sábado, 17 de junio de 2017

El “Correo del Oro”

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   El atraco a mano armada, tan frecuente y de proporciones impactantes en las grandes urbes de nuestros días, tuvo también, siglo diecinueve, en la provincia adentro, jalones dramáticos como el registrado el 6 de abril de 1878 en Rancho de Tejas, sobre un camino de recuas entre Upata y Guasipati.

         El asalto al “Correo del Oro”, posiblemente sea el primero ocurrido en Guayana. Conmovió a gran parte del país que entonces celebraba la política algo amplia y liberal del general Francisco Linares Alcántara, como sucesor de Guzmán Blanco. El hecho tuvo resonancia fuera de nuestras fronteras y excitantes implicaciones y consecuencias que llevaron al general Celestino Peraza a escribir su novela “Los Piratas de la Sabana”.
         El Callao, distrito aurífero por excelencia, era explotado en sus ricos yacimientos por la Compañía Minera de El Callao fundada en 1870 por un grupo de empresarios guayaneses y la cual, bajo la conducción del corso Antonio Liccioni extendió su actividad hasta 1897 cuando se declaró en quiebra.
         La compañía embarcaba por los animados puertos de Ciudad Bolívar hacia el exterior, por lo menos ese año de 1878, un promedio de 8 mil onzas de oro mensual, siendo los meses de agosto y diciembre los de mayor auge (11 mil onzas). En abril y mayo, meses impactados por el atraco al “Correo del oro”, la exportación cayó asombrosamente a menos de la mitad.
         Para la época no se conocía el Bolívar. Nuestro signo monetario era, el Venezolano, mientras el Franco y la Libra Esterlina las divisas extranjeras con las cuales se comerciaba el oro. No se conocía otro tipo de transporte que el fluvial a través de barcos de vela o de vapor y el terrestre utilizando burros, caballos, mulos y carromatos tirados por yuntas de bueyes, de manera que la producción aurífera proveniente del filón de El Callao y otras minas satélites se transportaba a Ciudad Bolívar en barras y a lomo de mulas.
         Guayana, región para entonces con un índice delictivo muy bajo, ofrecía un margen de seguridad confiable para que los caudales de los hacendados y de las empresas explotadoras de oro, así como caucho, balatá, sarrapia y otros rubros forestales, se desplazaran de un lugar a otro sin los temores y las medidas que se toman en la actualidad cuando el delito crece sin freno ni medida.

Asalto con lanzas y caballos


         Frank Busch era un norteamericano como tantos otros extranjeros llegados a Guayana en busca de mejores perspectivas económicas. Contaba entonces 45 años, era espigado, sanote, de complexión fuerte y estaba encargado de llevar sobre el lomo de cuatro mulas y con la sola compañía de dos peones, las barras de oro que puntualmente salían el día 20 de cada mes de El Callao a Ciudad Bolívar. El retorno se cumplía el día 6 del mes siguiente con el dinero acuñado para el pago de los obreros que trabajaban en las minas. Eran tan malos los caminos y tan lento el medio de transporte que la diligencia tardaba dieciséis días.
         El extranjero del “Correo del Oro”, siempre había sido puntual en su jornada y exacto en la cuenta de sus operaciones hasta el 6 de abril de 1878 cuando de regreso con el dinero acuñado, en horas del alba y tras haber pernoctado en una posada  de Carichapo, fue emboscado, muerto por la espalda y despojado de las mulas con su preciosa carga.
         Hombres armados, disparados sobre caballos, sacaron sus lanzas contra Busch que pasitrote cabalgaba sobre su mula tarareando una vieja melodía del Oeste. El tropel de los caballos y el brillo amenazante de las lanzas pusieron en fuga a los dos peones del correo mientras Busch aflojaba las riendas de su cabalgadura y caía mortalmente herido sobre el camino de Rancho de Tejas. Allí, sangrante y con los ojos abismados, quedó por largas horas el forastero, mientras que sus asesinos se perdían entre la maraña de la montaña por los senderos de La Pastora.

Comisión pesquisadora


         Isidro Fernández, uno de los hombres ricos del Yuruary, era el Prefecto del Departamento Roscio y no quiso tomar medidas policiales en el caso sin antes ponerse de acuerdo con el Presidente de la Compañía Minera afectada, don Antonio Liccioni, quien decidió asumir la responsabilidad de rescatar el dinero robado, capturar los ladrones y entregarlos a los jueces naturales.
         Al efecto, designó una Comisión de personas residentes en El Callao que por sus títulos y condiciones las creyó capaces de esclarecer el asalto y capturar a los ladrones. Fueron ellas: el General Pedro Antonio Díaz, caraqueño; General Cecilio Briceño, barinés; General Celestino Peraza, guariqueño; General Juan  Pío Rebolledo; Leoncio Peña, Guillermo Odremán y Juan Crisóstomo Fernández.
         La Comisión auxiliada por baquianos y los mismos peones de mister Busch, siguieron los rastros de los asaltantes hasta el caserío de La Pastora, a la margen izquierda del Yuruary, y allí logró las pistas que la condujo hasta los cómplices y autores del crimen.
         La comisión, por confesión de Marcos López, atemorizado por la forma como había caído muerto su amigo y compañero Alejo Farreras, cómplice del hecho, indició y capturó como responsables a Miguel Rodríguez (35 años, natural de Cachipo, baquiano de caminos); Francisco Millán (40 años, de Cachipo, conductor de fletes entre San Félix y El Callao); Calixto Puertas (mulato, agricultor, natural de Aragua de Barcelona) y como autor intelectual responsabilizó al hacendado Gaspar Hernández, una de las personas acomodadas de Guasipati y quien hasta entonces se tenía como digno señor de la comunidad.
         El dinero consistente en cincuenta mil pesos contenidos en cuatro bolsones de suela con abrazaderas de cobre y una caja con cinco mil pesos en monedas de plata, fue recuperado junto con las cuatro mulas que amarradas llevaban nueve días de hambre y sed en Potrerito, muy cerca de La Pastora.
         Ninguno de los implicados en el asalto fue juzgado por tribunales ordinarios competentes y murieron aparentemente en situación de fuga. El hacendado Gaspar Hernández, dueño de una de las mejores casas de Guasipati, estuvo largo tiempo escondido en un cuarto de doble paredes en su hato. Posteriormente, con la ayuda del novio de una de sus hijas que terminó en el suicidio, se exilió en Trinidad, de donde fue deportado y puesto a la orden de los Tribunales de Ciudad Bolívar, pero al poco tiempo se aprovechó de una escaramuza antigubernamental y volvió a ser prófugo y siendo prófugo por los caminos de la selva, encontró la muerte.
         Los miembros de la Comisión que identificó, capturó y virtualmente ajustició a los culpables, fueron premiados con el empleo de Frank Busch por la Junta Directiva de la Compañía Minera de El Callao.

