sábado, 8 de julio de 2017

Puente Angostura

         El día de los Reyes Magos fue inaugurado el Puente Angostura sobre el Orinoco, entre Playa Blanca de Soledad y Punta Chacón de Ciudad Bolívar. El primer estudio sobre la necesidad de un puente que terminara con el aislamiento de Guayana y el pintoresco aunque inconveniente sistema de barcazas o chalanas, lo ordenó en 1905 a raíz de una gira gubernamental, el Presidente de la República, Cipriano Castro.


         El magistrado y jefe de la Revolución Liberal Restauradora visitó Ciudad Bolívar tras la derrota definitiva sufrida por la Guerra Libertadora y prometió a los angostureños la construcción de ese puente previo los resultados de un estudio que encomendó a J. Cambell Acosta y que el ingeniero resumió en el siguiente telegrama fechado en la propia capital de Guayana el 2 de junio de 1905:
         “Señor General Castro: Terminado estudio Puente sobre el Orinoco. Distancia malecón de Ciudad Bolívar a Piedra del Medio, 508 metros y de ésta a Soledad 500 metros. Diferencia mayor creciente (año 1892) y agua verano, diez y seis (16) metros. Tratándose de puente fijo serían indispensables tres altas torres metálicas con inmensas bases de concreto para sostener los cables metálicos de ambos tramos, lo cual acarrearía grandes gastos. Adoptada su sabia y oportuna indicación de puente sobre balsas, lo he estudiado de acuerdo con su telegrama del once de mayo así: Partiendo del malecón de Ciudad Bolívar 80 metros de muelle de madera sobre ésta, con unos tubos rellenos de concreto, con piso movible y en el extremo llevará un sistema de ruedas dentadas para que la balsa final engrane y suba con el piso del muelle, siguiendo el movimiento de las aguas. Igual procedimiento se adoptará en Piedra del Medio con treinta metros largos y en Soledad con 80 metros, queda así reducido el sistema de balsas a 413 metros de Bolívar a Piedra del Medio y Cuatrocientos cinco metros de este punto a Soledad. Como la corriente es fuerte, las balsas además de los anclotes, irán unidas a los puntos fijos por cables metálicos. Para el paso de los barcos, se abrirá el puente. Por correo tendré el honor de enviarle el informe  ampliado y los planos correspondientes. Su verdadero amigo, J. Cambell Acosta”.

El Puente de Pérez Jiménez


         Castro no cumplió su promesa, acaso por la deuda que el país tenía contraída con veinte naciones. Tampoco su longevo sucesor Juan Vicente Gómez y no fue sino a finales de la dictadura del General Marco Pérez Jiménez cuando se volvió a plantear en debate público la necesidad del Puente, especialmente por la importancia que comenzaba a darle a la región la explotación del hierro y la instalación de una Planta Siderúrgica.
         El 12 de marzo de 1956, don Natalicio Valery Agostini, en su condición de Presidente de la Cámara de Comercio del Estado Bolívar envió a su homólogo de Anzoátegui en la ocasión de la XII Convención de Cámaras a realizarse en Margarita, del 10 al 15 de abril de ese año, el siguiente Radiograma:
         “Cámara de Comercio, Barcelona. Siendo primordial importancia construcción Puente sobre el Orinoco Ciudad Bolívar-Soledad, obra que beneficiará al país en general especialmente Estados Oriente y sur, indispensable además intensificar intercambio comercial, y de inaplazable necesidad hoy complemento grandes obras próximas realizarse, rica Caroní construirán base sólida economía nacional, Cámara Comercio hónrome presidir invita a ese organismo hermano apoyarle Ponencia presentará en tal sentido próxima Convención Cámaras habrá de reunirse Porlamar entrante mes de abril a la cual concurrirá nutrida delegación bolivarense. Atentamente, natalio Valery Agostini. Presidente”.
         A partir de entonces se intensificó una campaña a favor del Puente que materializó en un segundo estudio después del ya citado. Este estudio fue encomendado a la firma norteamericana Paúl G. Van Sigkle & Associates en función del proyectado ferrocarril que iría de Matanzas al Puerto de Guanta con wagones cargados de hierro y productos siderúrgicos para los mercados de ultramar.
         El diseño preliminar de un Puente sobre el Orinoco, incluía línea férrea sencilla, dos vías automotor, dos aceras y tramo de luz sobre el canal actual de navegación. Sus bases principales se ubicaban en las laderas de Soledad y Ciudad Bolívar haciendo tierra en una porción de la Piedra del Medio.
        

El Puente de la Demag


         La caída de Pérez Jiménez no detuvo la campaña sobre el puente a nivel institucional, sino por contrario, se reforzó al calor del fervor político del momento.
         La primera manifestación de masas en pro del Puente tuvo lugar en la Plaza Bolívar alimentada por los partidos políticos que participaban en la contienda electoral y respaldaban unitariamente al Gobierno de facto que abría cauce hacia la implantación de un régimen de derecho.
         El entonces Gobernador Horacio Cabrera Sifontes aprovechó la coyuntura y se propuso con la participación de los Concejos Municipales de Soledad y Ciudad Bolívar acometer la obra con los propios medios y recursos  regionales, llegando para ello en principio a contar con el respaldo de la Junta Militar de Gobierno presidida por el Vicealmirante Wolfgan Larrazabal.
         La empresa DEMAG A G realizó entonces por cuenta del Gobierno de Bolívar un proyecto de obras civiles del Puente siguiendo la línea de la isla El Degredo, para ser construido, financiado y administrado por el sector privado, pero lo que parecía una realidad a corto plazo comenzó a desmoronarse por efecto de las presiones e intereses a los más altos niveles. En ese punto se produjo el cambio de gobierno y le tocó a Rómulo Betancourt como Presidente constitucional, iniciar la obra conforme a un proyecto distinto al del de la Demag.
        

El Puente de la Democracia


         El proyecto de la Demag fue desechado por el Gobierno constitucional, en virtud de que la menor distancia y mejores terrenos de sustentación se hallaban cinco kilómetros aguas arriba.
         El Ministro de Obras Públicas Leopoldo Sucre Figarella llamó a licitación y concurrieron 19 firmas contratistas, de las cuales tres ofrecieron las cotizaciones solicitadas, la United Steel Intenational, el Consorcio alemán Demag-Krupp y la empresa Precomprimido C. A.
         La Comisión de Licitación se pronunció porque el Ejecutivo otorgara la buena pro a la Demag, pero el Ministro declaró desierta la licitación y convino más tarde en que fuese el Consorcio Precomprimido y América, el que construyera el Puente por razones de financiamiento y por su compromiso de adquirir en el país 20 mil toneladas de acero correspondiente al peso de la estructura del Puente. Tal procedimiento fue criticado por la Comisión de Finanzas de la Cámara de diputados en la oportunidad de pedirse se aprobara el proyecto de reforma parcial de la Ley que autorizaba al Ejecutivo Nacional para contratar en el extranjero un empréstito por 84 millones de bolívares destinados a cubrir en parte al financiamiento del Puente sobre el Orinoco.

El Puente Angostura


         El Ministerio de Obras Públicas, responsabilizado con la fase del transporte del Plan de la Nación 1963-66, firmó el contrato del Puente en febrero de 1963 con el Consorcio Puente Orinoco (Precomprimido C.A. & Constructora América S.A.) El contrato para el suministro y construcción de la superestructura colgante fue otorgado a United States Steel International, Ltd. Ese mismo año, último de su gobierno, el Presidente Rómulo Betancourt, en ceremonia especial, colocó la primera piedra, acompañado del Gobernador del Estado, Ingeniero Rafael Sanoja Valladares y Presidente de la Asamblea Legislativa, Américo Fernández.
         La construcción de la obra tardó cuatro años y fue inaugurada el 6 de enero de 1967 por el Presidente de la República Raúl Leoni. Para entonces, el ingeniero Leopoldo Sucre Figarella continuaba siendo Ministro de Obras Públicas.
         El Puente Angostura sobre el Orinoco, ubicado entre Ciudad Bolívar y Soledad, a cinco kilómetros aguas arriba, es un puente carretero de tipo mixto con la parte central colgante y tramos laterales en concreto pretensado.
         Su longitud total, incluyendo los tramos de acceso, es de 1.678,5 metros y de 1.272 metros la longitud el tramo central que cuelga de dos torres de acero de 119,2 metros de alto. Se construyó a un costo de Bs. 177.512.000,oo y para entonces se situaba como el noveno del mundo y el primero de su tipo en Latinoamérica.
         Con una altura de 40 metros sobre el promedio de aguas máximas en su parte central, pasó a ser el primer enlace entre las regiones pobladas del Norte de Venezuela y la región en desarrollo de Guayana.  Hasta entonces solo una línea de ferrys permitía cruzar el río entre Soledad y Ciudad Bolívar. Enlazada definitivamente el Norte con el Sur, el Puente Angostura calificó como la obra de vialidad más ambiciosa del Gobierno de Leoni y su impacto socio-económico fue decisivo en el desarrollo de Guayana donde continúa creciendo el complejo industrial del hierro,  acero y  aluminio.
        

