jueves, 1 de junio de 2017

Casa de San Isidro



         La Casa del Morichal de San Isidro en Ciudad Bolívar no sólo es famosa en Venezuela por haber albergado al Libertador en la etapa inicial de la tercera fase de la República, sino porque en ella concibió la primera Constitución centralista y su Discurso al Congreso de Angostura, considerado como una gran síntesis del ideario bolivariano.


         Siguiendo la ondulación de una inmensa piedra que denuncia a cada instante la existencia del escudo guayanés, emerge antes los ojos del viandante la Casa del Morichal de San Isidro que sirvió de albergue al Libertador desde el 5 de junio de 1818, cuando regresó a Angostura después de su fracasada campaña del centro. Aquí prohijó la salida del Correo del Orinoco el 27 de junio de ese mismo año y redactó posteriormente los originales de su Mensaje al Congreso de Angostura y proyecto de Constitución.
         La Casa con patio solariego, árboles y jardines cultivados sobre la dura piedra, se alarga frente a los ojos desde la acera opuesta de la Avenida Táchira, con ese aire bucólico de lo que fue antigua hacienda de la familia Vélez, fomentada allí en tiempos del Gobernador don Manuel Centurión Guerrero de Torres.
         Aquí las ramas tejen su historia de fronda y sombra desde los troncos centenarios que aferran sus raíces sobre la formidable roca.
         El empedrado del patio con su increíble juego de sombras y formas, la firmeza del tejado patinado, la chimenea triangularmente configurada como sombrero, los faroles, la hermosa rusticidad del escaparate, sillas antiguas, tinajones, cofres y baúles claveteados y forrados en cuero, banquetas a la entrada, las panoplias con espadas y fusiles de la época, el Tamarindo donde Bolívar tenía a disposición su cabalgadura; los arabescos, en fin, el Nazareno del siglo XVII y la imagen de San Isidro Labrador.
         Hace años, mucho antes de su restauración en 1966, que centenares de personas pasan por aquí escudriñando todos los rincones y muros, tratando de desentrañar el pasado que se esconde en ella como arcano misterioso.
         Después del empedrado, dejando atrás el colonial inmueble y más luego el pozo que fue de los quelonios y la plaza del jardín donde se levanta el busto de Bolívar, se puede bajar hasta los restos de un morichal donde el agua es limosa y pesada como la misma tierra.
        

Quebrada de la Logia

         Es la vieja “Quebrada de la Logia”. Al parecer allí, en sus mañaneros paseos, el Libertador escuchó a varias lavanderas hablando no muy bien de sus incursiones nocturnas, caprichos y deseos. Entonces habría llamado a algunos oficiales de la escolta y dicho en tono de broma: “¿Quieren ver una logia de mujeres conspirando contra mi?”... pues bien, allí está!
         Desde entonces se llama “La Quebrada de la Logia” ese meandro de agua que lava las raíces de las palmas moriche de la Casa de San Isidro.

Rafael Vélez, primer dueño

         La hacienda o finca del Morichal de San Isidro la fomentó Rafael Vélez en tiempos del Gobernador Manuel Centurión (1766-1777) y contaba con una capilla donde se veneraba la imagen de San Isidro, una pulpería, trapiche, siembra de caña dulce y otros renglones agrícolas. La Hacienda se extendía por el Sur hacia la Mesa de Angostura, arropaba la enorme laja blanca hasta el Cerro El Zamuro por el Oeste encerrado dentro de sus confines El Trabuco, Callejón de los aparecidos rozando la Laguna El Porvenir y abriendo por el Este hacia la Fuente La Fortuna.
         Rafael Vélez tenía dos hermanos: Agustín que lo ayudaba en las faenas de la hacienda y Francisco que trabajaba como Escribano Público. Años después se incorporó como administrador de la hacienda el canario José Luis Cornieles, quien se enamoró y contrajo matrimonio con María Josefa, hija de Rafael Vélez y de cuya unión nacieron varias hijas muy bellas que impresionaron al Libertador cuando viajaron de Trinidad a Angostura en 1817 a reclamar su hacienda que había sido expropiada por los Tribunales de Secuestros creados por el Gobierno Supremo.
         La familia Cornieles, a raíz del Sitio de Angostura se había refugiado en la isla vecina de Trinidad y regresó tan pronto el Libertador dio garantías de seguridad a los hispanos o descendientes de hispanos radicados en Angostura dispuestos a prestar servicios a la causa de los patriotas. José Luis Cornieles, unos de esos servidores, llegó a ser Alcalde Provincial y no sólo dispuso la Casa de San Isidro para que allí residiera el Libertador, sino que facilitó el inmueble en calle La Muralla para establecer el taller tipográfico donde se editó el Correo del Orinoco.
         Con el correr de los años, la hacienda pasó a manos de la familia Juliac que desarrolló allí una ganadería de carne y leche para abastecer el consumo de la Ciudad. Los herederos por malos negocios terminaron vendiendo las tierras hasta quedar reducida a lo que fue en la década del 30 el Orfanato Bolívar creado por Monseñor Miguel Antonio Mejía luego de haber adquirido la propiedad a nombre de la Diócesis de Guayana. También funcionó allí el Museo Talavera y la Sociedad Bolivariana hasta que en 1966 la adquirió el Gobierno del doctor Pedro Battistini Castro para su restauración dado que había sido declarada Monumento Público Nacional.

