jueves, 25 de mayo de 2017

Casa de las doce ventanas


Morada ha poco del tiempo y del silencio, donde una vez la dicha familiar, social, comercial y política tuvo sus más serios reveses y contratiempos. Morada del río y de las noches encantadas que hoy, renovada, abre puertas, ventanas, y celosías a la brisa, al aire luminoso y a la claridad del pensamiento.

         Aquí vivió el prócer angostureño, hombre de mar y de río, puesto que José Tomás Machado era Capitán de la armada patriota. Capitán de navíos. De esos diseñados para cruzar a vela los mares que distanciaban al viejo del nuevo continente
         Había nacido en otra casa de la ciudad adquirida por su padre el portugués,  Joseph Díaz Machado, para vivir con su esposa Petronila Afanador, veinticuatro años luego de fundada Santo Tomás de la Guayana en la angostura del Orinoco.
Aquí en esta casa construida a mediados del siglo diecinueve sobre la parte más alta de la Laja de la Sapoara, comenzó a vivir el prócer cuando ya había cumplido su jornada más importante a favor de la Independencia, bien al lado de los patriotas que en Guayana secundaron a la Junta Suprema de Caracas, en armas junto con el general Manuel González Moreno tratando de rendir a los realistas de Angostura, al lado de Miranda en el Portachuelo, La Victoria y Pantanero,  como en la campaña de Guayana en 1817.
El capitán, diputado al Congreso de Angostura, Gobernador y jefe de los liberales de Guayana, casado en segundas nupcias con Felipa Jiménez Cardier y padre de seis varones y tres hembras, comenzó por fin un buen día del siglo diecinueve a tener casa propia: un regalo de Rafael, hijo de su primer matrimonio con Concepción Contasti Arcadio.
Rafael Machado Contasti la hizo construir en la parte alta del actual Paseo Orinoco con calle Venezuela y para ello buscó a expertos albañiles conocedores de la técnica de construcción de entonces a base de piedra, cal, arena y barro.
Para el piso hizo traer mollejones labrados desde las Antillas, más las columnas y ventanas de hierro forjado en Europa. La madera dura y noble fue extraída de los densos bosques de Guayana. Quería Rafael que fuera la casa más elegante de la ciudad con catorce ventanas, doce en la fachada y las otras mirando hacia el poniente.
Los citadinos pronto le dieron nombre “Casa de las doce ventanas” y allí vivió el Capitán con su segunda esposa hasta que murió el 30 de enero de 1862, a la edad de 74 años,  siendo presidente del Estado Soberano de Guayana, Juan Bautista Dalla Costa hijo. Había nacido el 24 de diciembre de 1788.


Herederos del inmueble

         Rafael, quien lo había hecho construir, heredó el inmueble y a la muerte de su padre continuó viviendo allí junto con su esposa Cecilia Siegert Gómez Essá, hija del doctor J. T. B. Siegert, cirujano mayor del Ejército Libertador e inventor del famoso Amargo de Angostura.
         Este matrimonio Machado - Siegert tuvo cuatro hijas (Cecilia, Carmen, Ernestina y María) una de las cuales, María, se casó con don Pedro Liccioni, sobrino de don Antonio Liccioni, el más grande terrateniente que ha tenido Guayana, presidente de las Minas de Oro de El Callao y socio de Guzmán Blanco.
         El matrimonio Pedro Liccioni y María Machado Siegert, tuvo a Pedro, Rafael, Alberto, Margot y María, bisnietos por lo tanto de los próceres de la Independencia  (Machado y Siegert) y últimos herederos de la Casa de las Doce Ventanas, adquirida en 1983 por el Gobierno Regional, en principio, para destinarla al Museo de Ciudad Bolívar y finalmente a la Universidad de Guayana.
         Don Antonio Liccioni, Presidente de las Minas de El Callao y quien según Horacio Cabrera Sifontes dio origen a ese pueblo, tuvo sus oficinas en la Casa de las Doce Ventanas. Igualmente su sobrino Pedro Liccioni, destacado industrial y aficionado a los caballos, tanto que solía ir a su negocio del Puerto de Blohm, contiguo a la Casa de las Doce Ventanas, cabalgando un vistoso castaño melao.