Acto inaugural


         El 6 de enero de 1967 Ciudad Bolívar lució sus mejores galas para recibir como regalo de Reyes el Puente Angostura que le entregaba el Presidente de la República y ciudadano hijo de esta tierra, Dr. Raúl Leoni.
         El Presidente de la República cortó la cinta simbólica sostenida por lindas guayanesas engalanadas con trajes típicos de la región. Lo hizo utilizando unas tijeras de oro cochano, confeccionadas por un orfebre de El Callao.
         El Presidente Leoni, visiblemente emocionado, tan pronto cortó la cinta, comenzó a caminar el Puente y luego abordó un coche descapotado que lentamente continuó rodando la plataforma del Puente. Iba de pie, acompañado de su esposa Carmen América Fernández y del Ministro Leopoldo Sucre Figarella. Lo seguían su comitiva, 20 soldados de caballería y una multitud que llegó a estimarse en cincuenta mil personas.
         Una vez llegado al lado Norte, en tierra soledadense, el Presidente, comitiva e invitados, subieron a una tribuna y desde allí presenciaron el desfile militar, terrestre, aéreo, naval, de carrozas, carros antiguos y otros cinco mil vehículos cuyos ocupantes seguramente deben gratificarse como los primeros que cruzaron el Puente Angostura sobre el Orinoco, en inolvidable Día de Reyes.



jueves, 6 de julio de 2017

Los monstruos del Orinoco

         La Piedra del Medio, llamada “Orinocómetro” en razón de que por ella se guían los ribereños para medir el nivel del río padre, también al parecer tiene monstruos como Escila y Caribdis de las famosas Rocas Erráticas que estremecieron las naves de Ulises mientras navegaba de regreso a su lejana y amada Itaca.


          El nombre de “Orinocómetro” se le ha venido atribuyendo a Humboldt desde hace algún tiempo y hemos comprobado que la denominación es de la Memoria Estadística de Venezuela de 1873 que dice: “En el medio del río hay un Orinocómetro natural que llaman la Piedra del Medio, y sirve para medir el agua que pasa delante de Angostura. Le hemos dado este nombre por imitación de los “Nilómetros” (instrumento para medir la creciente del río Nilo en Egipto). Si en la menguante del Orinoco tomamos 60 pies por término medio de su profundidad, 2 pies por su velocidad en cada segundo y 2.000 por su anchura, resultaría que pasan por delante de Angostura 240.000 pies de agua por segundo, volumen igual al que lleva el Ganges en su creciente”.

         Pues bien, en ese lugar según la leyenda, había monstruos escondidos en sus entrañas que emergían muy ocasionalmente y el hecho solía revivirse hasta hace poco en alarde de especulación periodística, especialmente cuando alguna emisora se veía comprometida con el survey y su director obligado a sacarla a flote con ese recurso.
         Lo cierto es que por donde se dice que aparecía el monstruo o los monstruos de la Piedra del Medio absorbiendo como tromba todo cuanto por allí se acercaba, han desaparecido curiaras, nadadores, pescadores y hasta una chalana llamada “La Múcura” cargada de vehículos se hundió allí el 27 de febrero de 1952 y esto, por supuesto, ha servido de alimento a la imaginación popular tan sensible a las homéricas fantasías de la Odisea.
         Atraído por la leyenda, años atrás, llegó hasta aquí, un barco del Instituto Oceánico de la UDO a detectar con sus ondas ultrasónicas lo que de verdad pudiera existir por los alrededores de la Piedra y localizó una depresión en forma de embudo que alcanza la increíble profundidad de 150 metros bajo el nivel del mar y, aguas arriba, justo bajo el tablero del Puente Angostura, halló otra fosa con profundidad de 60 metros.
         En estas dos fosas donde se arremolinan las aguas del Orinoco pudiera estar la clave de los monstruos o fantasmas de Escila y Caribdis que atormentan y se tragan a los desprevenidos.

El dragón de Atures


Quien haya estudiado un poco de geografía difícilmente ignore la existencia de Atures, un raudal inmenso que agiganta su fuerza con la resistencia de las rocas a su paso.
La zona abrupta y pedregosa de Atures atravesada en el río como un dique, consigue aumentar la fuerza del Orinoco en forma tal que el resultado es una explosión de violencia que achica y enmudece al más valiente.
Mapara o Adules le dicen los indios maypure y los misioneros lo configuraban con el mitológico y terrible Dragón, protagonista de numerosas leyendas y películas en la que siempre resulta vencido, especialmente si quien suele enfrentarlo ostenta los poderes milagrosos de San Jorge, San Miguel y Santa Marta.
Los expedicionarios que desde la época de la Conquista se afanaron en buscar las fuentes u origen del Río Padre, se encogían de temor ante ese innavegable obstáculo de los Raudales de Atures y Maipure. José Solano, comisionado de límites, remontando el Orinoco en 1756, casi es convencido por los sacerdotes jesuitas para que desistiese de la temeridad de pasar los raudales. Pero el expedicionario fingió un día ir a pescar y sin que misioneros e indígenas se percataran, realizó la proeza de atravesar los raudales y dicen las crónicas de la época  que el Padre Superior de los jesuitas, al conocer la noticia, dijo a Solano: “Me alegro que haya Ud. sujetado al Dragón mientras estaba dormido, que al despertar con las crecientes ha de bramar por hallarse burlado”.

El Socio de los Palanqueros


         Los palanqueros del Orinoco, palanqueros cuando no había los motores fuera de borda, tenían un Socio al cual solían encomendarse contra los peligros y seres fantasmagóricos del río.
         Al socio también lo identificaban como el “viejito” y cuando se le oía hablar de él, inmediatamente los desprevenidos lo imaginaban de carne y hueso, pero a la largas se daban cuenta que el bendito socio o viejito era un ente mágico religioso o simplemente teologal.
         El Socio viene siendo Dios y en algunos casos uno de esos espíritus andantes que se encarnan transitoriamente en los medium.
         El guayanés, especialmente el guayanés de río, del llano y de la selva, no quiere sentirse solo ante la avasallante inmensidad del río y de la selva e inventa ese “socio” para sentirse seguro.
         La figura del socio la capta el novelista Rómulo Gallegos a su paso por aquí y la sumerge en “Doña Bárbara”. La devoradora de hombres tiene un socio que es el Nazareno de Achaguas, pero como nunca lo identifica por su nombre verdadero, la gente del llano, sobremanera Pajarote, conjetura que es el diablo.
         Así como en Canaima Gallegos recoge la leyenda de la Piedra de Santa María y de la Sapoara que le atribuye mágicos encantos para atrapar forasteros, también en Doña Bárbara expresa la creencia mágica del socio o viejito sin cuya compañía los navegantes no se lanzan a la aventura del río: “Dejemos al viejito”, dicen los palanqueros, río adentro, y preocupados regresan por él al punto de partida. Zarpan de nuevo y pregunta el patrón: “¿Con quién vamos?” y responden desde la proa: “Con Dios... y María Santísima”.

Lobos de río y mar


         También los navegantes del mar se resisten a salir sin su mágico compañero y cuando pasó por aquí el peñero margariteño “Niculina” navegando el Orinoco y Río Negro con destino al Amazonas y Río de la Plata en Argentina, conducido por el marino Antonio Coello Fernández, lo percibimos.
         La diminuta isla de Coche, poblada desde 1527 por el hispano Juan López de Archuleta, ha tenido dos marinos que han dejado su marca en la navegación por el Orinoco: Carlos del Pino, a quien Humboldt embarcó en las costas de Coche para que lo acompañara en su expedición científica por Orinoco y Río Negro y Antonio Coello Fernández, patrón del “Niculina” a bordo del cual Constantino Georguescu Pipera y el camarógrafo Mark Mikolas, expedicionaron a través del Orinoco, Río Negro y Amazonas hasta llegar a Río de la Plata, ida y vuelta, para demostrar la navegabilidad por los países del Hinterland (Argentina, Paraguay, Bolivia, Brasil, Ecuador, Colombia, Perú y Venezuela).
         Carlos del Pino murió a causa de la malaria en Angostura, al regreso de la expedición humboldtiana de 16 meses, mientras que el primo Antonio Coello Fernández, continúa navegando entre Coche y Porlamar contando a cada amigo y paisano su proeza de mar y río que le ha valido un lugarcito en la historia de la ansiada navegación por los países del Orinoco, Amazonas y el Plata.
         Pero el marino Antonio Coello Fernández, acaso por ir siempre acompañado de su socio, jamás ha visto ni sentido los seres extraños que la leyenda dice pueblan ciertos parajes del Orinoco. Los únicos seres que vio y que le parecían extraños en un río fueron las bondadosas e inofensivas toninas, que también tienen leyendas como aquella según la cual salvan a los náufragos pero se molestan y desisten cuando accidentalmente le rozan las mamas.
        

