jueves, 13 de julio de 2017

Caciques de Guayana

       Morequito, Arauco, Quirauera y Taricura figuran entre los líderes o caciques  que enfrentaron cruentamente a los hispanos para evitar que se asentaran en las vastas y ricas tierras de Guayana

         En la historia de la humanidad el más fuerte se ha sentido siempre inclinado a someter al débil hasta el punto de pretender hacerlo esclavo.
         Cuando los hispanos se encontraron con el Continente Americano, contactaron dentro del estadio de su civilización, la inferioridad de las armas y de otros recursos ofensivos y defensivos de aquellos habitantes amerindios. Esto los regocijó y en virtud de su evidente superioridad, trataron de someterlos y de servirse de ellos para fines de conquista.
         Los amerindios asimismo contactaron la inferioridad de sus armas, aunque no tan inferiores, pues también mataban como los mosquetes, las lanzas y los arcabuces. El  problema de la inferioridad lo discernía la experiencia, el conocimiento del visitante y algo muy importante, estaba disciplinado para el ataque desde una condición virtualmente de inmune al contraataque que le ofrecía el escudo y la calidad del uniforme. Al lado de su flecha envenenada, al amerindio sólo le quedaba su inteligencia que no era inferior a la del visitante así como su intuición y dominio del medio. De manera que en los estados de conflictos, trataron y muchas veces lo consiguieron con creces, de igualarse o superar al enemigo.
         Los conflictos surgieron cuando el hispano, prevalido de la técnica y superioridad de sus armas, trató de someter al indio, de quitarle sus tierras y de arrebatarle el oro. Pero tales conflictos no podía dirimirlos el indio con la sola posibilidad de su flecha, de manera que debió emplear la astucia, el engaño y la trampa.
         De suerte que resultó empresa ardorosamente difícil para el hispano conquistar las tierras del indio americano. Para lograrlo cayó en prácticas rayanas en el genocidio; pero sin duda, que también miles de peninsulares sucumbieron bajo la espesa virginidad de la selva. Sucumbieron atrapados en parajes que parecían encantados, en duros enfrentamientos, emboscadas, ataques sorpresivos, hasta que al final se impuso el más fuerte.
         La conquista de Guayana costó algo de eso. Aquí en esta tierra del agua y la clorofila, de tepuyes y parajes edénicos, del oro y de la fuerza telúrica desparramada en ríos, cascadas y raudales, se registraron sucesos de este corte, ineludibles en el relato histórico de los primeros tiempos.
         Cacique, sustantivo taino, fue el nombre que le pusieron los conquistadores a los líderes de aquellos lejanos sucesos que le hicieron la tarea casi imposible. Líderes como Morequito, Aruaco, Quita-uera y Tari-Cura, que condujeron sus huestes para vindicar en cualquiera de los recién llegados, la tragedia de sentirse humillados, despojados y ofendidos.


Morequito


         Morequito era el cacique de los guayanos diseminados en toda la región de la confluencia del Orinoco con el Caroní.
         En 1591, cuando Antonio de Berrío descendió con su Expedición desde el Meta, Morequito vivía a dos leguas más abajo de la confluencia de ambos ríos. Desde allí partían hasta unas 10 leguas adentro las “Tierras de Morequito” que a los hispanos les parecieron buenas para echar las bases de la conquista. Entonces quisieron comenzar con la construcción de un Fuerte, pero hubo decidida resistencia. Morequito fue preso y conducido primero a la Isla de Margarita y luego a Trinidad.
         En el curso de su aislamiento fue tratado de forma tal que pudiera al final amoldarse a los planes de la conquista. Aparentemente Morequito accedió hasta el punto de dejarse bautizar y cristianizar con el nombre de Antonio. Recibió el titulo de Don y listo para convencer a su gente. Antonio de Berrío decidió en abril de 1593 tomar posesión de lo que él denominó Provincias de Guayana y el Dorado. Al efecto, envió para tal fin al Maestre de Campo Domingo de Vera Irbagoyen acompañado del cacique, el Registrador, un misionero, capitanes y soldados.
         El 23 de ese mes y año en las tierras de Morequito, el Registrador del ejército, Rodrigo de Caranca, levantó el Acta de posesión y dejó constancia de la presencia del “Cacique o  Principal Don Antho., por otro nombre Morequito, cuya era la tierra que consintió en ceder para esta posesión, de la cual se alegró y prestó obediencia a nuestro Señor Rey, y en su nombre al dicho Gobernador Antho. De Berrío.”
         A partir de entonces Morequito quedó libre, pero interiormente resentido porque todo a cuanto aparentemente accedió ocurrió obligado por la fuerza, pero necesitaba  libertad como al final la consiguió para vindicar de alguna forma la usurpación de sus derechos naturales.
         Walter Raleigh, en su libro “El Descubrimiento del grande, rico y bello imperio de Guayana” califica a Morequito como “uno de los más poderosos Reyes o Señores de las fronteras de Guayana”. Llegó a ser amigo de Francisco de Vides, Gobernador y Capitán General de la provincia de Nueva Andalucía (1592-1598), a quien en cierta ocasión visitó en Cumaná para canjearle oro por instrumentos de trabajos. El oro le abrió los ojos y la ambición al Gobernador de Nueva Andalucía hasta el punto de enviar hacia Guayana a través del Unare una Expedición encabezada por Gerónimo de Campos en busca del Dorado, pero nunca pasaron de los Llanos. Hacerlo a través del Orinoco habría significado una violación de la Capitulación a favor de Berrío, de todas maneras, mientras aseguraba jurisdicción sobre la Isla de Trinidad, pactó con Morequito para que resistiera y entorpeciera la entrada de Berrío a sus dominios.
         Cuenta Raleigh que Berrío envió a un fraile acompañado de ocho soldados para penetrar los dominios de Morequito y tratar de dar con la pista hacia Manoa, la presunta ciudad de un Inca. Nunca  llegaron, pero encontraron oro en el trayecto y al regreso los nueve españoles fueron esperados por indios de Morequito que les dieron muerte, menos a uno que pudo escapar y darle la mala nueva a su Gobernador.
         Indignado, Berrío mandó todas las fuerzas de que pudo disponer para vengarse de Morequito y de su gente, pero este escapó a través del Orinoco y buscó la protección del gobernador de Cumaná. Berrío mandó por él en nombre del rey, pues había hecho asesinar a un sacerdote, a lo que no pudo negarse Vides. Morequito fue aprehendido en la casa de Lucas Fajardo, hombre de confianza del Gobernador Vides y fundador de Clarines (7 de abril de 1594).
         Morequito  fue entregado al maestre de campo Domingo de Veras Irbagoyen, quien lo condujo a Guayana donde fue condenado a muerte y colgados todos cuantos los de sus numerosas tribus lo secundaron. La parentela de Morequito fue tomada prisionera, entre ella su tío Topiawari, quien contó a Walter Raleigh muchos aspectos de este relato, en 1595, cuando el cortesano inglés realizó su primera incursión en Guayana. Entonces se llevó consigo a Londres a un hijo del tío de Morequito.