Los Piratas de La Sabana


         Celestino Peraza, intelectual, político, militar, marino y minero, formó como ya lo observamos,  parte de la comisión que participó en el esclarecimiento del asalto al Correo del Oro, y ello lo animó a escribir Los Piratas de La Sabana prólogo de Pedro Sotillo y publicado por sus herederos después de su muerte ocurrida en Villa de Cura el 30 de noviembre de 1930.
         Celestino Peraza, nacido en Chaguaramas en 1850, murió a la edad de ochenta años y en este libro de varias ediciones, donde figura con el nombre de R. A. Peza, ofrece estos pasajes sobre el asalto al Correo del Oro:
         “Antes del amanecer estaban ya sobre sus caballos, listos para maniobrar. Puerta y Millán, con sus lanzas en astadas; Miguel Rodríguez, con su sable ceñido a la cintura y don Gaspar armado de revólver; todos enmascarados con pañuelos de Madrás, agujereados en la parte que estaba en contacto con los ojos.
         Millán y Puerta iban de frente, apareados, y les seguía Miguel Rodríguez.
         Cuando apenas faltaban veinte metros para salir del bosque les hizo Busch dos disparos, pero instantes después le alcanzó Puerta con su lanza, la cual, por haberse enredado por el asta en las charnelas del caballo de Millán, desvió el certero golpe, penetrando sólo cuatro pulgadas en la cadera de Busch.
         Más Millán estaba allí y completó en un instante la obra comenzada, sacando a Busch de la silla con un lanzazo que le atravesó las entrañas.
         Cayó Busch precisamente al salir de la montaña, salida que es allí abrupta, casi violenta; y sus peones, que en efecto habían detenido su marcha en una altura próxima, al oír las detonaciones, cuando le vieron caer y divisaron aquellos enmascarados armados de lanzas, corrieron desolados a otro montecillo próximo, dando alaridos espantosos y dejando en poder de los asesinos mulas y dinero”.

Se repite el asalto

         El asalto al Correo del Oro se repitió 39 años después cuando Tomás Antonio Bello y Feliciano Muñoz transportaban varias barras para las Casas Blohm y Casalta. El asalto lo perpetró individualmente Osmundo Pastor Ortega, quien dio muerte a Bello y a Muñoz con un rifle Winchester, enterró el oro al pie de un árbol y después emprendió la fuga cruzando a nado el río Caura. Fue apresado por una comisión y sentenciado a veinte años de prisión que sufrió en Puerto Cabello. Pero aprovechó la coyuntura de la muerte del dictador Juan Vicente Gómez para no cumplir la totalidad de la condena. En 1975 falleció en Caracas dejando una libreta de apuntes en manos de un periodista en la que se pinta como un personaje que más que victimario fue víctima de la mala justicia.
         En 1917 fue urdido otro plan para asaltar al Correo del Oro, conducido entonces por José María Rizo hijo, pero la jefatura Civil de San Félix lo debeló y capturó a todos los comprometidos.
         El plan preveía incluso someter a las autoridades civiles de San Félix y Barrancas. Pero la policía alertada detuvo a Jesús María Molina, cabecilla de la banda; Luis Vallés, Miguel Cotúa, y Francisco Miquilena cuando se disponían a zarpar desde las bocas de San Rafael de Barrancas.
         Otro robo bien sonado antes de la mitad del  siglo veinte, específicamente el diez de mayo de 1943, fue el perpetrado por dos miembros de la propia escolta, a la remesa de 40.094,05 pesos que la Aduana de Ciudad Bolívar giraba al Tesoro General de la República, vía Barcelona, utilizando diez bestias de carga alquiladas al Presbítero Pedro Ayala, en Soledad.
         El Teniente de Caballería Pedro González, segundo comandante de la Guardia Nacional de Policía de la provincia y el sargento Pedro Mariches, de la guarnición, con una escolta de seis hombres, un Cabo de la Guardia, ocho individuos de tropa y 3 cazadores del Resguardo de la Aduana, formaban la escolta de los caudales.

         En el pueblo de Chamariapa, donde hicieron alto tres días, conspiraron el Teniente y el Sargento, robándose parte de los caudales que custodiaban. Denunciados el 19 ante el Juez de Paz de la parroquia, fueron perseguidos y tras un encuentro fue muerto el Comandante González, se aprehendió al sargento Mariches y se recuperó el dinero robado.

1 comentario:

  1. Moraleja ,todo ladrón es encontrado y la tentación sigue atractiva a los flojos y sinvergüenzas.

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