El creador del Orinoco


         Cuando Amalivac, dios de los Tamanacos y creador del Orinoco, quiso después del Diluvio dejar testimonio de su paso por las tierras del Río Padre, lo hizo junto con su hermano Vocci y un pintoresco cortejo de toninas.
         Las toninas que habitan todos los mares, suelen remontar los ríos caudalosos como el Orinoco, por ello, según la leyenda aborigen, no es extraño que sirvieran de cortejo a tan interesante como mitológico personaje.
         Cuenta la leyenda que Amalivac hizo un recorrido por la Encaramada, Capuchino, Cerro del Tirano, Paso de Cedeño, el Caura, Casiquiare, Esequibo, Río Blanco y otros lugares donde los pronunciamientos rocosos son impresionantes monumentos naturales y en ellos el dios de los indígenas grabó signos muy visibles para dejar constancia de su presencia.
         Los indios cuando navegan en sus curiaras y pasan por estos petroglifos, se confunden todo, creen que tales litoglifos tienen que ver con maleficios y seres extraños que habitan en las profundidades del río y debajo de esas rocas. De manera que para protegerse y librarse de ellos, se aplican ají en los ojos, pues creen que sólo pueden verlos quienes no son ignorantes de sus misterios. La leyenda denota semejanza con la grecolatina de las Sirenas que hechizaban de tal modo con su canto que los navegantes absortos terminaban estrellados contra las rocas.
         Amalivac, a quien los indios Tamanaco estaban sumamente agradecidos por la creación del Orinoco que les facilitaba la comunicación entre un lugar y otro de sus naciones, se quejaban, sin embargo, del curso de las corrientes y de algunos seres extraños que atormentaban al gran río. De suerte que después de un tiempo largo al cabo del cual regresó  Amalivac, acordaron proponerle a su dios que su obra, la del Orinoco, fuera más completa. Le propusieron que lo librara de los seres maléficos que parecían esconderse bajo sus aguas junto con la fauna prodigiosa que les servía de alimento y que en vez de una corriente de agua descendente concibiera otra a la inversa con la misma fuerza para que los remadores no se agotaran en sus largas y penosas travesías. Amalivac, no muy convencido de la propuesta, consultó con su hermano Vocci y tras larga reflexión convino con los aborígenes que mejor sería que pusieran a prueba sus habilidades aprovechando la dirección de los vientos y los aborígenes se la ingeniaron e inventaron la navegación a vela. En cuanto a los seres terribles del río como los saurios que los asediaban para devorarlos, igualmente les aconsejó habilidad e ingenio. Así inventaron la lanza que sólo era penetrable por las fauces o por la fosa axilar del reptil. Hoy prácticamente no hay saurios en el río y ya muy poco ahora se habla de monstruos y dragones que tragan botes, chalanas y devoran a desprevenidos ribereños, bañistas y pescadores.



miércoles, 5 de julio de 2017

La Tortuga del Orinoco

        La Tortuga Arraú (Podocnemis expansa) en las Tortugas Pleurodiras Afro-Americanas.
La arrau o tortuga del Orinoco no sólo habita las aguas del Río Padre sino que vive también en los ríos del Brasil y Perú con un competidor de menor talla, pero que le gana la batalla de la conservación, gracias a que despide un olor muy fuerte.

        La tortuga chelys fimbriata del Amazonas, vulgarmente conocida como matamata, de 35 centímetros de largo, despide un olor característico repugnante y ese olor, acaso como el del mapurite, ha impedido el peligroso estado de extinción que desde mediados de siglo amenaza a nuestra exquisita arrau.
        La tortuga del Orinoco no sólo, en desventaja para ella, huele bien en estado físico natural sino que en el condumio que suele ofrecer la experta cocina guayanesa, su aroma y sabor son más agradables.
        Pero la tortuga orinoquense no es la única convidada a la mesa del hombre de agua y tierra, sino otras muchas de las 300 especies que, según los biólogos, habitan, en su mayoría, en las regiones tropicales. Comparable con la del Orinoco, son las tortugas del género Testudo de las islas Galápagos que, perseguidas por los marinos, a causa de su excelente carne, llegaron a desaparecer.
        Pero más que por su carne, la arrau del Orinoco es perseguida por sus huevos, los cuales dan un aceite comparable al de oliva, utilizado como combustible y en la preparación de alimentos desde los tiempos primitivos hasta la segunda década del  siglo veinte.
        La tortuga del Orinoco no ha llegado a desaparecer del todo gracias a un aldabonazo dado a tiempo en la conciencia de las autoridades ambientales y de los recursos naturales renovables que ahora se preocupan y mantienen programas dirigidos a su conservación y multiplicación.
        Entre los años 1952 y 1961 la captura de las tortugas del Orinoco durante el tiempo de desove, arrojó un promedio de 13.000 ejemplares por año. Si en 1962 el MAC no se hubiera decidido a tomar en cuenta las recomendaciones de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central dictando veda por 5 años que luego fue prorrogando, la infortunada Arrau habría corrido la suerte fatal de las tortugas Tostudo de los Galápagos.
        La explotación y aprovechamiento comercial de la carne y huevos de la arrau datan desde los mismos tiempos de la Colonia, pero no fue sino al comienzo de la segunda mitad del siglo veinte cuando comenzó a manifestarse una preocupación tangible por su suerte desde el punto de vista técnico y científico.
        Alejandro de Humboldt y Aimmé Bonpland, cuando en 1.800 exploraron el Orinoco, estimaron unas 330 mil en la sola Isla Pararuma. Mosquera Manso, en 1945, señaló unas 120 mil y J. Ojasti, investigador del MAC, dijo en 1967 que ya no quedaban en el río sino unas 14 mil tortugas.
        Por su parte, otro de los más preocupados por la destrucción de esta especie de la fauna orinoqueña, doctor Janis A. Roze, Premio Nacional de Investigaciones Científicas, advirtió como signo de extinción, no obstante  la demanda e incremento de la población humana, la progresiva disminución de la rata de explotación evidenciada por las siguientes cifras: 19.566 ejemplares capturados en 1947; en 1950, 15.847; en 1952, 12.055; en 1957, 10.400 y en 1961, 9.088 tortugas. Vale decir, que en 15 años la captura disminuyó en más de un 50 por ciento y no por falta de mercado, pues la demanda siempre fue creciente, especialmente en la temporada de Semana Santa, sino por su explotación irracional coadyuvada por depredadores naturales como el jaguar, el caimán, la garza y el caricari.

