jueves, 15 de junio de 2017

El Diamante de Barrabás /


         Era una piedra preciosa de 155 quilates métricos, la más grande de Venezuela hasta ahora, hallada en material de relave allá en las alturas del Caroní, de manera casual, como el Cullinan I que resplandece en el cetro británico.


         Jaime Teófilo Hudson, alias “Barrabás”, junto con Israel Jaime, “Indio Soler” y Rafael Solano, fue el autor del fabuloso hallazgo en las billiciosas tierras mineras de “El Polaco”.
         Siempre hubo un polaco por esas minas del alto, medio o bajo Caroní. Recordemos a Kin Kin Eugenierz, a quien catapultó la guerra desde la Polaska. Lo llamaban “El Rey del Relave”, pero la piedra más grande encontrada por él no pasó de los ochos quilates. La vendió por 15 mil bolívares y todo lo gastó en una noche de farra con Barrabás. En el bar donde libaban remataron la única mujer que había entre tantos mineros. El la ganó pagando cuanto le quedaba y al siguiente día, trasquilado y enervado, estaba otra vez sobre las arenas desechas de los barrancos.
         Pero aquellas tierras de nadie donde el Negro Barrabás se hizo famoso no las había descubierto sino otro polaco. Por eso los mineros de Paraitepui y Surukun la llamaban “La mina del Polaco”. Los polacos son buena gente y acaso por católicos se identifican bien con el venezolano.
         La mina de “El Polaco” quedaba en las inmediaciones de Icabarú donde el comerciante César Díaz Valor, por mucho tiempo su protector, tenía un bien surtido establecimiento de víveres y mercancía seca.
         Era el año 1942. Mandaba en el Estado Bolívar el coronel Carlos Meyer, en pleno mandato presidencial del general Isaías Medina Angarita, quien llegó a tener el diamante en sus manos a los pocos días del hallazgo.
         Todo comenzó una fresca mañana del sábado 10 de octubre de 1942, cuando el pájaro minerito lanzaba su agradable trino premonitorio y los dos hombres rutinariamente relavaban el material de la quebrada, desechado por otros mineros.
         --¡Caray, tan dura que es la vida del minero! –le dio por lamentarse entonces al Indio Soler.
         --De veras que es dura, Indio, pero no es para tanto, mira que hoy tengo una grata corazonada. Presiento que algo bueno nos va a ocurrir—lo alertó Barrabás mientras sobre sus manos cóncavas y callosas giraba y chasqueaba la suruca.

Y algo bueno le ocurrió


         Al mediodía cuando el sol castiga de verdad y en la tierra de un hoyo de cinco metros, Barrabás encontró la piedra con la cual sueña todo minero, la imaginación popular, siempre fluida e hiperbólica, la dimensionó del tamaño de una pera, pero la verdad que no era tanto ni tan pequeña; no obstante, se estaba por casualidad ante la piedra preciosa hasta ahora  más grande hallada en Venezuela.
         La piedra de 155 quilates (31 gramos) resultó ser de gran pureza y cuando los compradores internacionales supieron del hallazgo se movilizaron  y  llegaron   hasta  Santa Elena de Uairèn, pero  tuvieron que regresar  porque Barrabás junto con su abogado Matías Carrasco y su financiador Gilberto Daly, con una guía del Vigilante de Minas, Carlos Rangel Cárdenas, había viajado de Tumeremo a Caracas el 29 de octubre para guardarla en el Banco Central de Venezuela hasta tanto le encontraran un buen destinatario a la gema.
         Enterado el Presidente de la República quiso ver la piedra y conocer a Barrabás que no encontraba donde meterse para resguardar su humildad de tanta admiración y asedio. De manera que Jaime Teófilo Hudson viajó a Caracas muy bien cortejado, visitó el Palacio de Miraflores y de allá salió la piedra con un nombre: “Diamante Libertador”.
         La prensa nacional explotó el tema del hallazgo y la noticia trascendió más allá de nuestras fronteras. La Casa Harry Winston de Nueva York se interesó y gestionó su adquisición ofreciendo a los intermediarios medio millón de bolívares, a quien los mineros la vendieron en 300 mil bolívares.
         El diamante de Barrabás fue examinado por el experto gemólogo mundial Adrián Gracelli, quien en una impresionante ceremonia lo fraccionó en cuatro partes para ser tallado. Del fraccionamiento resultaron una piedra de 40 quilates, otra de 11.12, una tercera de 8.92 y la cuarta de 1.44 quilates. La mayor fue vendida en subasta pública por 185 mil dólares.

