jueves, 11 de mayo de 2017

Tomás Funes: el Terror de Río Negro


         El recuerdo de Tomás Funes, el barloventeño que estremeció al territorio de Río Negro, se percibe ya como diluído en la frágil memoria del hombre, pero vivo, sin duda, en la palabra testimonial escrita.

        
         Tomás Funes pertenece al pasado de la Venezuela rural y salvaje, de la Venezuela del balatá y el caucho, por donde sangró no sólo la voluntad aventurera del buscador de fortuna, sino los edénicos ecosistemas de la Guayana adentro. 
         Ya no hay árboles que trepar ni gutapercha  y látex que recoger ni victimarios para narrar sus crímenes. Funes murió  patentizando la sentencia según la cual, quien a hierro mata a hierro muere. Murió en 1921 impactado por las balas del revolucionario antigomecista Emilio Arévalo Cedeño, en San Fernando de Atabapo, a la sazón, capital del Territorio Federal Amazonas o de Río Negro, escenario de sus crímenes.
         ¿Quién era ese criminal, quiénes lo secundaron, cuántas sus víctimas, de qué forma las eliminó, por qué y cómo comenzó y terminó esta historia horripilante?
         Tomás Funes, era un barloventeño de Río Chico, llegado a Ciudad Bolívar a comienzos del presente siglo, con un modesto cargo militar que apenas le servía para sobrevivir en tierra ajena, pero que bien lo favoreció para entrar  de lleno en el comercio y seguir más tarde a la zaga de aventureros ansiosos de mejor fortuna.
         Amazonas o San Fernando de Atabapo, como mejor era conocido entonces ese territorio virgen donde moran los Yanomami y los Guahibos, prometía la riqueza del balatá, la sarrapia y el caucho además de colorantes y otras resinas, de gran demanda en el mercado internacional y allá se fue Tomás Funes atraído por las perspectivas de la explotación de los productos forestales.
         Para 1910 ya Tomás Funes era un próspero comerciante pintado por el escritor Gonzalo Perdomo como jefe de la primera casa comercial del territorio y cuyo negocio se asemejaba más a un cuartel que a una casa mercantil.
         Pero aún así, contra Funes se cometían algunos abusos en Ciudad Bolívar solicitando créditos a su nombre hasta el punto de tener que pagar un aviso por la prensa alertando al comercio en los siguientes términos: Importa saber que no pagaré por ningún motivo deuda u obligación alguna que no haya sido contratada personalmente por mí o con mi autorización escrita. Hago ésta a fin de prevenir abusos.
         Solucionado este problema con un simple anuncio subsistía, sin embargo, otro que Funes y demás comerciantes no encontraban la forma de solucionar, pues se trataba de una situación que tenía sus propias fuentes de alimentación y perturbación en el Poder.
         Quienes en San Fernando de Atabapo vivían de la explotación y exportación de productos forestales, enfrentaban a un competidor desleal y con todas las ventajas del Poder: la Casa Mercantil Pulido & Cia, cuyo mayor accionista era el general Roberto Pulido, gobernador del territorio.
         Las medidas del  gobernador Pulido que tuviesen que ver con la explotación de productos forestales exportables como la goma tendían a favorecer sus intereses en perjuicio de la competencia. Así, el impuesto que la Gobernación cobraba por la salida del producto forestal fuera del territorio, era costumbre pagarlo en giros a la vista a cargo de acreditadas casas mercantiles de Ciudad Bolívar. El gobernador Roberto Pulido; sin embargo, dictó un decreto ordenando que tales derechos había que pagarlos en oro en el propio San Fernando.
         El decreto causó indignación e incluso fue protestado por el comercio de Ciudad Bolívar, pero no hubo vuelta atrás y ante la imposibilidad de cumplir con esa forma de pagar el gravamen, los comerciantes se veían impelidos a vender el producto forestal a precio de gallina flaca, en el propio San Fernando. Y ¿quiénes lo compraban? Los agentes de Pulido & Cia, que además monopolizaban el servicio de transporte mixto de carga y pasajeros.