Feria de la Tortuga


        Posiblemente sea Alejandro Humboldt el primero en dar cuenta en el siglo diecinueve, del comportamiento biológico y de la forma como era explotada la tortuga del Orinoco, casi lo mismo que han venido posteriormente repitiendo exploradores, viajeros e investigadores, muchas veces sin acordarse del ilustre barón que se aventuró por estas tierras ignotas al igual que Pedro Loefling, para dar a conocer los misterios y prodigios de la vida natural del nuevo continente.
        Antes de Humboldt lo hicieron otros exploradores y viajeros del setecientos como el francés Jean Baptiste Labat y, posterior a Humboldt, dieron cuenta de la tortuga arrau, Francisco Michelena y Rojas (1858) y Jean Chaffanjon (1886), quien de acuerdo al material suministrado a Julio Verne para su novela El Soberbio Orinoco, había tantas tortugas que se podía ir de un lado a otro del río, caminando sobre sus caparazones.
        El 6 de abril de 1800, cuando Humboldt bajaba el Orinoco rumbo a Angostura, donde pasó treinta días, desembarcó en una isla en el medio del río llamada Boca de la Tortuga, donde encontró 300 indios, entre Guamos, Otamacos (Alto Orinoco) y Caribes (Bajo Orinoco), acampando al igual que algunos blancos, sobre todo pulperos o abaceros de Angostura, que habían remontado el río para comprar a los indígenas aceite de huevos de tortuga.
        Humboldt estuvo dos días recorriendo la isla e inquieriendo sobre la vida y explotación del quelonio y observó que “la gran tortuga arrau (Podocnemis expansa), rehuye los lugares habitados por el hombre o frecuentados por las embarcaciones. Es un animal tímido, que saca la cabeza por encima del agua y la  esconde al menor ruido. Al parecer, la tortuga arrau no llega más allá de las cataratas, y, de acuerdo con lo que nos dijeron, aguas arriba de Atures y Maypures solo hay tortugas terekay. El animal adulto pesa de 20 a 25 kilogramos.
        “Las terekay son más pequeñas que la arrau; no se reunen en grandes bandadas, como éstas, para depositar sus huevos juntos en la misma orilla.
        “La época de puesta de la tortuga arrau coincide con el nivel mínimo del río. Como el Orinoco empieza a crecer desde el día de equinoccio de primavera, desde principios de enero hasta el 2O ó 25 de marzo, los bajos fondos de las orillas están secos. Ya en enero la arrau se reune en grandes bandadas y, saliendo del agua, van a calentarse al sol en la arena. Los indios creen que, para encontrarse a sus anchas, el animal necesita un intenso calor, y que la exposición a los rayos solares facilita la puesta. Durante todo el mes de febrero, la arrau se pasa casi todo el día en la orilla. A principios de marzo se reunen los grupos dispersos y se dirigen a nado a las pocas islas donde suelen depositar los huevos. En aquella época, pocos días antes del desove, aparecen millares y millares de tortugas, dispuestas en hileras junto a las orillas de las islas, y alargan el cuello y mantienen la cabeza fuera del agua para comprobar si existe la amenaza del jaguar o del hombre. Los indios, para los cuales tiene gran importancia que las tortugas puedan poner sus huevos con toda tranquilidad, montan la guardia a lo largo de la orilla. Las embarcaciones saben que han de mantenerse en el centro del río para no asustar a las tortugas con su griterío. La puesta de huevos se verifica siempre por la noche. El animal, sirviéndose de las patas traseras-- armadas de garras muy largas y arqueadas—excavan un agujero, de 1 metro de anchura y 60 centímetros de profundidad. La urgencia de los animales es tan grande, que muchas bajan a los agujeros excavados por otros, y que no han sido todavía rellenados de tierra, y depositan una segunda capa de huevos sobre la primera de sus antecesores. Son tan numerosos los animales que durante la noche escavan en la orilla, que a muchos les sorprende el día sin que hayan podido terminar la operación de la puesta. Entonces los apremia un doble afán: el de deshacerse de los huevos y el de recubrir el agujero excavado, a fin de ocultarlo de las miras del tigre. Las tortugas que se han retrasado no atienden a ningún peligro que la amenace; trabajan a la vista de los indios, los cuales acuden a la orilla de madrugada”.
        Humboldt en su libro “Viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente” explica también la forma como se recolectan los huevos para la obtención del aceite. Los indios --escribe—excavan la tierra con las manos, ponen en unas cestitas, llamadas mappiri, los huevos recogidos, y llevándolas al campamento, las echan en grandes dornadajos de madera llenos de agua. Allí los huevos son aplastados por medio de palas, agitados y puestos al sol, hasta que la yema, la parte oleosa que sobrenada, se haya espesado. Esta sustancia oleosa, que se va reuniendo en la superficie del agua, se recoge y cuece a fuego intenso. Y el aceite animal que da como resultado, se guardará tanto mejor cuanto más se haya cocido. Bien preparado, es completamente claro, inodoro y apenas amarillento. Los misioneros lo comparan con el mejor aceite de olivas, y se utiliza no sólo como combustible, sino también para la cocina, pues no da ningún sabor desagradable a los manjares”.

Plan Tortuguillo

        En 1962 cuando el Ministerio de Agricultura y Cría dispuso una veda de la tortuga que luego prorrogó hasta 1970, lo hizo parejo con un programa no sólo conservacionista sino dirigido a la reproducción masiva a escala nacional con el fin de proveer al país de una nueva fuente de consumo alimenticio. El programa comprendía el rescate de cien mil tortuguillos en las islas de Pararuma, Playa del Medio, Simonero y Cabudare, con la colaboración de la Guardia Nacional.
        Este programa, denominado “Plan Tortuguillo”, tenía como meta disponer para los consumidores en el lapso de ocho años, una existencia de 40 millones de kilos de carne de tortuga, cifra que para entonces representaba sobre la producción nacional, un 20 por ciento de la carne de res y un 32 por ciento de la carne de pescado.
        En tal sentido, el Ministerio de Agricultura y Cría comenzó a rescatar millares de tortuguillos que luego sembraba en las principales presas, embalses y lagunas del país, entre ellos, Guarapito, Tamanaco, Las Majaguas, Lago de Valencia, Lagartijo, Caños del Orinoco, Zoata, Guataparo, Taguayguay y el Corozo. Pero al cabo de ocho años ningún organismo dio noticia de los resultados. ¿Fracasó? Es probable, por aquello del cambio de habitat y otros factores biológicos. Lo único cierto es lo de la veda reiteradamente prorrogada a costa de la pérdida de una tradición alimenticia bolivarense, semejante a la de la Sapoara. Hay quienes dicen que la veda y la tradición habrían podido inteligentemente conciliarse.
        En diciembre del 93, Sara Galvez, coordinadora del taller de evaluación del programa Tortuga Arrau, de Profauna, salió a la luz con una entrevista que le hizo Elizabeth Cohen (El Nacional, página C, día 12), en la cual se limita a informar del Programa que en 1989 inició el Servicio Autónomo de Protección a la Fauna Silvestre y Acuática del Ministerio del Ambiente, pero nada dice de los programas anteriores, de sus resultados ni de la veda que por más de tres decenios ha privado al guayanés de su plato favorito de Semana Santa: el carapacho de tortuga. Y no hablemos de los huevos para el aceite, pues los pueblos orinoquenses ya no se alumbran con ese combustible y sus alimentos la sociedad industrial los enseñó a prepararlos con otra refinada clase de aceite derivada de productos vegetales.
        No teniendo importancia económica ya, la recolección de huevos que fue lo que más puso en peligro de extinción a la arrau, el guayanés creía que al cabo de un tiempo se permitiría bajo control muy racional explotar la carne de tortuga, al menos para satisfacer la tradición o cultura alimenticia de Semana Santa, pero de acuerdo con lo informado por Sara Galvez, esto no será posible sino cuando realmente y por virtud del programa vigente, se alcancen niveles para un manejo sostenido en beneficio de las comunidades ribereñas del Orinoco medio.


 

Toninas del Orinoco

      Antiguos delfines marinos que para sobrevivir se mudaron al Río Padre, se proveyeron de otros mecanismos biológicos y adoptaron distintas formas de vida.

         Frecuentemente veía que las toninas pasaban frente a Ciudad Bolívar como ocultándose tímidamente bajo la superficie del Orinoco, mostrando apenas su lomo pardo o verdoso y preguntaba en silencio no sé a quién cuándo tendría la ocasión de apreciarlas en toda su dimensión vital, hasta que un buen día de mayo o junio, sorpresivamente, encontré tres varadas en la playa oriental de la Isla Panadero.
         Navegaba solo, probando una lancha de madera revestida de fibra de vidrio que procedente de Cumaná me había traído un hermano. Lamenté entonces no haber llevado consigo la cámara fotográfica, compañera  en mi oficio de periodista. Las tres toninas estaban allí frente a mí, a muy corta distancia, alzando su infantil y picuda cabeza, como suplicando un milagro de salvación.
         No podía hacer nada por sacarlas de aquel atolladero precedido de una oculta y grande fosa como trampa de la que tenía referencias por un viejo pescador soledadense llamado Corocoro.
         De manera que preferí aguardar antes de dar la alarma, confiado en la pleamar que en el estuario suele represar al Orinoco o en la circunstancia de estar el río saliendo del estiaje pues era tiempo de lluvia en las cabeceras.
         Regresé al día siguiente, preparado para la sorpresa fotográfica, pero ya no estaban. Efectivamente, la pleamar y el flujo fluvial hicieron levantar el nivel del Orinoco unos centímetros y ellas, forzando un poco su pesada pisciformidad, volvieron a su dinámica sumersión.
         Desde la infancia escuché con asombrosa atención a los viejos pescadores hablar de las toninas como grandes cetáceos amigos. Ellas eran el reverso de las ballenas y cachalotes predispuestos a engullirse a cualquier ser humano atravesado en su curso, mientras que la tonina se ofrece generosamente para conducirlo hasta la orilla en caso de naufragio.
         Y no son cuentos de pescadores o viejos lobos de mar. Plutarco, el gran historiador griego, pintaba a ese delfín como modelo de vida altruista, capaz de dar la vida por sus congéneres, y el astrónomo italiano Galileo Galilei, escribió episodios de marinos rescatados por delfines.
         Y es que estos cetáceos mamíferos son delfines o, por lo menos, hermanos de los delfines, aunque los orientales como los guayaneses prefieran llamarlos toninas.