Discurso de Angostura

         Siempre se ha dicho que en esta casa de campo del Morichal de San Isidro, el Libertador escribió su Discurso al Congreso de Angostura; sin embargo, el único testimonio conocido sobre el momento, lugar y circunstancias en que fue redactado este trascendental documento histórico del ideario bolivariano, lo da su edecán el general Daniel Florencio O’ Leary y no señala que haya sido en la Casa de San Isidro sino navegando el Orinoco a bordo de una Flechera, desde Apure hasta Angostura. No obstante, es deducible que si el Libertador tenía que presentar su alocución y proyecto de constitución el primero de enero de 1819, fecha inicialmente prevista para la instalación del Congreso, debió concebirlo por lo menos un mes antes y si ello ocurrió así, tuvo que ser entre el 11 de noviembre de 1818 cuando regresó de Maturín y el 21 de diciembre cuando salió de Angostura a reunirse con Páez en Apure. Tal lo confirma el investigador Luis Alberto Paúl en el opúsculo “Los Pasos del Libertador”cuando dice que “en la fresca y acogedora mansión de San Isidro durante los meses finales de 1818, el Libertador les dictó a sus secretarios Pedro Briceño Méndez y Jacinto Marten -en una ocasión le sirvió también su amanuense el ilustrado Roscio- el texto del Discurso de Angostura. Allí nació aquella gran síntesis del ideario bolivariano. Luego al salir en campaña, el Libertador se  llevó los borradores del discurso que pulió y revisó durante los momentos propicios”.
         Narra en sus memorias el general Daniel Florencio O’ Leary que “En los intervalos de ese viaje (se refiere cuando Bolívar viaja a bordo de una flechera entre Apure y Angostura en enero de 1819) compuso su discurso de instalación del Congreso en Angostura de 1819. Reclinándose en la hamaca durante las horas del calor opresivo del día, o en la flechera que le conducía abordo, sobre las aguas del majestuoso Orinoco, o bien a sus márgenes, bajo la sombra de árboles gigantescos, en las horas frescas de la noche, con una mano en el cuello de la casaca y el dedo pulgar sobre el labio superior, dictada a su secretario en los momentos propios, la Constitución que preparaba para la República y la célebre alocución que ha merecido tan justa admiración de oradores y estadistas. Las circunstancias y situación apenas podían ser más adecuadas para despertar en un hombre de imaginación vívida, los más elevados sentimientos. Las márgenes del caudaloso río presentaban aquí y allá al pasajero, las ruinas esparcidas de poblaciones desoladas y pruebas evidentes de la devastación de Boves. Lo grande y lo sublime de la escena recordaban al hombre de su propia pequeñez e inspiraban los pensamientos sublimes en que abunda aquella producción admirable”.
         Lógicamente conjeturable también es que el Libertador terminó de redactar y de dar forma a su alocución en el inmueble con la colaboración del doctor Manuel Palacios Fajardo, quien por cierto falleció a casi tres meses de la instalación del Congreso del cual era diputado por Margarita.
         Los originales de ese discurso, localizado por el historiador Pedro Grases en Inglaterra en manos de un tataranieto de James Hamilton, quien lo tradujo al inglés, presentan correcciones y anotaciones del doctor Manuel Palacio Fajardo. En acto especial realizado en la misma Casa de San Isidro el 12 de diciembre de 1975, el entonces Presidente de la República, Carlos Andrés Pérez, recibió el precioso documento traído expresamente desde Londres por el señor Philip J. Hamilton Grierson, tataranieto en cuarta generación del coronel James Hamilton, para depositarlo en el Museo Bolivariano de Caracas y dejó en la Casa del Congreso una copia facsimilar.
         El Libertador salió de San Juan de Payara después de haber organizado al Ejercito y ascendido a Páez a General de División, el 29 de enero a objeto de prepararse para la instalación del Congreso.

Soneto que lo recuerda

         Debajo del centenario Tamarindo del Morichal de San Isidro, contrapuesto a una roca, el bardo guayanés, Héctor Guillermo Villalobos, grabó este soneto que recuerda el paso del guerrero y su Mensaje:



                            Noble mármol, recuerda al pasajero
                            que incansable se acogió a la sombra
                            de este árbol cuyo rumor lo nombra 
                            en azulejo y viento mañanero.
                            Cante sobre la piedra el aguacero,
                            pinte el sol guayanés su verde alfombra
                            del cielo vegetal, fresco y casero,
                            Estuvo aquí su rápida escritura,
                            trazaba aquí Mensaje de Angostura,
                            que era ya clara página de Historia, 
                            tal vez el labio el fruto probaría,
                            y acaso en su sabor presentiría

                            el regusto agridulce de la gloria 

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