El diamante mayor del mundo


         El diamante mayor del mundo, magnífica joya de 516 quilates, de una pureza y claridad maravillosas, sigue siendo el Culinan I que, tallado en forma de pera, resplandece en el cetro de Inglaterra. Este diamante forma parte de una enorme piedra extraída en 1905 en la mina Premier de las colinas Transvaal, de modo accidental, toda vez que el tropiezo de uno de los inspectores de la mina contra algo que parecía dura roca hizo que se revelara su paradero a flor de tierra. Pesaba en bruto 3.106 quilates y fue obsequiado por la Unión Sudafricana al rey Eduardo VIII de Gran Bretaña. Se obtuvieron de él 105 diamantes y el Rey bautizó el más grande, de 516 quilates, con el nombre de “Estrella Africana”. Los Culinan II, III y IV lucen en las coronas de los monarcas británicos.
         Uno de los diamantes de historia más accidentada es el Koh-i-noor. Su origen se remonta a los monarcas hindúes, quienes le atribuyeron virtudes maléficas junto con la cualidad de conceder poderío universal.
         El diamante americano “Presidente Vargas”, ocupa el tercer lugar entre las gemas mundiales. Fue hallado en el Brasil por un granjero a la orilla del río San Antonio. El Orloff, diamante de 199 quilates, robado del ojo de un ídolo hindú, fue regalado a Catalina La Grande de Rusia.
         Recientemente quedó subastado en Nueva York un diamante de 85.91 quilates en 9,13 millones de dólares, cifra sin precedente en el mundo para una gema rematada. La subasta se registró en la galería Sotheby`s en la que participaron tres postores. El historiador de joyas Neil Letson la describió como “una gota de luz congelada, un regalo de la naturaleza concebido hace 400 millones de años, traído ahora a la realización plena de su perfección por el genio inventivo del hombre”.
         Letson calificó la piedra como “levemente por debajo del Culinan III, ahora entre las joyas de la corona británica, y un poco por encima del diamante Spoonmaker, en el museo Topkapi de Estambul”.

La fiebre del Diamante


         El Diamante de Barrabás se transfiguró en señuelo para mucha gente del país y de países vecinos que soñaba y sueña con hacer fortuna de la noche a la mañana. Del Brasil, Colombia y la Guayana Británica comenzaron a llegar forasteros, lo cual obligó al Gobierno Nacional a constituir la Comisaría de Roraima con base en Santa Elena de Uairén.
         Durante ese año de 1942 la producción de diamantes de libre aprovechamiento se situó en 34.047 quilates y a partir de allí se mantuvo sostenidamente en ascenso, pues de 1913 cuando comenzó la explotación hasta entonces, la producción había sido tímida. La más alta que se conoce es la de 1974 cuando alcanzó 1.248.979 quilates y la de 1975 con 1.055.331 quilates.
         La busca de diamante, complementaria a la del oro, permitió que se formaran pequeñas localidades como La Faisca, la cual llegó a tener una población de 3 mil habitantes. Esta población, al igual de otras, desapareció al emigrar los mineros atraídos por “bullas” como la de Parupa, Río Claro, El Merey, Playa Blanca, San Salvador de Paúl y Guaniamo.

La segunda piedra más grande


         Los bolivarenses no conocieron de otra piedra preciosa importante sino 26 años después de la de Barrabás. La encontró un humilde minero de nombre Victor Jesús Túnez, de 35 años de edad y natural de El Palmar. La piedra pesó exactamente 57.35 quilates métricos y fue la primera por su forma y pureza hallada en Venezuela, pero la segunda por su dimensión después de la de Barrabás.
         El diamante de casi 58 quilates fue justamente hallado en un barranco hecho por Túnez entre La Guaimita y La Salvación y en el propio lugar fue vendida por 85 mil bolívares al italiano Rugo Leonello, asociado con Antonio Rossi, quien manufactura diamantes en Toronto, Canadá. Allá fue a tener la segunda piedra preciosa más grande hallada en Venezuela.

Carlos Amaya, amigo de Barrabás


         El veterano minero guayanés Carlos Amaya, era coetáneo con Barrabás. El primero nativo de El Manteco en 1916 y de El Callao, el segundo en 1917. Ambos se hallaban en las minas de Urimán en cuya jurisdicción estaba la llamada mina d El Polaco. Se conocían. Eran amigos y en la zona recuerda Amaya que sacó 200 mil bolívares durante una semana que para los años 40 era bastante. Así mismo la piedra preciosa más grande obtenida en su vida de minero. La vendió en 10 mil bolívares. Para entonces el diamante como el oro era baratísimo.
         --¿Fue allí donde Barrabás también consiguió la piedra de 155 quilates? –preguntamos a Carlos Amaya en cierta ocasión que lo encontramos en el negocio de Emilio Ruíz.
         --La de Barrabás fue en el Río Surukún, cerca de Paraitepuy. Yo la vi, la tuve en mis manos. Era muy bonita. Parecía una pepa de jobo con la diferencia de que era blanca, blanca, sin ningún defecto. Tenía unos poros que uno le ponía la lupa y se veía hasta el otro lado.
         De esa época eran Serafín Sifontes, el Negro Díaz, Carlito Fernández, Miguel Alcalá, el Negro Odremán, Rafael y Roberto Lezama, mineros buenos de verdad, mineros de envergadura que se hundían hasta cuatro meses seguidos en la montaña y que explotaron buenas minas muriendo, sin embargo, pobres.
         Murieron tal vez pobres como Barrabás. Porque este minero calloense de ascendencia trinitaria, malgastó en poco tiempo el producto de su gran diamante.- Quedó como el primer día.  En los años sesenta, convencido de que su mejor momento había pasado, dejó de incursionar las minas y se dedicó a explotar un negocio denominado “La Orchila” en la región de Icabarú bajo la protección de César Díaz Valor. Finalmente, en Tumeremo, donde falleció (01-06-92), impactado por un infarto al corazón, tenía montado un pequeño negocio llamado “La Fortuna”.

         Cuentan que los buscadores de diamantes cuando visitaban La Orchila terminaban cantando en la cumbre de su jolgorio una vieja tonada inspirada en el hallazgo de aquella hermosa piedra brotada de la extinta bulla minera de “El  Polaco”: “El diamante de Barrabás, el viento se lo llevó”.

1 comentario:

  1. Excelente relato. Me ha refrescado los recuerdos de esta vieja historia. Gracias Américo.

    ResponderEliminar