El delfín


         El delfín, como todo cetáceo, es mamífero con cuerpo pisciforme, adaptado para vivir en el agua, pues tiene sangre caliente y respiración pulmonar, sus abuelos o antecesores son los arqueocetos, cetáceos que existieron hace millones de años y por lo tanto, fósiles. Los cetáceos sobrevivientes son los mistacocetos que se caracterizan por excrecencias en la boca llamadas barbas y los odontocetos que tienen dientes, entre los que figuran los cachalotes, ballenas, marposas y delfines.
         No obstante su respiración pulmonar, el delfín puede permanecer largo rato bajo el agua. Para respirar sube a la superficie a intérvalos de cinco minutos, sacando la cabeza y parte del lomo. Habita en casi todos los mares y se arriesga a remontar grandes ríos como el Amazonas, el Plata y el Orinoco. Destaca por la gracia y vistosidad de sus movimientos y fundamentalmente por el amor que profesan a sus hijuelos, hasta el extremo de sacrificarse por ellos en caso de peligro.
         Alcanza una longitud media de dos metros y tiene cabeza pequeña en relación con el cuerpo fusiforme. El hocico termina en punta, como el pico de un pájaro, pero con muchísimos dientes. Las aletas son altas y delgadas, y la piel brillante y lustrosa, de un tinte pardo o negro verdoso en el lomo y blanco en la parte inferior.
         Se cree que los delfines datan del período mioceno de la era terciaria, hace más o menos unos 30 millones de años. Dada su anatomía, pues necesita del aire de la atmósfera para vivir, eran animales terrestres que invadieron el mar y se adaptaron al mismo.
         En las aguas marinas venezolanas han sido reportados 16 especies de delfines, agrupados en tres géneros: Stenella, Tursiops, y Delphinu, entre otros de hábitos estuarinos. De agua dulce, una sola especie: la Sotalia Fluviatis.
         No obstante las leyendas mitológicas y temores supersticiosos que tienden a preservarlo, este cetáceo se halla en peligro de extinción debido a los métodos utilizados para la pesca del atún, apetecido pez marino al que en edad temprana se asocia cuando se desplaza por los mares.

En peligro de extinción


         Ciertamente, el delfín marino se halla en peligro de extinción, corriendo la suerte del atún afanosamente buscado y comercializado para el consumo poblacional. Porque el atún tiene la ventaja de un desove en cantidades tan fabulosas que aseguran indefinidamente su permanencia frente a una pesca cada vez más intensa; pero, el noble delfín, por su misma condición de mamífero, apenas si puede tener uno y hasta dos hijuelos.
         La muerte del delfín se produce culposamente, es decir, sin intención,  cuando a temprana edad se desplaza por encima del cardume de atún. Es su costumbre. En las áreas marinas donde los pescadores otean delfines jóvenes, casi seguro que hay atún. De suerte que el joven delfín viene siendo una forma de señuelo para atraer atuneros lo mismo que el pájaro campanero para el minero, sólo que el pájaro campanero canta y se va, mientras el inocente delfín cae en las propias redes del atunero.
         De acuerdo con estudios de la Fundación para el Desarrollo de las Ciencias Físicas, Matemáticas, y Naturales, en 1986 la flota atunera conformada por barcos de los Estados Unidos, México y Venezuela, ocasionó en el Pacífico la muerte accidental de 129 mil delfines. Situación que dio lugar a la medida de embargo (abril de 1991), impuesta por la Corte Federal de los Estados Unidos y la cual afectó directamente a los atuneros venezolanos y consecuencialmente a la industria de enlatados.
         Venezuela, tratando de librarse de los efectos del embargo, utilizó a Panamá como puente para hacer llegar su producto al mercado norteamericano, pero pronto fue descubierta acarriando con ello, igual sanción de embargo contra el país itsmeño. De manera que a Venezuela no le ha quedado más alternativa que adoptar medidas preventivas a través de la aplicación de nuevas tecnologías en la pesca del atún que evitan el sacrificio de sus señuelos los delfines.

Los delfines del Orinoco


         Afortunadamente las toninas o delfines del Orinoco han estado a salvo de los atuneros, por razones obvias. En el Río Padre, mejor que el atún, predominan la sapoara, el morocoto, el lau-lau y la curbinata. Además, la pesca todavía es muy artesanal y poco puede contra mamíferos tan gigantes como el manatí que se alimenta de hierba y la tonina, de peces muy pequeños.
         Las toninas del Orinoco poco han sido investigadas. Creemos el primero que se interesó por ellas fue, como casi siempre ha ocurrido en nuestro país, un extranjero. En este caso, el científico de la Universidad de Amsterdam, profesor Peter Van Bree, quien a mediados de los años setenta, estuvo en Guayana estudiando las características de la tonina a objeto de determinar si constituía una nueva especie o una subespecie para lo cual era necesario el exámen toxonómico.
         La tonina del Orinoco tiene al parecer parientes en China donde existe una especie de delfín de agua dulce, dos especies muy parecidas en la India, una especie en la desembocadura del río de La Plata (Argentina) y la que habita la cuenca del Río Amazonas que la ciencia cobija junto con la del Orinoco con el nombre de Inia Geoffrensis.
         Una diferencia importante entre la tonina del Orinoco y el delfín de mar estriba en que el delfín marino no puede girar su cabeza; en cambio, la tonina puede hacerlo en un ángulo de 90 grados. Hay otra y es la forma en que están dispuestas las hileras de sus dientes y también por unas cerdas, posiblemente táctiles, para detectar en aguas turbias las presas de que se alimentan.
         Las zonas del Orinoco donde abundan las toninas han sido ubicadas en San Fernando de Apure, San Juan de Manapiare, Río Negro, Mavaca, y en el Infierno, un canal pedregoso del Orinoco, donde por lo reducido se dificulta la navegación de embarcaciones de regular calado. Ahora que se explota la bauxita de Los Pijiguaos en jurisdicción de La Urbana, está más abierto.
         La CVG y el Instituto de Canalizaciones, a través de la empresa ASCA, dinamitaron varias rocas del Infierno a objeto de facilitar la navegación de las gabarras, para lo cual hubo que pedir asesoramiento de la Sociedad Venezolana de Ciencias Naturales, dado que la voladura de rocas en el lugar podía implicar daños al medio ambiente o directamente a las toninas.
         La recomendación fue volar las rocas con cargas pequeñas de dinamita y proteger el área con un tren de pesquería de uno dos kilómetros una vez desubicadas las toninas de la zona de peligro.
         Desubicar las toninas de la zona era el problema, pero al fin encontraron la forma en atención a que estos delfines están catalogados como los más inteligentes de la fauna acuática.
         Durante varios días los científicos de la Sociedad de Ciencias, auxiliados por personal de CVG y pescadores de Mapire, se dieron a la tarea de cebar con sardinas a las toninas atrayéndolas a un lugar seguro, al tiempo que iban estimulando en ellas un reflejo condicionado mediante pitos y silbidos a la hora del alimento. Así pudieron salvarlas de las explosiones con las cuales los expertos de Cavin fueron peinando la parte superior de las rocas que afloraban a la superficie. Se estima que más de un centenar de toninas escaparon de la muerte, suerte que los ambientalistas del planeta están deseando para los parientes de las toninas que habitan los mares y que a edad temprana se hallan expuestos a la voracidad de los depredadores atuneros.

 


 

martes, 4 de julio de 2017

El Manatí

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   Este mamífero gigante del Atlántico remonta el Orinoco, donde es capturado con arpón o palambre de veinte anzuelos, para aprovechar su piel, la grasa y su carne de cuatro sabores. Interesante entrevista con el pescador más viejo del Orinoco.