         Ante esta situación que los llevaba a la ruina, los comerciantes y agentes de San Fernando no encontraron  otra salida en defensa de sus intereses que armar una conjura liderada por uno de ellos, Tomás Funes, hombre grave y serio que les inspiraba confianza y seguridad dada también su condición de viejo soldado de montonera.
         El 8 de mayo de 1913, fue la fecha escogida para rebelarse en armas contra la situación imperante. Había que derrocar al gobierno local por la fuerza para llamar la atención del Poder Nacional sobre lo que estaba ocurriendo en  territorio de la Amazonía con los productores y trabajadores de la selva.
         Pero bajo el influjo del alcohol ingerido para darse bríos, despertaron los conjurados todas sus pasiones primitivas cabalgando sobre un odio que parecía ancestral y el resultado fue una carnicería en la que fueron sacrificadas familias enteras. Bastaría con decir que doña Mercedes Baldó, esposa del Gobernador, fue ultrajada y asesinada junto con sus dos niños.
         Masacrados por las armas de los rebeldes la misma noche del golpe fueron el gobernador Gral. Roberto Pulido, su esposa y dos niños; el Secretario general de gobierno, Antonio Espinoza; Pablo H. Pulido, E. Delepiani, Baldomero Benítez, Jesús Cabecci, Pedro Varela, Heriberto Maggi, Rafael Maggi, Juan Bautista Espinoza, N. Linares, N.,  Bonalde, N. Chávez, Pedro Becerra, N. Martínez, Reyes Carvajal, Froilán Valero, Domingo Martínez, J. M. Soublette y dos peones, todos en el propio San Fernando de Atabapo.
         En Santa Rosa de Amazonas hubo tres víctimas (Antonio Valero, su hijo y Jesús Valero). En Maroa y la montaña de Yavita, 5 muertos; uno en Punta Don Diego; 3 en Punta de San Diego; 2 en el Vichada; 1 en Isla Ratón; 3 en Maipure, (Gral. Víctor Aldana, Feliciano Guevara y Mariano D`Griello) y 4 en Atures.
         Funes encabezó la matanza con 25 hombres armados, entre ellos, Luciando López, Manuel García González, Balbino Ruiz, Jacinto Pérez (a) Picure, Casimiro Zamarra (a) Avispa, Pedro Medina, Manuel Maestracci y Ramón Yánez.
         Tomás Funes se hizo dueño y señor de los predios del Amazonas y gobernó durante ocho años tolerado por Juan Vicente Gómez en razón de que los enemigos de Gómez eran los propios enemigos, de Funes, pero para sostenerse hubo de sacrificar a más de 400 personas, entre ellas familias completas. Los encargados de eliminar a sus enemigos manifiestos o potenciales eran sus guardaespaldas y sicarios Casimiro Zamarra (a) Avispa y Jacinto Pérez (a) Picure. Para la tortura, el chantaje y la muerte les resultó apropiada la llamada Trocha de Tití, verdadero sendero de la muerte al que estaban irremisiblemente destinados todos los malvistos y perseguidos así como aquellas personas delatadas por el espionaje que la satrapía mantenía de oficio en cada rincón del Amazonas. Nunca la vida, la dignidad y la libertad estuvieron tan amenazadas en el Amazonas, pero como dice el adagio: no hay mal que dure cien años  ni cuerpo que lo resista.
         Aquel mal pernicioso se acabó el 27 de enero de 1921 cuando en la segunda de sus siete invasiones desde Colombia contra la dictadura de Juan Vicente Gómez, el guerrillero Emilio Arévalo Cedeño, incursionó contra aquel feudo funesto de Funes, el otrora soldado del General mochista Lorenzo Guevara que        en 1901 se alzó contra Cipriano Castro.
         Emilio Arévalo Cedeño, antiguo jefe de telégrafo en su pueblo de Valle de la Pascua como también en Ciudad Bolívar y Caicara de Maturín, abandonó su oficio y con 40 hombres se alzó en Cazorla contra Gómez el 19 de abril de 1914. Desde entonces fue jefe guerrillero hasta que caído Gómez, el sucesor Eleazar López Contreras lo nombró Presidente del Estado Guárico, 1937.
