sus pacientes, lo curaba todo con una prodigiosa mezcla de alcornoque y raíces de Arestin.
        El primer choque de vehículos automotores se registró el 4 de octubre de 1915 cuando los autos, placa 134, conducido por Eduardo Porto y el de placa 237, conducido por Frante Waldram, colidieron en horas de la noche en La Lajita. No hubo lesionados.
        El 24 de abril de 1916 la empresa de transporte Navarro & Carrillo, inauguró el servicio de vehículos de pasajeros Ciudad Bolívar –Guri-Upata El Palmar-Guasipati-el Callao.
        Salieron cincos automóviles a las 9:15 de la mañana. Pasaron la noche en el hato el Caruto, 29 leguas distantes de la ciudad, luego de llegar a las seis de la tarde. Atravesaron los ríos Marhuanta, Candelaria, Río Claro y Tocoma y varios Morichales, Los caminos fueron entonces reportados como absolutamente malos. Grandes trayectos arenosos en los cuales los automóviles se atascaban por lo que había que tirarse a tierra, descargarlos y llevarlos a rastras hasta terreno firme. Pasaron el río Caroní la mañana del día 25 a bordo de una Gabarra. A las 8 de la noche llegaron al hato Puedpa del general Juan Fernández Amparan y el 27, luego de tres días penosos ya estaban en el Callao. Un año después esta distancia fue reducida a 13 horas por un Studebaker de Fluoduardo Díaz.
        Al mes siguiente, día 20, Luis Coll Pardo, agente viajero de la firma William H. Phelps, cumplió por primera vez el raid Caracas-Ciudad Bolívar, en un automóvil Ford. Para entonces otras marcas de vehículos como Studebaker, Empire, Briscoe y Overland ya estaban en el mercado de Ciudad Bolívar a través de la empresa de Domingo Golía. Luego se incorporó el King para siete pasajeros y 75 HP distribuido por la empresa Ginestra y Aristiguieta más el Buick, agenciado por Edmundo Suegart, representante igualmente del Dodge y el Brothers. El primero en adquirir un carro de la marca Buick fue el Gral Máximo Benigno. W. H. Phelps tenía en la ciudad una sucursal del Ford the Universal Car. El Ford modelo “T”: está reconocido como el precursor, el que preparó el camino de la industria automovilística e inició el movimiento a favor de las carreteras en todas partes.
        Atrás quedaron los carromatos, los coches. Estos se fueron extinguiendo a partir de los años treinta o mientras subsistió en el Callejón Dalton (calle Piar de Ciudad Bolívar) la famosa Herrería de Humberto Bates, especializada en reparación y fabricación de vehículos de tracción de sangre. Humberto Bates fabricaba carros para mulas, ruletos y wagones. Asimismo, unas ruedas especiales para rodar por arenales y espuelas para la explotación del balatá, estilo inglés o como las muy prácticas de Demerara.