        Al dictador Juan Vicente Gómez, cuando estuvo en Ciudad Bolívar sometiendo a los revolucionarios de la Guerra Libertadora, le llamó fascinantemente la atención este sirenio llamado Manatí y en 1932 se le cumplieron sus deseos de tener un ejemplar en el zoológico de Maracay.
        Fue un regalo del Presidente del Estado Bolívar, Dr. Toribio Muñoz (1931-1933). Según la información publicada en el vespertino El Luchador del 12 de marzo de 1932, el Manatí era de pocos meses y fue capturado con arpón. Tendría un metro de longitud y unos 30 kilos de peso.
        El Manatí gigante mide hasta cuatro metros y según los estudios hechos hasta ahora puede vivir medio siglo, si es que lo dejan vivir porque como otros pisciformes del mar y del río, también tiene voraces depredadores que no respetan su tamaño para atraparlo de alguna forma y aprovechar tanto su piel como su grasa, su carne y sus huesos.
        Oscar Castro, alias Corocoro, el pescador más antiguo del Orinoco, sostiene que la carne de este sirenio tiene según sus partes y color, sabor de cordero, de res, cerdo y lau-lau.
        -Que tenga sabor de lau-lau no extraña porque, al fin y al cabo, ambos se alimentan de gamelotes, ramas y frutas.
        -También la res y el cordero son herbívoros.
        -Pero no son acuáticos, ni tampoco anfibios.
        -Tienes razón.
        Oscar Castro, a quien ya se le ha olvidado su nombre porque la gente lo ha obligado desde muchacho a responder por “Corocoro”, lleva sesenta años pescando en el Orinoco y vive en la misma orilla del río padre, fumando cachimba y remendando redes durante su tiempo de ocio.
        Vive en la margen izquierda del río, al borde de la colina donde el armador Alberto Minet tiene la casa más placentera de Soledad y desde donde se domina el empinado casco urbano de Ciudad Bolívar y la Piedra del Medio que mide las subidas y bajadas del río.
        Oscar Castro, además de pescador fue fiscal de pesca y caza hasta que el MAC lo jubiló después de haberle servido durante treinta años. Entonces era sesentón. Hoy es octogenario. Cuidaba Corocoro las tortugas de Pararupa y también las bocas de los caños contra el aldrin y el barbasco que suelen emplear los enemigos de la fauna orinoquense.
        Cuando comenzó a ser fiscal de pesca, asistió a unas cuantas charlas y aprendió muchas cosas, entre ellas, lo que significaba continuar sin control con la captura del caimán, la tortuga arrau y el manatí. Eran piezas de la fauna orinoqueña que corrían el riesgo de desaparecer por la forma intensa e irracional de su explotación.
        Castro cree que de estos anfibios, el Manatí es el que está en desventaja. Quedan pocos, acaso menos de un centenar, incluyendo no sólo los que pueblan el Bajo Orinoco y Apure sino también el Delta y el Golfo de Paria.
        El amigo Oscar Castro nos configura el manatí como un zeppelín, de tamaño que puede variar entre tres y cuatro metros en su estado bien desarrollado. Su trompa, vista de perfil, se asemeja a la de un cerdo y de frente alienta el aire de una tortuga. Delante, a manera de brazos cortos tiene dos aletas y en la parte posterior sólo la cola, la cual termina en un borde redondeado. El color de su piel, gruesa y rugosa, varía de acuerdo con el ambiente de su habitat. En el mar, gris azulado y en el río, pardo claro.
        Es manso, fácil de capturar con palangre y arpón, especialmente en tiempo de aguas bajas. Al manatí de mar los pescadores y marinos lo llaman vaca marina. No obstante respirar como los seres humanos pues tienen pulmones y sangre caliente, paren sus hijos debajo del agua y los amamantan con unas ubres que apenas le cuelgan cerca de las axilas.
        -¿Para qué la captura de estos animales?
        -Su carne es sabrosa. Tiene cuatro sabores y, además de su piel utilizada para fabricar bastones, se aprovecha la grasa y los huesos que muchos hacen pasar por marfil. La piel y los huesos, reducidos a ceniza igualmente son utilizados para el tratamiento de ciertos males como el asma y para detener hemorragias.
        Pero ésos son usos que pasaron a la historia de los tiempos en que el Manatí abundaba en las costas de Paria y el Orinoco. Hoy apenas quedan unos pocos protegidos por la veda. Una veda tardíamente dispuesta por el Ministerio del Ambiente y la cual data de septiembre del 78, año en que también la Fundación de Defensa de la Naturaleza (FUNDENA) programó un estudio a través de los científicos, Edgardo Mondolfi y Kalus Muller, quienes alarmados, dieron la alerta sobre el crítico estado de merma de esta valiosísima especie de la fauna orinoqueña.
        Para Castro, el manatí es el animal acuático más grande del Orinoco. Luego le sigue el caimán, la tonina y en cuarto lugar estaría el Lau-lau que crece hasta dos metros y al igual que el Manatí hay que pescar con palangre o arpón, y con carnada a grandes profundidades.
        Considera que el Lau-lau, además de hábitos carnívoros, pues cae con carnada, se alimenta, al igual que el Manatí, de ramas, frutas y gamelotes. El lo ha capturado entre Caicara y el Delta y de todos los bagres del Orinoco, no sólo es el más grande sino el de carne más exquisita. Tiene gran demanda y es el único pez del Orinoco que usted encuentra en el Menú de los mejores restaurantes.
        Después del Lau-lau, en demanda, le sigue el Bagre amarillo. Su carne es de excelente calidad y se puede pescar no sólo en el canal del Orinoco sino también en las zonas de inundación, vale decir, en rebalses o lagunas, al igual que la sapoara, lo que no suele ocurrir con el Lau-lau.
        Otros bagres de menor demanda son el Blanco Pobre, Cajaro, Cabo de hacha, Doncella, Dorado, Mapurite, Rayao, Bagretigre, Bagre yaque, Bagre garbanzo, Bagre paisano y Bagre zapato.
        Todos esos bagres han pasado por el paladar de Corocoro, pero lo que no nos explicamos es porqué Oscar Castro, bolivarense del Barrio la Alameda, donde nació esa gran promotora del béisbol amateur que fue doña Luisa Alameda, lo apodan Corocoro, siendo éste un pez de mar y él un hombre de río.
        -Ese apodo del que jamás pude librarme, se lo debo a un maldito paisano que me encontró semejanza, no con el sabroso corocoro de mar, que tanto abunda en los mares de la Isla de Coche, sino con esa garcita negra llamada así y que mucho anda por estos lares.
        -Lo que quiere decir, que usted como la Corocora tampoco sale del río.
        -Así es. Desde la edad de 12 años no he podido alejarme del río y cuando una vez quise cambiarlo por el mar, debí regresar porque no es lo mismo naufragar en el mar que en el río donde la costa está al alcance inmediato de uno. El río, chico, es mi vida, es mi manera de ser y de sentir y la pesca el oficio más placentero del mundo. Y ahora, para mayor fortuna del pescador, el pescado se paga bien, tanto o mejor que la carne.
        -Usted, por supuesto, ¿con tantos años de pesca acumulados, debe estar rico?
        -Qué voy a tener, estoy más limpio que el c...
        -¿Y esa casa, ese familión, esas redes, esas curiaras, esos motores?
        -Todo eso se lo debo al río, pero de allí no pasa, porque si bien el pescado pasó a equipararse en precio a la carne, el de los insumos ha subido tanto como el precio del dólar.
        -Entonces, ¿la situación está mala para usted?
        -Para mí y unos cuantos.
        -¿A qué partido político de tantos pertenece, Corocoro?
        -Nunca he sido político.
        -Cuando votas, ¿por quién lo haces?
        -No te puedo decir.
        -Desde que tienes uso de razón ¿cuál crees que ha sido el mejor Presidente de la República?
        -Te voy a decir la verdad: Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez.
        -¿Conociste a Gómez, por casualidad?
        -Lo conocí en Macuto. Tenía yo 18 años y navegaba en un barco llamado el San Vicente.
        Oscar Castro, primero que pescador fue marinero de los barcos de la Venezolana de Navegación. Recuerda que a muy corta edad lustraba zapatos y a los trece debió embarcarse en El Amparo, capitaneado por el Cabo Vito, en el cual sufrió más de un mareo cuando el barco salía del estuario orinoqueño rumbo a Trinidad, Maracaibo o Curazao.
        Un día se cansó de El Amparo y se embarcó en El Delta, con el capitán Chity Pardo. Allí conoció a Pedro Estrada, trabajando como Contador. Él que se ganaría en la década del 50 el título de Chacal de Güiria dejó durante su paso por el Delta, evidencias claras de lo que sería después cuando le tocó ser Jefe de la terrible Seguridad Nacional. Perseguía y amenazaba a la marinería para evitar que pasara alguna pacotilla de contrabando.
        Luego fue marino del Bienvenido, un barco inglés que hacía escala en Trinidad, Barbados, Martinica, San Lorenzo y Cayena, transportando ganado desde Ciudad Bolívar. Ganaba 27 dólares al mes, un poco más que en El Delta y casi lo mismo de lo que comenzó a devengar después (1945) en el remolcador Alberto Lewis, donde prácticamente terminaron sus andanzas de marino.
        El Alberto Lewis naufragó el 5 de diciembre de 1945 cuando remolcaba una chalana cargada de yeso, desde Puerto Colón a Puerto Cabello. Se hundió en las Bocas de Trinidad, entre Los Paticos e Islas de Patos.
        -A punto de perecer ahogados estuvimos once tripulantes que nadando buscábamos alcanzar la costa, cuando al cabo de cuatro horas apareció el barco Aída y la Lancha Fiscal de Güiria para socorrernos. A bordo venía Luis Piñerúa Ordaz, quien era el Administrador de la Aduana.
        -Pedro Estrada te trató mal y Piñerúa te salvó. Allí está la diferencia entre Dictadura y Democracia: sin embargo, tú tienes mejor percepción del gobierno dictatorial ¿por qué?
        -Por el orden, la disciplina. Hoy en día cualquier pavito te falta el respeto y si lo reprendes con un jalón de oreja, inmediatamente te cita el Consejo Venezolano del Niño.
        -El Instituto Nacional del Menor ¿querrás decir?
        -Para el caso es igual, chico.
        -De manera Corocoro, ¿qué la democracia definitivamente no funciona?
        -Sí funciona, lo que pasa es que tiene las manos muy blandas, pero no vayas a poner esa vaina.
        Oscar Castro es un personaje pintoresco de la angostura del Orinoco. Muy solicitado por quienes desean navegar el río y enterarse de la pesca artesanal. Cosa rara, Corocoro no cree mucho en la religión católica, tampoco en brujería ni en nada por el estilo. Sin embargo, le preguntamos si creía en Dios.
        -No creo en Dios sino en una mano poderosa.
        -Entonces, ¿niegas la existencia de Dios?
        -¿Quién vió a Dios para retratarlo? Nadie
        -¿Y en Jesucristo?
        -No, porque se dejó j... por los judíos.
        -Pero, resucitó.
        -Ese es el negocio de los curas.
        -¿Y en los Santos?
        -No en los de cartón, ni en los de palo o yeso.
        -¿Y en la Virgen del Valle?
        -¡En esa si es verdad que no dejo de creer!




domingo, 2 de julio de 2017

El Caimán del Orinoco


         Este reptil que habita el planeta desde hace 200 millones de años, ha sido víctima de la depredación humana más despiadada, tanto por la utilidad de su piel como por el temor agresivo del hombre frente a su instintiva voracidad.