         Entre todos sus combates librados en Venezuela sobresale esta exitosa incursión desde Colombia contra Tomás Funes. Acaso pensó el jefe guerrillero que pelear contra el  “Terror del Atabapo” era hacerlo contrata la dictadura de Juan Vicente Gómez, porque a la postre ambos representaban lo mismo o, en todo caso, la existencia de Funes era producto de la tolerancia del hombre de La Mulera.
         Decidió el guariqueño Emilio Arévalo Cedeño  hacer justicia por los centenares de víctimas de Funes y desde Casanare partió en curiaras el 31 de diciembre de 1920 con 193 hombres desarrapados y mal equipados. Siete días después entraron al Orinoco por la desembocadura del Meta y a los veinte siguientes ya estaban en San Fernando, primitiva capital del territorio Federal Amazonas, en la confluencia de los ríos Atabapo, Guaviare y Orinoco.
         Entraron a San Fernando de Atabapo por la Pica de Tití y el 27 de enero de 1921 y, a las cuatro de la mañana, iniciaron el ataque contra Funes, aprovechando que gran parte de los hombres con los cuales contaban para hacerle frente a una eventualidad como ésta, se hallaban, por ser la temporada, en plena selva de recolección y explotación de la sarrapia y el balatá.
         El ataque a la Casa Fuerte de Funes de donde siempre salió un fuego nutrido, duró 28 horas y se desarrolló y decidió así como lo narra en sus memorias el propio jefe guerrillero Emilio Arévalo Cedeño.
         “Funes se defendía con bravura y desde su cuartel, en donde estaba acorralado por nosotros hacía un fuego nutrido sobre mi ejército, confiado en la gran cantidad de parque de que disponía. Nosotros apenas con unos cinco mil tiros, debíamos economizar
nuestras municiones, pegarnos a la pared del cuartel y disponernos al sitio de una manera rigurosa. Al siguiente día y a las veintiocho horas de lucha, ordené petrolizar todas las puertas y alares del cuartel, desde el cual el fuego nos hacía un daño terrible. Estaba resuelto a incendiar la posición y destruir al monstruo en medio del fuego de ella, antes que retirarme con la vergüenza y con el fracaso. Comprendiendo Funes lo difícil de su situación y que estaba irremisiblemente  perdido, ordenó salir a un parlamentario, para anunciarme que estaba rendido y deseaba entregarse, pero que necesitaba ser protegido al salir por temor a las iras populares, que invariablemente  se presentan furiosas e incontenibles a la caída de los tiranos. En aquel momento fue que vino a acordarse Funes de que es mal negocio ser malo, y que lo práctico es ser bueno. Inmediatamente ordené una comisión para ir al cuartel y recibir a Funes como prisionero y desarmar la guarnición que lo acompañaba, comisión compuesta del general Fermín Toro, quien era mi jefe de Estado Mayor, del coronel Luis Felipe Hernández, quien era mi segundo jefe; del general Marcial Azuaje, quien era jefe del Cuerpo Anzoátegui y varios ayudantes”.
         Tras la rendición, el jefe guerrillero convocó a los sectores representativos de San Fernando para que eligieran de su propio seno un nuevo Gobernador del Territorio. Seguidamente nombró un Tribunal de Guerra para juzgar a Tomás Funes y a su lugarteniente  Luciano López, responsables directos de 420 crímenes ocurridos en el territorio durante ocho años.

         Fungió de Defensor en el juicio el propio Secretario general de Gobierno de Funes, coronel Eliseo Henriquez. Tomás Funes y Luciano López fueron condenados y pasados por las armas a las diez de la mañana del 30 de enero de 1921, por un pelotón al mando del Capitán Marcos Porras. Veinticinco días después, Emilio Arévalo Cedeño y su ejército fortalecido con 600 hombres abandonaron el territorio y tomaron la vía de Apure para proseguir la lucha a favor de la entonces llamada Revolución Constitucionalista.

1 comentario:

  1. Excelentr narracion y excelentr que exponga esas vivencias, que la mayoria de los venezolanos desconocemos,, de esa venezuela rural,post colonial en la cual tambien se gestaban desmanes de tiranos. Felicitaciones

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