La venganza india


         La ejecución de Morequito y de su gente nunca fue perdonada, pero sabían los guayanos que nunca podrían cobrarla enfrentando sus flechas y macanas contra los mosquetes, espadas y cañones pedreros. Se resignaron a una obediencia de conveniencia, pero pendientes siempre de cualquier oportunidad para la vindicta. Muy temprano les llegó. En 1596, Antonio de Berrío envió una expedición de 300 hombres en busca del Dorado y muy cerca de los cerros del Totumo fueron súbitamente atacados por dos mil indios al mando del Cacique Aruaco que le venían siguiendo los pasos. Apenas  se salvaron 30 hispanos, entre ellos cuatro religiosos, que todos hambrientos y enfermos llegaron a Santo Tomas de la Guayana, el 5 de agosto, día de Nuestra Señora de las Nieves, virgen romana a la cual elevaron preces y lo proclamaron patrona al lado del legítimo Santo Tomás. Ha sido señalada ésta como la matanza de hispanos más grande de la conquista.
         Este Cacique Arauco era acaso el mismo o hijo del que en 1534 se enfrentó en Caruao a los soldados del capitán Alonso de Herrera, quien después de Diego de Ordaz acometió la segunda expedición de exploración del Orinoco hasta el Meta. En esa ocasión muchos de los indios derrotados fueron capturados y vendidos como esclavos en Cubagua. Pero en las márgenes del Meta el capitán de la expedición pagaría con la vida su temeridad al ser cinco veces flechado por los indios de la región.

Los Caribes


         Si bien los valerosos y temibles Caribes vivían en guerra contra tribus del Orinoco como los Cabres del legendario Tep que pudo humillarlos una vez aunque se durmió en sus laureles, fueron desde el primer momento renuentes a los asentamientos españoles en Guayana y muchas veces hasta se unieron a los soldados holandeses del Esequibo en empresas corsarias.
         Caciques caribes de fama terrible fueron Quira-uera, Tari-cura, Tupaca-uera y Toconay. La primera sublevación de importancia de los caribes se registró el 7 de octubre de 1648. Al mando del cacique Quira-uera arremetieron contra las fundaciones de los misioneros jesuitas en las regiones de los raudales de Atures. Entonces incendiaron los poblados y dieron muerte a los misioneros Ignacio Fiol, Beck y Teobast.
         El 7 de febrero de 1693 fue la segunda sublevación al mando del propio Quira-uera contra las mismas fundaciones que habían sido reconstruidas por los misioneros Alonso de Neir, José Cobarte, José Silva y Vicente Loberzo. Este último pereció en la refriega al igual que el Capitán Tiburcio Medina, quien comandaba con doce soldados el Fuerte de Carichana. También perdieron la vida dos hijos del capitán.
         La tercera sublevación caribe se registró en 1729 comandada por el Cacique Tari-cura y sus jefes inmediatos Tucapa-uera y Toconay, la cual terminó en 1730 con la muerte en el Delta del Orinoco del obispo de nacionalidad francesa Nicolás Labrid, el Subdiácono Pedro Labranier y el Talarista Luis Lagrande.
         En los archivos de la Diócesis de Guayana hay constancia de que los restos del prelado y sus acompañantes fueron enterrados por Fray Dionisio de Barcelona, en la Iglesia de Santo Tomás de Guayana el 25 de febrero de 1731. Sin embargo, hay otra versión histórica según la cual el prelado fue asistido después de muerto por Fray Benito de Molla, quien lo hizo sepultar en San José de Oruña y tomó su piedra de Ara para colocarla en el altar mayor de la Iglesia de San Antonio del Caroní.

         

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