         Después que los científicos Alejandro de Humboldt y Aimmé Bonpland navegaron y exploraron el Orinoco, dieron cuenta de la voracidad de estos reptiles, los Caimanes, de dura piel oscura, parecidos al cocodrilo.
         Lo que más sorprendió a los viajeros fue el índice de mortalidad humana a causa de la voracidad de estos saurios del Orinoco. Muchos más seres humanos de lo que se cree en Europa sucumben anualmente víctimas de su imprevisión y de la avidez de los reptiles, escribió Humboldt.
         La curva de mortalidad se veía elevada regularmente en tiempos de inundación, sobremanera porque el reptil, una vez probada la carne humana se quedaba cebado en el sitio por largo tiempo, pues debido a su astucia y a lo invulnerable de su piel, resultaba difícil eliminarlo. Para liquidarlo había que dispararle con arma de fuego a las fauces o en la fosa axilar.  Los indios tenían su propio método. Lo capturaban con poderoso anzuelo de hierro puntiagudo, cebado con carne y atado a una cadena que luego aseguraban en un árbol. Tras su captura terminaban con él atacándolo con lanzas.
         Jules Crevaux, naturalista y etnólogo francés que exploró el Orinoco y Guaviare en 1880-1881, dejó constancia de la forma cómo tuvo que luchar contra los caimanes del Orinoco para que le dejaran el paso libre en su aventura.
         “Durante todo el día guerreamos contra los caimanes –dice. Les disparamos a treinta pasos, lo que los aleja con toda seguridad. Los hay enormes reposando en los bancos de arena. Sobrepasan en tamaño todos los que he podido ver tanto en ríos como en las colecciones.
         “Cuando la corriente nos lleva del lado de esos bancos de arena, sus terribles moradores se echan al agua y son muchas las veces en que uno que otro, a veces varios juntos, se dirigen a nuestra balsa.
         “Uno de ellos nos hace pasar hoy un momento de susto. Delante de nosotros hay un banco de arena, poco elevado, cortado a pique. Casi lo tocaremos al pasar. Un caimán excepcionalmente largo y gordo descansa inerte en el borde. Su vientre tiene unas proporciones tales que parecen haber sido aplastado. ¿Qué hará cuando pasemos algunas brazas de él? Le Janne estima prudente ahuyentarlo con una bala. Al primer disparo el reptil entreabre la boca y se inclina un poco de lado estremeciendo violentamente la cola ¿Estará muerto o simplemente a la defensiva?
         “A diez metros. Le Janne le dispara la segunda bala que lo alcanza en el vientre. Se echa al agua que proyecta violentamente alrededor suyo. Parece dirigirse hacia nosotros. Pero se sumergió dejando tras él un poco de sangre y para nosotros el paso libre”.
         Cuando el escritor Rufino Blanco Fombona navegaba el Orinoco, de Ciudad Bolívar a San Fernando de Atabapo, para encargarse de la Gobernación (1905), cuenta en su diario que para distraerse, disparaba su Winchester “contra los ruidosos y burlescos araguatos que a la vera del río cabriolaban en las frondas(...) Disparábamos también sobre los caimanes cuando se dignaban sacar a flor de agua sus hipopotámicas costras; o bien cuando se tendían en la playa, al sol, abiertas las enormes fauces. Les metíamos las balas por la boca, por los ojos. Daban brincos gigantescos y se metían en el agua”.
         Era evidente la desventaja del caimán frente a los recursos depredadores del hombre y mucho más se acentuaba cuando circunstancialmente se engullía a un infortunado, servido para la vindicación. Para muestra bastaría citar entre numerosos casos, el de Francisco Castillo, septiembre de 1900. Este mayordomo de uno de los hatos del Torno, propiedad del general Ernesto García, fue devorado por un caimán contra el cual luego se desató una persecución implacable hasta que fue capturado.
         Para asegurarse asimismo los vengadores de que se trataba del caimán que andaban buscando y no otro, le abrieron el vientre y quedaron convencidos, pues encontraron restos del mayordomo que el caimán se había engullido. Medía 5 varas y fue capturado tras ser aturdido con el estallido de una dinamita.
         No ocurrió lo mismo el Jueves Santo de 1914, cuando en isla Platero del Paso del Infierno, sucumbió víctima de la voracidad de un caimán el marinero de la piragua “Amazonas”, Amador Pérez, de 39 años y natural de Tucacas.
         El infortunado fue cogido por la cabeza y arrastrado violentamente por el saurio, sin permitir que los compañeros de la embarcación pudieran auxiliar al desgraciado, al que vieron aparecer a lo lejos, por tres veces, debatiéndose entre las mandíbulas del animal, hasta desaparecer del todo, sin dejar más rastros que el sombrero de la víctima.
         En el paso del Infierno donde los saurios tienen los escollos y torbellinos a su favor, resultaba harto difícil perseguir y enfrentar a un caimán como el que devoró al marino falconiano. No así en las riberas angostureñas, donde siempre llevaban las de perder como le sucedió al caimán que en Ciudad Bolívar devoró a una lavandera del sector de Los Corrales. Este fue perseguido por Santos Rodulfo, empleado de la lancha de Andrés Juan Pietrantoni, quien le dio muerte y luego lo exhibió durante varios días en la playa del Paseo.
         Ese mismo año (1916), en la playa de Soledad, el viejo patrón Andrés Pérez, mató un caimán a canaletazo limpio. Increíble, pero así fue. Hasta ese momento nadie imaginaba que fuese posible acabar con la vida de un saurio asestando reiteradamente un canalete sobre la misma testa.
         Frente al Resguardo de Ciudad Bolívar, bello inmueble restaurado  por la Armada después de un largo abandono, el oficial de policía, Samuel Gutiérrez, de un solo tiro de máuser, acabó con la amenaza de un caimán, de 3 metros, que merodeaba por esos lados en el año 1931.
         Había otro por la zona de Orocopiche que no dejaba en paz a las tradicionales lavanderas del sector. Este fue capturado el 3 de julio de 1950, entre la Boca del San Rafael y La Toma, cerca de la Cerámica, por el Mayor José Antonio González, jefe militar de la plaza, Jorge Suegart, director de El Luchador y un hijo de éste que así se lo propusieron de manera exitosa.
         El último caimán que moraba por estos lares lo mató el prefecto del distrito, capitán José León Medina, en agosto de 1951 cuando el Orinoco se metió hasta algunas calles de la ciudad y hubo la alarma de un hermoso caimán que veían asomar sus fauces por el muelle de la Aduana, dispuesto a tragarse al primer caletero que cayera al río.
         Para los años del cincuenta ya quedaban pocos caimanes en la cuenca del Orinoco, debido a la constante persecución y captura, no sólo porque representara una amenaza para los usuarios del río sino por el elevado valor comercial de su piel en Europa, donde es utilizada en la confección de zapatos, bolsos y maletines.
         Había en Venezuela empresas que se dedicaban a la caza de estos saurios para el comercio de exportación en una acción incontrolable, rayana en lo vandálico, hasta el punto de quedar la especie reducida al borde de la extinción.
         Para 1990 se estimaba que tan sólo quedaban en la cuenca del Orinoco unos 266 hidrosaurios repartidos, 76 en el río Cojedes, 78 en el Capanaparo, 67 en el Meta, 19 en  Cinaruco, igual número en Tucupido y 7 en el Tinaco. En Colombia sobreviven unos 300, según estudios conjuntos realizados por la Universidad británica de Cambridge, la Fundación para la defensa de la naturaleza (FUDENA), la Universidad de Los Llanos y los fundos pecuarios Masaragual y el Frío, donde existen centros de cría en cautiverio.
         En 1974, el Gobierno Nacional decretó la veda y cuatro años después se implementó en caño Guariquito de Apure y otros puntos de los Llanos un plan de recuperación y reintroducción del caimán en el Orinoco. Se recolectan huevos en sitios silvestres, los cuales se incuban artificialmente. Hasta ahora el índice de supervivencia se ubica en un 70 por ciento, el cual representa una importantísima mejora sobre el 95 por ciento de mortalidad que se registra en las poblaciones de estado natural.
         De acuerdo con los resultados de los programas puestos en ejecución para evitar la extinción del animal que más se aproxima al dinosaurio, el caimán volverá a poblar al Orinoco, pero no será un caimán domesticado, capaz de conciliarse con el hombre que tanto perjuicio le ha causado. Ya lo apreciaron en el 89 cuando un caimán para la reproducción se fugó de su habitat artificial en Puerto Ayacucho. A éste que afanosamente buscaban infantes de marina del apostadero, se le atribuía la desaparición de un menor de ocho años que se bañaba en la zona. Asimismo la desaparición del teniente de fragata José María Chacín Pompa, quien se dio por ahogado tras percance sufrido por una lancha de la Armada. Por lo que, como bien lo deja sugerido en su diario de exploración el varón de Humboldt, es importante la prudencia y no retar, “a este príncipe encantado que vive eternamente prisionero en el palacio de cristal de un río”.
        