Superstición y muerte

         En esta hermosa Casa de las Doce Ventanas solían darse saraos y bailes suntuosos. En uno de ellos -21 de enero de 1880- el General valenciano Manuel Castillo Cortez, Comandante de Armas de Guayana, llegó por tres veces a perder el equilibrio no se sabe si porque el piso estaba excesivamente encerado o por estar él pasado de copas. Lo cierto es que caerse tres veces seguido sobre una pista de baile lo tienen o tenían  los guayaneses como de mal agüero y esa noche el fatalismo no se hizo esperar. El mencionado Comandante de Armas se llevó una cuarta caída y esta vez a causa de varios balazos que lo dejaron muerto tras una sublevación del cuartel de la plaza, promovida por el jefe de la guarnición, el general barquisimetano José Pío Rebollo.
         Pío Rebollo se había alzado en oposición al proyecto de reforma constitucional presentado por Antonio Guzmán Blanco que buscaba reducir el número de estados de 20 a 7. Al presentarse el general Castrillo al cuartel del Capitolio para exigir la rendición de los sublevados, fue recibido a tiros, cayendo mortalmente herido.
         Sofocado el alzamiento, José Pío Rebollo fue apresado y juzgado por un consejo de guerra el 15 de marzo de ese mismo año, degradado y condenado a diez años de presidio en la penitenciaría del castillo de San Carlos.  En 1886, Guzmán Blanco lo indultó y, en 1891, bajo la presidencia de Raimundo Anduela Palacio, el Congreso Nacional le retribuyó sus derechos militares y políticos.  Murió en Caicara de Maturín el 16 de abril de 1901.

La Casa encantada

         La muerte trágica del General Castrillo Cortez en el mismo sitio donde 18 años antes había fallecido el prócer de la independencia, José Tomás Machado, dio pábulo a la superstición que pretendía ver el espíritu del extinto asomado por las ventanas cuando la casa quedó en total abandono.
         “Casa Encantada” le decían quienes al transitar por su acera percibían aglomerados pasos confundidos con las sombras. Ruidosos pasos y fantasmas que batían puertas y ventanas, hacían crujir la madera, conspiraban con el viento y dejaban sentir “el sonido líquido de sus pasos”. Sin embargo, a esos escalofriantes movimientos no parecían temerles aquellos que husmeaban curiosos y avaros las supuestas botijuelas doradas que siempre se ha creído esconden las casas muy antiguas.
         Pero a medida que la ciudad se ha ido sacudiendo el tiempo y el moho, ha dejado de ser casa encantada. Ahora que ha sido restaurada, la llaman simplemente “Casa de las doce Ventanas”.

Estructura de la casa

         La casa tiene 44 metros de largo y 18 de ancho. Un salón grande y ocho cuartos: seis por el lado del frente con dos ventanas cada uno y dos más hacia el costado.
         La fachada está tamizada con celosías de madera que cortan el resplandor y que auto regulan el paso de la brisa que sopla del oriente.
         Originalmente hubo acceso del río por la parte de abajo, es decir, por el sótano que también servía de depósito y servicio y desde el cual se subía hasta la estructura habitacional del inmueble por escaleras de medio caracol. El Orinoco cuando alzaba el nivel de sus aguas penetraba hasta las columnas del sótano a donde fácilmente podían llegar falcas y curiaras cargadas de frutos y de indios esclavos desde la Guayana adentro. Indios que traían como sirvientes para las familias acomodadas de la ciudad.
         La casa fue construida como ya se ha dicho, sobre la parte alta de la Laja de la Sapoara y los mismos materiales de la laja que dinamitaron se utilizaron para los muros.
         Funcionó fundamentalmente como casa de la familia. Con ese propósito la edificaron los Machado, aunque llegó a ser utilizada como oficinas de las Minas de Oro de El Callao y depósito de una fábrica de spaghetti de los Liccioni.
         Tenía para su época tan alto preció esta casa que muchas veces fue hipotecada contra préstamos extranjeros. Era realmente una casa elegante, donde se hacían las fiestas de gala de la alta sociedad bolivarense. Hecha con la tecnología del siglo pasado, en su construcción se utilizaron piedras, mezcla de arcilla y panelas, madera de cedro en los pisos, vigas de algarrobo, columnas de hierro colado importado de Europa, barandas de hierro forjado, mollejones de piedra labrados en las islas de las Antillas. Finalmente, la Casa de las Doce Ventanas tiene una relación de conjunto con el inmueble contiguo. Su fachada principal sobre la calle Venezuela es de una simetría muy precisa y de un gran dominio sobre el paisaje. Sin duda una buena adquisición y muy loable que se haya restaurado para la Universidad de Guayana.

Retorno a la vida

         Dentro del llamado programa de revitalización del Casco Histórico de Ciudad Bolívar, el Ministerio de Desarrollo Urbano la rescató de manos del Gobierno Regional para restaurarla y darle un destino útil y permanente. En 1986 cuando el Mindur empezó la restauración en tres etapas, la casa estaba prácticamente en escombros, invadida por la maleza, la humedad tan cercana del río, la intemperie y en fin, los fantasmas y buscadores de botijuelas. Hoy ha cambiado integralmente su aspecto afectando escasamente su estructura  arquitectónica original.
         El proceso de restauración duró tres años y el 27 de enero de 1989 fue entregada en calidad de comodato a la Universidad Nacional Experimental de Guayana (UNEG).




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