Enorme tronco que arrancó la ola
         yace el caimán varado en la ribera
         espinazo de abrupta cordillera
         fauce del abismo y formidable cola
         El sol lo envuelve en fúlgida aureola
         y parece lucir cota y cimera
         cual monstruo de metal que reverbera
         y que al reverberar se tornasola
         Inmóvil como un ídolo sagrado
         ceñido de mallas de compacto acero
         está ante la agua estático y sombrío
         a manera de un príncipe encantado
         que vive eternamente prisionero
         en el palacio de cristal de un río.
                  
                   (José Santos Chocano

sábado, 1 de julio de 2017

La pesca en el Orinoco

         La masa ictiofaúnica del río Orinoco permanece casi intacta con unas 400 especies cuantificadas y un potencial pesquero medido en 45 mil toneladas por año. Actualmente se pesca sólo una cuarta parte.


         No existen registros claros que señalen cuándo comenzó la pesquería en el Orinoco, pero en el siglo XVIII, según el padre José Gumilla y Alejandro Humboldt, los lugareños ya la practicaban con sistemas que a través del tiempo y sin perder su calidad artesanal, han ido perfeccionando.
         En la actualidad podemos decir que los métodos de pesquería son de los más efectivos, probados en los países del mundo donde existen ríos como el nuestro, sin embargo, la actividad pesquera sigue siendo mínima comparada con la ingente potencialidad del río.
         Desde Puerto Ayacucho hasta el Delta se ha calculado con técnicas utilizadas por organismos como la FAO y la Unesco, que existe un potencial de 45 mil toneladas de pescado explotables al año, vale decir, un kilogramo por hectárea, tomando en cuenta la superficie de 45 mil kilómetros cuadrados del área inundable del Orinoco que es donde se da la pesca.
         Pero de acuerdo con estudios realizados por la División de Desarrollo agrícola de la CVG, desde Puerto Ayacucho hasta el Delta, la explotación de ese potencial está en el orden de las 10 mil toneladas, equivalente al 5 por ciento de la producción nacional que es de unas 200 mil toneladas al año.
         Caicara y Cabruta conforman entre esos dos puntos (Delta-Puerto Ayacucho) el polo de producción más importante con las especies cachama y curbinata que ocupan los primeros lugares de la producción global del sector, aproximadamente el 55 por ciento.
         Entre Las Majadas y Ciudad Bolívar cobra importancia la curbinata, el rayao, y el coporo, especialmente el último en un 60 por ciento y, finalmente, el Delta donde el morocoto y los bagres (lau-lau, dorado, blancopobre), ocupan el puesto principal. Además en el Delta se explota el busco o curito, un recurso que sólo se da allí en gruesas cantidades. De estas dos especies se producen unas 1.200 toneladas al año que salen a los mercados de Sucre y Trinidad.
         Fundamentalmente, el pescado que se produce en el Orinoco va hacia los centros de consumo a través de tres canales de distribución: uno situado en el eje Caicara-Cabruta, desde donde salen 6 toneladas al año dirigidas al mercado centro-occidental del país; otro que va de Ciudad Bolívar al sur de Anzoátegui y Monagas y, el tercero, que se dirige de Barrancas y el Delta hacia el Oriente, Caracas y Ciudad Guayana. Pero los guayaneses, además del pescado de río, también consumen pescado de mar que semanalmente llega de Puerto La Cruz y Cumaná en una producción de 6 mil toneladas al año.
         El pescado de río ha venido cobrando importancia comercial más allá del mercado local, desde finales de los años sesenta; en primer lugar, como consecuencia del crecimiento poblacional del país y luego, por disminución relativa de la oferta del pescado de mar a causa de la sobreexplotación de nuestros recursos marítimos a lo largo de la costa venezolana, agravada por métodos de pesca como el de arrastre, que hacen verdaderos estragos.
        
400 especies cuantificadas

         Durante los últimos veinte años el Estado venezolano a través del Ministerio de Agricultura y Cría, el proyecto pesquero de la CVG, el Instituto Linnológico de la UDO y entes privados como Fundación La Salle, ha venido dando importancia a la investigación biológica de los peces, convencido de que con un mejor conocimiento en este sentido se puede manejar mejor el recurso e incrementar la producción sobre una base más racional y conservacionista.
         Ese cúmulo de investigaciones evidencia la existencia en el Orinoco de una ictiomasa conformada por 400 especies, de las cuales tan sólo la Sapoara, el Coporo, el Busco, el Rayao y la Cachama han sido científicamente estudiados y catalogados, particularmente porque son los más importantes desde el punto de vista económico y los más abundantes también.
         El proceso de investigación, aparte de estimular la piscicultura en Guayana ha arrojado luces sobre facetas desconocidas de estas especies. Por ejemplo, hay cosas muy interesantes con las migraciones, especialmente de la Sapoara y el Coporo que obedecen a conductas muy particulares. Asimismo son interesantes los procesos reproductivos del Busco o Curito deltano.
         El Busco o Curito es un bagre pequeño que se captura en los caños deltanos, asociado a las formaciones de Bora, con la cual se alimenta. Desde 1970 la captura se ha venido incrementando hasta llegar actualmente a unas mil toneladas al año.
         La pesquería de esta especie se desarrolla durante los meses de verano, de diciembre a abril. El producto se concentra todo en el puerto de Barrancas del Orinoco y de aquí se distribuye hacia el norte y oriente de Venezuela, Trinidad y Puerto Rico. Sólo se explota una pequeña parte de su potencial y desde el punto de vista de la piscicultura, los ensayos hechos hasta ahora indican que crece muy rápido y tiene la virtud de reproducirse en áreas confinadas con lo cual sus posibilidades crecen mucho más. Es un pez autóctono del Delta, pero también se da en zonas del río Apure y río San Juan del Estado Sucre.

Piscicultura


         A partir de importantes ensayos realizados por la CVG, la piscicultura está tomando cuerpo en Guayana. En el cuadrilátero comprendido entre el Manteco, Guasipati, Tumeremo y Upata y también en el distrito Cedeño hay un buen número de parceleros dedicados al cultivo de peces para el autoconsumo. Cada familia tiene 200 kilogramos de pescado disponible: morocoto, cachama, pavón, busco, sapoara y coporo en lo que ellos llaman tapones o microrepresas. Es una producción adicional del Orinoco porque de sus lagunas vienen las semillas obtenidas durante el verano cuando se secan.
         Asimismo la Corporación Venezolana de Guayana viene realizando siembra selectiva de peces en el Lago de Guri a fin de mantener los niveles poblacionales de las especies que mayor impacto reciben de la explotación pesquera, se realizan siembras de alevines de especies que de acuerdo con ensayos previos se adaptan a las condiciones ambientales de la represa. En la población de El Manteco, para tal fin, opera una estación donde se realiza la reproducción inducida del coporo y el pavón. El coporo no llega a reproducirse dentro del lago, por lo que hay que sembrarle peces de un año de edad, luego del desove y conexión que establecen numerosos recursos de agua en el Lago de Guri durante la temporada de lluvias.

Piscifactoría flotante


         La Fundación La Salle a manera de ensayo instaló una Piscifactoría flotante en Represa de Macagua para la producción de híbrido cachama-morocoto gracias a un convenio con el Ejecutivo Regional a objeto de distribuir a bajo precio la producción, unos 100 mil kilogramos al año, en los sectores marginales de Ciudad Guayana.
         La Fundación La Salle tiene una estación Hidrológica en Guayana y desde 1984 con el apoyo de CVG-Edelca venía trabajando en ese proyecto de producción masiva de pescado continental que al fin cristalizó con un aporte de 15 millones del Ejecutivo Regional, luego de un ensayo exitoso en la Presa San pedro de Tumeremo, donde se cosecharon 600 kilogramos de cachama en una jaula.
         Otro proyecto en manos de los biólogos de la Estación Hidrológica de la Fundación tiene que ver con el cultivo del camarón de agua dulce, no obstante el ingente potencial de camarones marinos del Delta del Orinoco y que el biólogo Daniel Novoa ha estimado en 3 mil toneladas anuales. Pequeñas empresas nacionales operan en la Barra de Macareo y en la de Cocuima que producen camarones para todo el país, tratando en cierto modo de competir con la gran flota camaronera de Trinidad. Existe un convenio entre los gobiernos de Venezuela y Trinidad que autoriza hasta 60 embarcaciones de la vecina isla para pescar en el Delta, lo que ocurre es que en vez de ese número suman muchas veces hasta 200.